Miedo es lo que queda

militarización

@cachobanzi (Twitter)

Miedo es lo que queda. Salir de noche con la sensación de que en cualquier momento una bala te alcance, un proyectil perdido de alguna disputa entre esos jóvenes que mueren a diario en La Paz. Sientes miedo cuando ves a esos uniformados empuñando sus poderosas armas por las calles. La ciudad es un gran matadero y, nosotros, la próxima res en ser sacrificada, porque en el estado actual, en automático, como ya lo he dicho, eres un sospechoso. Incluso, tú desconfías del otro, ¿qué tal si es uno de esos ‘violentos’? La violencia que genera nuestros miedos sirve también para justificar la Ley de Seguridad Interior.

La violencia se entierra en nuestras mentes y parece reproducirse de manera intensa en un Estado nación doblegado por el crimen organizado, pero sabemos que esto no es así.  Más bien es que no les importa. Vivimos en una democracia militar que hasta hoy logra su legitimación. Con los militares sueltos, la disminución de la violencia no bajó en los 10 años de la supuesta guerra contra el narcotráfico, sino que se intensificó. Con la aprobación de la Ley de Seguridad Interior no sólo se legaliza el actuar de las fuerzas armadas, sino que es una contraposición de las recomendaciones de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y del Sistema Interamericano de Derechos Humanos o por lo menos, esto declara la Coordinación alemana de Derechos Humanos en México: “existe el peligro que aumenten aún más las violaciones de derechos humanos y persista la amenaza para defensores y defensoras de los derechos humanos”.

México tiene una larga lista de violaciones de derechos humanos de los elementos de las fuerzas armadas. Desde la consolidación del régimen priísta, las botas militares pisoteaban las protestas de estudiantes, mujeres, pueblos originarios, campesinos, maestros, activistas sociales, obreros, pero de alguna forma siempre volvían a sus cuarteles. Con Felipe Calderón (2006-2012) la “guerra contra el crimen organizado” las botas militares tomaron las calles perfilando un sombrío futuro, el cual, hoy se impone como nuestro presente. Al ser el patio trasero de Estados Unidos, nuestra nación tuvo que disciplinarse a las políticas globales de seguridad tanto interna como externamente.

¿Cómo afectará la violencia y la militarización en la participación ciudadana en BCS? ¿Cuál será el nuevo escenario de la protesta social? Aquí la ciudadanía libra luchas en contra enormes desarrollos turísticos-inmobiliarios o proyectos de minería a gran escala potencialmente destructivos convirtiendo a los territorios que ocupan en áreas de sacrificio para el sistema neoliberal actual. También se une a movilizaciones nacionales desde distintos sectores sociales y políticos, pero hoy enfrentan un panorama muy distinto, en el que la violencia toma un papel central generando una parálisis colectiva que, a su vez,  justifica la salida de soldados de los cuarteles, aunque signifique violar la Constitución.

Si retomamos lo dicho por Pilar Calveiro, los Estados centrales controlan instancias como el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial, a través de los cuales se establece un discurso de poder que deben obedecer países como México. Para un mejor control global y facilitar la expansión de las corporaciones, las fuerzas militares al final se convierten en aparatos de represión y control social; a través de la “guerra contra el crimen” (así como la “guerra contra el terrorismo”) es más fácil aplicar una violencia represiva. Calveiro afirma que ambas son una construcción del poder global; “estas ‘guerras’ tienen el objeto de justificar la violencia estatal necesaria para intervenir en cualquier lugar del planeta y de la sociedad, haciéndolas funcionales al sistema global”.

El miedo sigue su avanzada en las subjetividades de cada uno de nosotros. La muerte de Silvestre de la Toba, presidente de la Comisión Estatal de Derechos Humanos (CEDH) impacta por su amargo simbolismo. Un presagio que se cumple días después con la aprobación de la Ley de Seguridad Interior que posibilita encasillar a cualquier conducta social como un riesgo a la seguridad interior del país. Esto no lo digo yo, lo advierte la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) que detectó serias imprecisiones conceptuales “al mezclar el ámbito de la Seguridad Nacional con la Seguridad Interior; (…) no habría criterios objetivos sino una facultad discrecional genérica”.

