El tunde teclas y el periodismo gore

Diario

@cachobanzi

Regresé a BCS porque me dijeron que acá no mataban periodistas. Pero las cosas cambian. Antes amansaban a cualquiera con un convenio gordo y cómodo. No había amenazas. Había cómplices. ¿Para qué usar el plomo? Se trataba, más bien, de que todo quedara entre «amigos». El círculo rojo y el periodismo objetivo: un equilibrio entre poder (o poderes) y comunicación de masas, unidireccional, sin las inoportunas críticas en redes sociales a los medios oficiales, que legitimaban una mentira o una verdad. Pero la modernidad vino a interponerse.

   2014. Una balacera rompió el silencio en una vereda cercana a la carretera rumbo a Los Planes. Año decisivo, espacio de reestructuración en las formas de reportear la nota roja. El crimen organizado se dividía. Acontecimiento insólito que, sin embargo, no evitó del todo que la sección policíaca en los diarios locales siguiera rellenándose de boletines sobre choques y robos a casa habitación. Los homicidios serían declarados como casos aislados. La nota principal sería la vida del gobernante en turno, una cosa parecida a «un día en la vida de…».

   Ante la realidad innegable y el mutismo de los diarios oficiales, los sitios web de noticias adquirieron credibilidad y alcanzaron la categoría de plaza pública. Con tal de obtener clicks inmediatos, el morbo de la ciudadanía le vino bien a estas páginas. En las redes sociales aparecieron personajes que se posicionaron simplemente porque iban hasta la escena del crimen y la grababan personalmente, algo que no hacían los reporteros de policiaca hasta entonces. Dejó de ser imprescindible la página web. Un perfil de Facebook y un celular se volvieron material suficiente para convertirse en reportero. Las transmisiones en vivo comenzaron a dominar la escena y se acabó el papel primordial de los medios impresos, e incluso sus formatos digitales que, secreto a voces, querían respaldar una pseudorealidad impuesta por el poder. Las redes sociales le dieron a la ciudadanía, al fin, una herramienta para confrontar a los «expertos» de la comunicación y no sólo poner en tela de juicio sus publicaciones, sino ignorarlas y crear las propias.

   Al intentar analizar el papel del reportero en BCS, hay que tener en cuenta que éste se mueve en un espacio turístico, un edén para desarrolladores inmobiliarios, hoteleros y vacacionistas al estilo spring breaker. En la ciudad turística, patrón que se repite en otros destinos de México, la economía funciona legal e ilegalmente. Se prestan servicios, se ofrecen bienes, de manera regular, pero también de manera informal, al menos informal en el sentido de su legalidad. Por encima de los pequeños negocios ilegales se eleva el lavado de dinero, práctica que puede asociarse con grandes empresas de cualquier índole. Mientras tanto, las familias que migraron persuadidas por la esperanza del progreso, alcanzan una mal pagada neoservidubre. En una situación similar de pobreza el crimen organizado encuentra al personal necesario para perseverarse, ya no sólo como un cártel, sino como un sistema, un organismo.

   En medio de este escenario el periodista no ejerce libremente su profesión, al menos no con carácter investigatorio real, sino como transmisor, como decía, de las imágenes cruentas, que no obstante deben ser igualmente moderadas en su publicación, pues hay que dar una buena imagen de la región a los ojos de los inversores.

Reportar la barbarie

«Mataron al reportero Max Rodríguez», dijo ella. Tardé en asimilar la frase, pero en cuanto lo hice supe que ya nada sería igual. Contuve la respiración y recordé cuando Max me llamó preocupado para preguntarme cómo un corporativo de minería submarina me demandaba a mí, reportero menor de 30 años, por 20 millones de dólares. Su llamada fue un respaldo en aquel momento. Recordé también mis tiempos en Rosarito, Baja California, allá por 2008, cuando comencé a ser corresponsal de la nota policiaca. La muerte de Max desempolvó la principal razón por la que yo me había alejado de las noticias de ejectuados. Y es que en aquel tiempo ya se tenía en Baja California un registro de reporteros, columnistas y periodistas asesinados. No se trataba únicamente de presuntos narcos. El caso más sonado fue el del Gato Félix, del semanario Zeta de Tijuana, en 1998.