Los legisladores priistas aceleraron la votación de la ley para certificar el andar del ejército en las calles, pese a que la estrategia de Felipe Calderón en 2006, no arroja los resultados previstos, sino más bien incrementó la violencia y las quejas ante la CNDH por violaciones de elementos castrenses. No sólo eso, como lo señala Salvador Maldonado (2012), las disposiciones neoliberales en las políticas de ajuste estructural de México y la reestructuración económica, social y política provocaron una configuración ideal para un mercado exitoso de ilegalidades. La CNDH había recibido casi 10.000 denuncias de abusos perpetrados por miembros del Ejército desde 2006, incluidas más de 2.000 durante el gobierno actual, hasta julio de 2016, informó Human Rights Watch.

Maldonado en el artículo La militarización neoliberal de la seguridad y la guerra contra el narcotráfico en México  de Arsinoé Orihuela Ochoa, expresa que la “guerra contra el narcotráfico” es una violencia estatal que tiene como objetivos ocupar, despoblar y reordenar territorios”. Además, se trata de un jugoso negocio armamentístico que entre 2007 y 2011 en México significó un gasto en acciones para garantizar la seguridad de 255 108 280 000 pesos; “la guerra contra el narcotráfico, no obstante, inauguraría una fuente de legitimación para esta política gubernamental para la duplicación de recursos públicos asignados señaladamente a tres dependencias: Seguridad Pública, Defensa Nacional y Marina”.

Entonces, ¿es la violencia una estrategia para desestabilizar la organización de protestas y resistencias sociales en BCS? Por ahora no lo sabremos, pero la Ley de Seguridad Interior nos pone en total vulnerabilidad, viviremos bajo sospecha, viviremos en un régimen democrático. Las entidades federativas, si así lo desean, podrá solicitar a la federación una intervención del ejército y la marina en zonas conflictos. Esto no es nuevo, en Sudamérica se repiten las escenas del uso de las fuerzas castrenses contra la sociedad civil.

El artículo 7, por ejemplo, señala que en los casos de perturbación grave de la paz pública o de cualquier otro que ponga a la sociedad en grave peligro o conflicto, y cuya atención requiera la suspensión de derechos, se estará a lo dispuesto en el artículo 29 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos y leyes respectivas”. Sin embargo, en el artículo 8 precisa que “las movilizaciones de protesta social o las que tengan un motivo político-electoral que se realicen pacíficamente de conformidad con la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, bajo ninguna circunstancia serán consideradas como Amenazas a la Seguridad Interior, ni podrán ser materia de declaratoria de protección a la seguridad interior”. ¿Una movilización ciudadana contra un proyecto minero será un asunto que atente contra la seguridad interior?

¿Tendrá el miedo el poder de desarticular los futuros movimientos en defensa de la vida que confronta a grandes corporativos?

 

Link de interés:

La militarización neoliberal de la seguridad y la guerra contra el narcotráfico en México

http://revistas.uv.mx/index.php/Clivajes/article/view/1084/2000

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Miedo es lo que queda

#GONZOLADOR: Sin temor al jaque

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Rafael Murúa

Desesperados por la falta de oportunidades de desarrollo personal, cientos de profesionistas decidieron hacer valer sus conocimientos con el crimen organizado. Purgar un ducto de PEMEX, fugarse de un penal de alta seguridad, y elevar 6 veces el número de asesinatos en un Estado impunemente, requiere mucho más que hambre, valor y audacia. Los mexicanos y sudcalifornianos vivos desconocemos una vida sin insurgencia, siempre hemos vivido a la par de un levantamiento armado contra la autoridad.

   Claro, si los insurgentes ganan la guerra, o la autoridad hace como que la ganaron, hasta una ciudad puede llevar el nombre de este grupo, mientras tanto se les conoce como criminales.

    Si la insurgencia busca cambiar el sistema político o económico de un país se les llama revolucionarios, aunque de igual manera el gobierno les seguirá llamando criminales.

    Todo movimiento armado requiere recursos financieros y, per se, las insurgencias han encontrado en actividades ilícitas su principal fuente de recursos, sin embargo, cuando la obtención de ganancias es el único sustento del levantamiento, nos encontramos en una guerra sin cuartel, sin batallas, sin límites como la ambición del hombre.

   Vivimos la peor tribulación en la historia de nuestro estado, pero no es un hecho aislado, en 2016 vivimos la peor, y en 2015 también fue la peor en su momento.

    Los peones de este tablero se mueven a libre albedrío y es lo único que los mantiene en esos cuadros, su rey ya juega para el otro y entre peones hoy se cuidan, blancos y negros, los acechan en “L” pero hasta los más caballos caen. Fuera de este juego solo había pobreza para ellos pero ahora dentro también es lo único que encuentran. Si no les importó arriesgar la vida al margen de una ley, quebrantar otra les importa menos, aprendieron a moverse en jaque y así seguirán, uno tras otro, porque en este juego gana quien se puede mover.

   La ambición de las autoridades coludidas ha llevado a esa economía informal y delincuente a seguir los cánones capitalistas, explotando a los obreros, pero estos obreros señores, no tuvieron capacitación sobre sus derechos laborales, sino de cómo hacerlos valer.

   El sistema capitalista no caerá porque el 99% de la población quiera más del 1% de la riqueza que hoy le toca; su caída es inminente porque el 1% que nos domina también quiere el 1% del pastel que no han podido llevarse.

 

 

Rafael Murúa es Director de Radiokashana

#GONZOLADOR: Sin temor al jaque

#SOCIALITERATURA: De la violencia de “El Zarco” a la criminalidad del México actual

Violencia

Roberto E. Galindo Domínguez

La historia de amor entre Nicolás el indio pobre, trabajador y honrado, con Manuela la caprichosa, egoísta y banal mujer lectora de novelas románticas; es la urdimbre amorosa elaborada por doña Antonia su abnegada madre, trama que muere con ella cuando la coincidencia sentimental del indio herrero con la prima de Manuela, la joven y purisísima Pilar, se erige entre la podredumbre. Eso sucede durante la huida de Manuela con el Zarco, el criminal idealizado por ella en caballero, quien es a primera vista pendenciero, asesino y desalmado. Cuyo carácter de sinverguënza y cobarde es desvelado por sus compinches y contrastado con el heroísmo y nobleza de Nicolás. En tanto Martín es el héroe ambivalente, quien fuera víctima de Los Plateados –la banda de forajidos comandados entre otros por el Zarco–, es ahora un rural abalado por Benito Juárez para terminar con el azote de las partidas de bandidos. Nicolás y Martín se vuelven los verdugos de el Zarco en un juego de cacerías por Morelos y el Estado de México.

            Después de cometer sus fechorías los bandoleros huyen por las serranías para esconderse en su guarida, por todos conocida, pero a las que no se atreve a llegar ni el ejército, que se ocupa en dar rondines y perseguirlos, capturando a su paso chivos expiatorios para justificar sus incursiones fracasadas ante los altos mandos.

            En la moralizante historia los maniqueos personajes obtienen lo que se merecen: Manuela, el Zarco y sus secuaces sufrimiento y muerte. Pilar y Nicolás la felicidad del matrimonio. La caracterización de los personajes es intrincada psicológicamente si se atiende a la época en que fue escrita la obra. La novela tiene su carga de denuncia, y por supuesto, está inundada de moralidad, pero eso era común a finales del siglo XIX en las letras mexicanas.

            Las historias de amor y desamor por las que Altamirano nos lleva están rodeadas de violencia e inseguridad, bandoleros que además de robar y traficar, extorsionan y cobran piso, secuestran, violan y asesinan adultos y niños. Criminales que campean por un territorio con autoridades civiles y policiacas fallidas. En donde es necesario recurrir a grupos de exterminadores equipados por el gobierno ante la ineficacia del ejército. Cualquier parecido con nuestros tiempos no es mera coincidencia.

            Imagine lector una historia con dos o tres amantes. Para los villanos y los héroes –que sí se ensucian las manos– acuda a las noticias actuales, piense en secuestradores como el Mochaorejas o grupos diversificados criminalmente como Los Zetas, Los Caballeros Templarios y/o la Familia Michoacana. Recurra a los cárteles de Juárez, Guadalajara y Sinaloa; y todas sus escisiones, así como a las pandillas y brazos armados de todos los anteriores. Recuerde para el héroe sucio al Doctor Mireles o a Papá Pitufo. Y si quiere estar a la moda criminal los huachicoleros o el cartel de Tlahuác pueden ser bandas de criminal inspiración. Para las partidas de militares, incluso puede usar a la Marina Armada de México, que igual que el Ejército comete tareas que no le corresponden. Para la máxima autoridad del país, bueno sería un insulto para el Benemérito buscarle parangón, entonces caracterice un presidente de ficción que valga para novelar. Pero el escenario de anarquía, violencia, impunidad y desolación bien puede ser retratado del día de ayer en casi cualquier parte de México, tal es el caos y la barbarie que reina no en 1861 –espacio temporal en que está ubicada la historia–, sino en el año de nuestra venerable decadencia de 2017.