   A mis 24 años tuve la insólita prudencia de rechazar la adrenalina que te hace tomar un taxi, en plena madrugada, con el fin de sacar la mejor fotografía del nuevo muerto, tumbado por las balas. La experiencia es adictiva. Mi jefe editorial de entonces me había aconsejado que en cuestión de asesinatos evitara ciertos detalles y, en definitiva, no profundizara demasiado al redactar, por mi propia seguridad. Al llegar a La Paz me encontré, después de un tiempo, con aquella violencia de la que había huido. Intenté mirarla como parte de mi trabajo, retomarla como un tema, pero sabiendo que sería sólo por una temporada.

   A como yo miro las cosas, la violencia no parará. Me tocó ver desmoronarse el discurso del exgobernador Narciso Agúndez Montaño (2005-2011), aquel cínico comentario de que «a BCS los narcos sólo vienen a vacacionar». Vi cómo Marcos Covarrubias (2011-2014) reconocía por primera vez que «criminales» se enfrentaban a balazos en La Paz, pero tratando de minimizar ese hecho con posturas como «no le demos la imagen que no merece a BCS». Y, bueno, todos estamos experimentando cómo Carlos Mendoza Davis suministra su «medicina», junto a miles de militares en un presumible intento por frenar la carnicería que tiene nerviosos a los hoteleros y a nosotros mismos.

   El homicidio de Max es un acto brutal para el gremio periodístico, sobre todo para aquellos que a diario contabilizan los cadáveres del genocidio. Esos números que tanto irritan en cuanto más crecen, porque funcionan como insecticida que espanta a los inversores. A estas alturas, da la sensación de que cualquiera puede morir cuando menos lo espere, esté o no relacionado con una forma del narcotráfico. Las amenazas siguen y no es difícil imaginar quién será el siguiente.

   A raíz de la intimidación, directa o indirecta, hacer buen periodismo en BCS se complica cada vez más. Las reservas en la información, la prudencia obligada, son actitudes comprensibles cuando la cantidad de muertos se infla sin concesiones, afectando a los grupos criminales, como si fuese cosa «entre ellos» y afectando también a periodistas, policías, menores de edad, familiares de asesinados y a la tranquilidad general, que debería pertenecernos a todos pero que para nadie está garantizada.

   Con estas palabras que ahora leo quiero hacer un homenaje a los buenos y malos periodistas que a diario tratan de sobrevivir en el espeso ambiente del poder, mientras desde las butacas la gente espera al siguiente reportero para convertirlo en héroe o villano. En una situación como la que vive el estado y todo el país, la autocensura se convierte en un mal necesario, ya no sólo por uno mismo sino por quienes están junto a uno, en este rincón alejado.

La labor del reportero gore

Tunde las teclas y construye un retazo de lo que creemos nuestra realidad y nuestra verdad. Una de las tantas «verdades» que maquilan las redacciones, como parte del ejercicio de poder que la maquinaria imprime todos los días en el cuerpo social. En ocasiones, el tunde teclas es incitado por sus jefes a traspasar las líneas profesionales, con tal de enviar un mensaje al que no pagó el convenio. Con frecuencia se lo llevan entre las patas los políticos, los directores de medios de comunicación, los corporativos transnacionales y el crimen organizado.

   En Dispárenme como a Blancornelas, Daniel Bassave presenta una radiografía del fascinante y deteriorado cosmos de los de abajo, de la cadena trófica reporteril, de los tunde teclas. El tunde teclas es un cuerpo dócil, es otro soldado de Foucault, padeciendo la disciplina de los poderes sobre su cuerpo. El tunde teclas se somete. Si sobrevive dentro de la cañería del poder, puede ser utilizado, transformado y perfeccionado para fines específicos. Hay un control sobre el sujeto que emite los signos y da sentido a miles de individuos que forman la colectividad social; aquellos que buscan orden dentro del caos. Son ellas y ellos quienes reciben el mensaje, resultado de relaciones estratégicas; «el ejercicio del poder consiste en “conducir conductas” y en preparar la probabilidad (Foucault)».