Altamirano puede ser considerado un artista de ruptura porque fue uno de los escritores que en su época más trabajó con intensidad y en extenso la edición de sus obras, en éstas es notorio el esfuerzo de pulir el engarzamiento de las palabras para proporcionar al lector una obra de calidad literaria. El Zarco es una obra que trasciende el romanticismo y emite ondas literarias más realistas y crudas. Es ahora una novela que el tiempo y la situación de nuestro país colocan como universal y más vigente que nunca. Altamirano es uno de los grandes, quien en los años ochenta del siglo XIX escribió una de las novelas más acabadas de su tiempo.

Ignacio Manuel Altamirano, El Zarco (póstuma, 1901).

Roberto E. Galindo Domínguez

Maestro en ciencias, arqueólogo, buzo profesional, literato, diseñador gráfico. Cursa la maestría en apreciación y creación literaria en Casa Lamm. Miembro del taller literario La Serpiente. Escribe para Contralínea.

 

#SOCIALITERATURA: De la violencia de “El Zarco” a la criminalidad del México actual

Aproximaciones al fomento literario en BCS

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Raúl Cota Álvarez

En los años recientes, el instituto sudcaliforniano de cultura ha sido acotado desde el gobierno del estado, ha dejado de percibir el recurso necesario para ampliar su impacto en beneficio de los sudcalifornianos en un área tan necesaria como lo es el fomento del arte y la cultura. Le ha sido impuesta una sobrecargada nómina que lo sangra por dentro, y desde la secretaria general de gobierno, el fallido programa “vivir en paz” le arrebata un jugoso porcentaje de los pocos pesos que le quedan para poder operar durante el año. A este nefasto panorama hay que sumar que no en todas sus áreas hay interés por avanzar de la mejor manera posible con los recursos disponibles. No sólo de presupuesto vive una institución, la búsqueda de opciones, la diversificación de la operación, el reacomodo operativo aprovechando las potencias internas, son algunas alternativas que ayudan a encauzar la actividad hacia resultados más alentadores.
Tomemos por ejemplo las acciones de fomento literario (que no editorial) que lleva a cabo la institución: talleres de creación, eventos de confluencia entre autores y lectores, ferias del libro, concursos literarios… si bien el tema presupuestal es parte importante del desarrollo de estas actividades, también lo son las actitudes ante los retos que se imponen para llevar a buen puerto estos y otros objetivos.
Dentro de las acciones que pueden aliviar presión a la coordinación de estas actividades, se pueden considerar las siguientes:

Lunas de octubre debe desaparecer

El encuentro sudcaliforniano de escritores la primera mitad del año y la feria del libro en noviembre son eventos que merecen crecer, ya que son los que más convocan y reúnen a escritores y lectores, a diferencia del encuentro de octubre, que sirve poco o nada a la escena y sí a un grupo reducido de personas que utilizan los recursos del evento para tener, ellos sí, un encuentro “bohemio”, por decir lo menos, a costillas de un presupuesto que debe usarse en el fortalecimiento de la cultura estatal.

El presupuesto destinado al encuentro de escritores Lunas de octubre puede ser utilizado para reforzar la actividad de los talleres literarios en cuento, poesía, novela, ensayo, crónica y dramaturgia. Puede utilizarse para llevar el trabajo de nuestros escritores a diversos puntos del estado a los que no se ha tomado en cuenta en los programas de difusión literaria y fomento lector, así como a espacios de reunión pública como mercados, plazas, cruces viales…

Nutrir las ferias del libro en cada municipio, multiplicar los espacios de impacto del encuentro sudcaliforniano de escritores, solidificar los talleres y certámenes literarios para niños, jóvenes creadores y creadores con trayectoria, son sólo algunos de los puntos donde colocar manera más eficaz el presupuesto de un encuentro que hace más daño que bien al desarrollo, convivencia y nutrimento de escritores y lectores sudcalifornianos.

Blindemos los concursos literarios

¿Cuál es la intención de un certamen literario?