   En caso de no cumplir con las encomiendas implícitas de su ejercicio, son eliminados. Javier Valdez, periodista recientemente asesinado en Culiacán, Sinaloa, afirmó que «los medios de comunicación y los reporteros son desechables: un acuerdo entre la autoridad –municipal, estatal o federal–, las presiones de un grupo político, un candidato o un dirigente de un partido, la extorsión empresarial y del mismo gobierno (…) El resultado siempre es el mismo: medios de comunicación que mueren, periodistas despedidos, comunicadores acusados y exhibidos públicamente. El destierro, siempre el destierro, aunque el reportero se quede a vivir donde siempre» (en entrevista con Wilbert Torre).

   El trabajo del tunde teclas se centra en el duro camino de cazar la nota. Como vemos, su margen de acción es limitado. Un obrero de la información que, en algunos casos, está convencido de tener unos gramos de poder en su bolsillo, del que se atascan los gobernantes en turno. Casta que en ocasiones es amigable, mientras que en otras se convierte en su más feroz ejecutora. Una relación ambivalente por la que transcurre su vida, que se disipa entre el olor a tinta y a ceniceros.

   Tampoco tiene horario. Su profesión y su vida se confunden más allá de una hora de entrada o salida. En los tiempos en que el Internet lo permea todo, el tunde teclas tuvo que adaptarse y trabajar con él. Dejó de presionar tanto botón y comenzó a transmitir la masacre, una masacre característica de la ciudad turística neoliberal. Martin Scarpacci (2015) en su artículo Ciudades estratégicas: entre el extractivismo y el narcotráficoLa violencia en el paradigmático caso de ciudad Rosario, expone la relación entre ciudad-región y región-resto del mundo, y en esta dialéctica señalará «la vinculación existente entre los mercados legales e ilegales de la economía y cómo ésta afecta a la ciudad modificando el espacio donde interactúan las personas con los medios de producción».

   El autor reflexiona sobre cómo el excedente capitalista de ambos negocios «se cristaliza en gran medida en la construcción edilicia o en grandes desarrollos inmobiliarios, pero también a nivel de uso de suelos, expandiendo innecesariamente la frontera urbana, subordinando al territorio y la ciudad a las lógicas especulativas de mercado». ¿Será posible considerar a Los Cabos o La Paz, al igual que Rosario, como enormes lavadoras de capitales?

   Sé que la ciudad turística neoliberal no es el tema central en esta ocasión, pero es ahí donde se entreteje la relación estratégica entre violencia, poder, medios de comunicación y crimen organizado. Es necesario intuir que el reportero se enfrenta a la era del periodismo gore. Los más de 100 ejecutados de octubre lo confirman, ¡y aun no acaba el mes! Los cuerpos desmembrados, las niñas y niños asesinados, las madres sin hijos, las hijas sin padres, las familias destruidas, la sangre seca de las calles, las narcofosas, el miedo.

   Sayak Valencia Triana (2012), utiliza el término «capitalismo gore» para visibilizar «la complejidad del entramado criminal en el contexto mexicano, y sus conexiones con el neoliberalismo exacerbado, la globalización, la construcción binaria del género como performance político y la creación de subjetividades capitalísticas, recolonizadas por la economía y representadas por los criminales y narcotraficantes mexicanos, que dentro de la taxonomía del capitalismo gore reciben el nombre de sujetos endriagos».

   Implicados en las relaciones del capitalismo gore, sobresalen «el derramamiento de sangre explícito e injustificado, el altísimo porcentaje de vísceras y desmembramientos, frecuentemente mezclados con la precarización económica, el crimen organizado, la construcción binaria del género y los usos predatorios de los cuerpos, todo esto por medio de la violencia más explícita como herramienta de “necroempoderamiento”» (Valencia, 2012).