Promover la obra de los escritores del estado, brindar a los lectores material de calidad, evaluado por un cuerpo de especialistas, motivar la creación, edición, revisión de obras literarias en distintos géneros, entre otras. Sin embargo, no se trata sólo de convocar libremente a presentar trabajos, se debe estudiar el entorno literario, los antecedentes inmediatos y las proyecciones buscadas para que los ganadores sumen obras al inventario imaginativo y de análisis que buscan los lectores, se deben cuidar las cláusulas de cada convocatoria para que estas mismas sean el primer paso a la transparencia, seriedad y confianza del certamen entre los interesados.

¿Cómo lograrlo?

 – Poner candados en cada género, el ganador en los géneros de cuento y poesía (los de mayor desarrollo en el estado) no podrá participar por tres años en el género donde se obtuvo el premio; en los géneros de novela, ensayo, crónica, dramaturgia, el ganador de alguno de estos géneros no podrá participar en la edición inmediata siguiente.

 – Se debe dar certeza a los concursantes desde la evaluación de sus trabajos, cada género literario necesita ser dictaminado por un cuerpo de escritores con experiencia en el mismo: poetas deben revisar poesía, novelistas en novela…improvisar con escritores que nunca han escrito poesía o no conocen forma y fondo en libro álbum ilustrado para niños, por ejemplo, no solo arroja pifias, sino que daña la imagen de un concurso que pretende ser un canal editorial de calidad, no solo para autores, para los lectores.

 – La transparencia es un elemento crucial en todo certamen literario, si se redactan clausulas, no solo debe esperarse que los interesados las cumplan, la entidad convocante tiene la obligación de hacer que se cumplan dichos puntos, y también debe predicar con el ejemplo, seguir al pie de la letra lo establecido sin tener después que inventar excusas o hacer mutis ante reclamos e inconformidades por actos o resultados opacos y sospechosos.

¿Y los foros públicos?

Desde hace más de un año se ha solicitado que los encargados de programas, coordinadores y directivos de cultura en el estado atiendan de manera directa su obligación de frente a los creadores, mediadores, talleristas, promotores, todos los interesados en las dinámicas institucionales para trabajar de la mano en beneficio de todos. No se ha tenido respuesta. Faltan foros públicos donde hacer converger necesidades, urgencias, inconformidades, dudas, prospectivas, opciones, y donde las instituciones planteen el panorama presupuestal y de acción, informen alcances, posibilidades y capacidad para que la actividad cultural se desarrolle de la mejor manera posible.

Si bien no son las únicas opciones, si un botón de muestra de lo que se puede hacer para ir mejorando no solo la actividad institucional, también la imagen de la institución frente a todos los interesados en su desempeño y el impacto de este en la escena cultural.

 

 

Aproximaciones al fomento literario en BCS

#SOCIALITERATURA: ¿Se levanta la voz de los intelectuales sudcalifornianos ante la violencia?

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Roberto E. Galindo Domínguez

Que la literatura es reflejo de la vida y que de ahí toma sus ingredientes: sentimientos, aventuras y desventuras, temáticas y técnicas creativas; que finalmente se generan en nuestra existencia, de eso no hay duda. Que es una extensión de la vida con la creación de personajes, atmósferas y mundos funcionales, esa es otra verdad; que a veces sirve para fugarse de la realidad, la del escritor al hacer su trabajo y la del lector al refugiarse en un libro, eso también es cierto. La literatura es lo que el artífice y el destinatario quieren cuando la ejercen. La literatura más allá de ser un arte –el arte tiene una función social, si no es pensado así qué futileza–, es en cuento, poema, novela, obra teatral, crónica y ensayo, una elaboración creativa con uno o varios propósitos sociales.

            La literatura ha sido una premonición de los desventurados tiempos que se acercan, una queja de la realidad social, y cuando los tiempos son más aciagos es un grito de socorro que denuncia injusticias y situaciones extremas. Las obras literarias nacionales que cumplen esta función social son innumerables, por lo que sólo mencionaré algunas: El Zarco (escrita entre 1886 y 1887) de Ignacio Manuel Altamirano, Santa (1903) de Federico Gamboa, Los de debajo (1916) de Mariano Azuela, La sombra del caudillo (1929) de Martín Luís Guzmán, El luto humano (1943) de José Revueltas, Al filo del agua (1947) de Agustín Yañez, Balún Canán (1957) de Rosario Castellanos, Las muertas (1977) de Jorge Ibargüengoitia, El ocaso de la primera dama (1987) de Enrique Serna (que después reescribiría como Señorita México), Virgen de media noche (1996) de Josefina Estrada y La paz de los sepulcros (2006) de Jorge Volpi; estas obras reflexionan sobre diferentes situaciones sociales, por supuesto, relacionas con la política de su tiempo.