   En este ambiente, el cuerpo humano se convierte en una mercancía necesaria al servicio del sistema económico paralelo. Asalariados criminales que buscan en automático un mejor estatus de vida. Una pequeña dosis de «felicidad». Este asalariado no necesita ser un experto en armas, ni siquiera ser mayor de edad. Requiere de un perfil cuyas características se reparten mayoritariamente entre la pobreza, la invisibilidad de oportunidades contundentes para «salir adelante», la educación cultural (el narco es un ideal) y el deseo de acceder a las recompensas de un sistema consumista que le permitiría gastar como un nuevo rico, aunque sea por un fin de semana, sin importar que sea el próximo en aparecer acribillado.

  El periodismo gore se caracteriza por un fácil acceso a smarthphones, magnificación de la tragedia y el performance de la muerte para sobresaltar las emociones. Con este nuevo elemento en el proceso de comunicación, se exalta la parte obscena del crimen organizado que, no obstante, no deja de reflejar aspectos más de fondo en la política, la economía y la cultura. Mientras tanto, la «narcomáquina» sostiene un diálogo de cadáveres e insensibiliza al espectador. A su vez, el periodismo gore legitima el proceso de «necroempoderamiento» e invisibiliza la precarización social.

  La transmisión en vivo encumbró el terror en nuestra mente. Una normalización y una justificación de la violencia. Manuel Castells (2009) afirma que «las noticias (especialmente las imágenes) pueden actuar como fuente de estímulos equivalente a las experiencias vividas. El odio, la ansiedad, el miedo y la euforia son especialmente estimulantes y también se retienen en la memoria a largo plazo».

  El periodismo gore evita cualquier crítica ética al ejercicio abusivo del poder, venga de donde venga; incluso sortea las estadísticas de reporteros asesinados. Prefiere el show mediático. Sayak Valencia Triana (2012) expuso cómo existe en el capitalismo gore «un entramado fuertemente ligado a los beneficios económicos que reporta tanto su ejecución como su espectacularización y posterior comercialización a través de los medios de comunicación. En el capitalismo gore la violencia se utiliza, al mismo tiempo, como una tecnología de control y como un gag que es también un instrumento político».

   El periodismo gore se escribe con miedo, con un alambre envuelto en el cuello y un cuchillo entre los dientes. Siendo el reportero un aparato desechable, se reducen sus capacidades de negociación o simplemente deja de tenerlas. Ya que es un ser incómodo dentro de la «narcomáquina», es necesario, para el buen funcionamiento de dicha máquina, eliminar las incomodidades. Un plomazo y adiós. Javier Valdez lo sabía bien:

   Las manos del reportero tiemblan, quiere escribir la verdad y la palabra «miedo» se anota sola, desea decir dónde, cuándo, quién, por qué…y la palabra «miedo» escupe burla, angustia, desilusión, olor a sangre o pestilencia de una casa de seguridad; el reportero tiene hijos, esposa, padres, hermanos, pero también tiene sus muertos y una mordaza, sus muertos y hambre y llanto y sed y una punzada en el pecho que le obliga reprimir algunas lágrimas, sabe que no puede escribir, no debe escribir, no siente escribir, no sabe escribir porque «miedo» es su casa, el periódico donde trabaja, la ciudad y el país donde vive, donde se esconde y miserablemente sobrevive, pero aun así le dice al teclado, «ándale, cabrón, no te agüites. Digamos lo que sabemos», pero sólo «miedo» aparece en la pantalla (Valdez, 2016).

   El reportero en el periodismo gore no es una persona, es un tunde teclas. Un sujeto descarnado de sí mismo, con un teléfono inteligente en la mano. Dislocado de su realidad, pero con la capacidad de captar otras realidades más violentas y trasladarlas al espacio virtual del que abrevan los curiosos ciudadanos que alimentan el miedo y la tristeza en sus casas de interés social, al ver la imposición del imperio de la violencia y darse cuenta que el presente y el futuro también están desmembrados.

Texto de Carlos G. Ibarra

Edición: Octavio Escalante

 

 

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