            A finales del siglo pasado Víctor Hugo Rascón Banda escribió la novela Contrabando (1993), una de las primeras que denunciaron el problema del narcotráfico. Desde entonces la producción literaria sobre esta temática se diversificó y se incrementó tanto como el tráfico de drogas y sus consecuencias mortales. Balas de plata (2008) de Elmer Mendoza y Al otro lado (2008) de Heriberto Yepes son obras que siguieron esa línea y la de sus resultados en la sociedad, creaciones que se afianzaron como obras literarias, independientemente del auge indiscriminado de la narcoliteratura.

            A principios de este siglo el crimen organizado estaba focalizado y de alguna manera controlado por el gobierno. Pero un fraude instaló en Los Pinos a Felipe Calderón y su narcoguerra se extendió al siguiente sexenio y a todo el país, con las funestas consecuencias que tenemos ahora. A determinados lugares, como a Baja California Sur, la espiral de violencia que asola la nación llegó hace poco tiempo. Y apenas estamos viendo el sentir y la reacción de sus intelectuales al respecto. Este año en el XI Encuentro de Escritores Sudcalifornianos se leyeron algunos textos sobre narcotráfico y violencia. No quiero decir que antes no se escribiera al respecto, pero la recurrencia a esta temática va en aumento.

            Uno o dos escritores sudcalifornianos trataron el tema en las Lunas de Octubre del año pasado; pero en la edición XIV de este año se notó el incremento de los autores que presentaron poesía, narrativa y ensayo periodístico referente al crimen organizado y a la violencia generada por éste. Conversé con diversos creadores sobre la violencia criminal que nos ha invadido y sobre cómo ésta influye sus creaciones, así como en sus estilos de vida, trastocados como los de todos los sudcalifornianos. El hecho de escuchar un helicóptero sobrevolar bajo por el centro de La Paz durante una de las sesiones, fue cuando menos significativo, algunos nos miramos a los ojos con cara de pregunta y angustia; que en ese momento se estuviera presentando un libro sobre el tema del narco, no fue coincidencia, es la realidad social que se representa en la literatura.

            En las Lunas de octubre de 2017 escuchamos a poetas, cuentistas y periodistas sudcalifornianos leer varios trabajos al respecto. En adelante es de esperarse que los creadores reflejen cada vez más en sus obras la violencia que se vive en el estado. Con lentitud, pero con esperanza, se empieza a levantar la voz de los intelectuales de Sudcalifornia ante la barbarie que llegó para instalarse en el estado. No se han escuchado pronunciamientos oficiales de la comunidad artística, en especial de los escritores. ¿Clamarán por ellos y sus conciudadanos o serán más los partidarios el arte por el arte obviando las balas y los daños colaterales?

 

Roberto E. Galindo Domínguez

Maestro en ciencias, arqueólogo, buzo profesional, literato, diseñador gráfico. Cursa la maestría en apreciación y creación literaria en Casa Lamm. Miembro del taller literario La Serpiente. Escribe para Contralínea.

#SOCIALITERATURA: ¿Se levanta la voz de los intelectuales sudcalifornianos ante la violencia?

19S, la tragedia que perdura

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Fotos del colapso de Álvaro Obregón 286, CDMX.

Roberto E. Galindo Domínguez

La desdicha del sismo se prolongará durante semanas, meses y más, estará en nosotros muy presente cuando se lleven a cabo las elecciones presidenciales del 2018. No habrá pasado, espero, suficiente tiempo para el olvido, no serán 32 años, tan sólo unos meses. Una herida que tasajeó el corazón del país y que nos ha recordado cuan diminutos somos, pero también cuan fuertes nos erigimos unidos. Esta tragedia es hoy por cuestiones mediáticas, por las redes, por la solidaridad selectiva que ejercemos como sociedad, la más dañina, no en cuanto a decesos o destrucción respecto de otras que recientemente han asolado al país, sino la más lacerante en cuanto al ánimo de la sociedad, y más aún cuando se dio en el 32 aniversario del temblor más devastador de México, muchos ciudadanos hemos recordado en la carne los daños mortíferos de 1985.

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            Debe ser esta sacudida telúrica motivo de unión, pero también de traer a la palestra periodística y ciudadana toda la crítica posible sobre funcionarios e instituciones para indagar en todos aquellos actos de corrupción y/o violatorios de las normatividades que hayan resultado en la pérdida patrimonial de cualquier persona y en todas y cada una de las muertes, que aunque hayan sido consecuencia inmediata del sismo, pudieran tener un origen en la tergiversación o interpretación laxa de la ley para la edificación de los inmuebles que se derrumbaron y de aquellos que fueron tan dañados que deberán ser demolidos. Debe ser el sismo del 19 de septiembre de 2017 tan trágico física y emocionalmente para que lo tengamos presente día a día de aquí a las elecciones de 2018, y en adelante, en cada acto de política que nos requiera como ciudadanos, sobre todo cuando los políticos de cualquier partido nos pidan el voto. Tengamos presente que la corrupción, el amiguismo y el clientelismo resultan en tragedias humanas, que no es sólo la fuerza de la naturaleza la que mata; si no ¿para qué sirve ser hombre?, ¿para qué nos sirve ser sociedad y valernos de la tecnología y el razonamiento?, si por unos pesos cualquier empresario y político pueden perder el sentido común y privilegiar la ganancia económica sobre la seguridad de la vida.

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            El sismo que batió la capital, Morelos, Puebla y el Estado de México debe recordarnos las otras tragedias, naturales y antropogénicas, que han asediado al país desde hace décadas y que ninguno de los últimos tres gobiernos federales han sabido resolver, hablando ya de la materialización de los daños en pérdida del patrimonio y generación de muertes; pues podríamos remontarnos más atrás a los orígenes económicos y políticos que han degenerado en la avasallante corrupción que invade todos los niveles y órganos de gobierno, así como a gran parte de la sociedad. Comportamiento tan acendrado en los mexicanos que se ha vuelto parte de la cotidianeidad, y lo soportamos e incluso participamos de este hasta que se nos viene un maremágnum como el del 19 de septiembre y reparamos en que muchas vidas tal vez se hubieran salvado si tal o cual funcionario no hubiera dado uno o dos permisos de construcción “chuecos”, o si en la delegación se hubiera respetado la normatividad de construcción y no se hubieran erigido edificios de más niveles que los permitidos, o si la compañía constructora hubiera empleado los materiales adecuados, o si el jefe de esa dependencia hubiera estado calificado para el cargo tan importante que se le asignó, tal vez si su formación académica tuviera que ver con la tarea que decía realizar, pero como era el amigo del presidente, del jefe de gobierno o del director de la institución pues le dieron la “chamba”. Y entonces nos quedamos con el “hubiera” como máxima expresión de resignación e impotencia y con frases como: ¡Se pudo haber evitado!”, que nos lacerarán como sociedad tal vez durante mucho tiempo, pero que se irán diluyendo en el mismo.

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            Este terrible sismo debe ser como evento un vehículo de la memoria para recordarnos y hacernos presentes las otras tragedias naturales: huracanes, inundaciones, deslaves y otros temblores; así como las antropogénicas: La Guardería ABC, Los 43 estudiantes asesinados en Ayotzinapa, las masacres de Aguas Blancas, Acteal, los hechos de sangre de Atenco y Nochixtlán, los cientos de miles de desaparecidos, la guerra contra el narcotráfico, los feminicidios, los secuestros y todas las desgracias sociales más que venimos arrastrando y a las que sobrevivimos acostumbrándonos a que la vida es así. La podredumbre humana asedia al país desde hace años y nuestra indiferencia ha resultado en destrucción y muertes, infinitas muertes que ya se nos acumulan por cientos de miles. El temblor del 19 de septiembre de 2017 debe ser recordatorio perene de la corrupción y la indolencia política que nos han llenado de agravios y que nos han hecho convivir con la injusticia en un país que se dice democrático y que sin embargo es el más claro ejemplo de un reino despótico, jerárquico, clasista, y corrupto.

Roberto E. Galindo Domínguez

Maestro en ciencias, arqueólogo, buzo profesional, literato, diseñador gráfico. Cursa la maestría en apreciación y creación literaria en Casa Lamm. Miembro del taller literario La Serpiente. Escribe para Contralínea.

 

19S, la tragedia que perdura