Las flores del Rif

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María Fernanda Hernández Valera

Este reportaje intenta provocar la reflexión acerca del tráfico de droga procedente del Rif. Quienes trabajan las complicadas tierras obtienen una ganancia que sólo les alcanza para sobrevivir. En el Rif, por tanto, lo que vemos es una economía de subsistencia en la que no hay cabida para el desarrollo de las infraestructuras sociales (educación, sanidad, etc.) de una forma acorde a la riqueza que ahí se genera. Esto se refleja en su agreste forma de vida.

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El 65 por ciento del hachís incautado en todo el mundo viene de Marruecos. En este país se mueven más de 15 mil millones de euros al año gracias a ese negocio. Se calcula que hay cerca de 90 mil familias (casi 800 mil personas) que se mantienen del cultivo de kif.

Elegí el nombre «Las flores del Rif» como símil de las flores de marihuana que crecen en la zona, identificándolas con los niños que ahí viven. Como todos saben, la flor toma sus nutrientes a través de las raíces formadas bajo tierra, para así desarrollarse, crecer y dar frutos. De igual manera, los niños que tienen sus pies en la misma tierra que las plantas, crecen y desarrollan allí su vida. Pero lejos de hacerlo en las mismas condiciones que las mimadas plantas de cannabis, ellos obtienen los recursos en mucha menor cantidad y de una naturaleza totalmente distinta. Las valiosas plantas que les rodean multiplican su precio miles de veces al pasar la frontera; mientras que los niños que las trabajan apenas obtienen recursos para comida, algo de ropa y poco más. Quizá sean éstas la reglas del juego impuestas por las redes del narcotráfico mundial: el que trabaja produciendo con su espalda y sus manos siempre es el que menos beneficio obtiene.

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Las fotografías fueron realizadas durante una visita a Marruecos, concretamente en la zona montañosa del Rif, en un lugar llamado Chefchaouen. Mi preocupación mayor era no causar en los lugareños el efecto turista, haciendo fotos por las calles de forma ajena a quienes allí habitan. Quise conocer el trasfondo de los sembradíos de marihuana de los que se habla a nivel mundial y terminé llevándome, como agregado, el recuerdo de la cortesía y hospitalidad magrebí.

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En el transcurso del viaje se notaba la gran diferencia entre el trabajo de las personas de la zona turística donde te venden souvenirs, al trabajo de campo donde ves notoriamente a mujeres, niños y jóvenes arando la tierra en pendientes muy pronunciadas.

María Fernanda Hernández Valera es fotógrafa, es locutora y es editora de audio y video. Por las noches se convierte en María de las Cumbias (https://soundcloud.com/fernanda-nause)

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Las flores del Rif

La (neo)colonizada naturaleza de La Baja

Sal

@cachobanzi

Vivimos en “La Baja” o “California” o Baja California Sur. Estos nombres fueron impuestos por diferentes colonizadores. Invasores. Uno usado para un branding más atractivos para los turistas (aunque suena a inferioridad); el otro instaurado por españoles (aunque creo que el nombre viene de más lejos) y, uno más, que hace alusión a la nación que disque somos; aunque Fernando Jordán utilizó uno más ad hoc: El Otro México.

Así como toda la península es renombrada una y otra vez, conforme sean las necesidades del próximo dueño, dotando de sentido el ser, así la naturaleza es cosificada siendo víctima de una colonialidad que la mercantiliza para generar riquezas para un grupo de millonetas (políticos y empresarios).  Lo que quede, es todo nuestro.

Como en el siglo XVI, la naturaleza está colonizada por la soberbia, la ambición y el poder de unos cuantos sujetos que se creen semidioses. Estamos atrapados en un loop histórico que está muy atornillado en lo hondo de nuestras subjetividades. No entendemos que somos animales con short y camiseta.

Así pasa en BCS o en otros lugares de América Latina. La idealización del mundo moderno que creemos vivir, nos separa del entorno natural para meternos en pequeñísimas casas de interés social que tardaremos varios años en pagar, claro, si tienes la suerte de contar con un empleo medio decente. Eres entonces un animal domesticado o, si prefieres, un buen ciudadano con excelente nivel crediticio.

Cada vez más dejamos de rozar la arena con nuestros pies descalzos, pero eso sí, tapizamos de cemento el suelo y cortamos los árboles para abrir paso a los cables de energía eléctrica.

El alejamiento de la sociedad y la naturaleza es indiscutible. Nos programan para eso. Prueba de ello, son las ideas cada vez más locas del sometimiento y destrucción de los ecosistemas, porque la tecnología permite a la civilización arrasar hacia un indiscutible colapso planetario.

En este sistema mundo capitalismo moderno arranca de las entrañas del planeta las materias básicas para su perpetuación y, con esto, también desbarata el tejido social.

Si analizamos un poco lo que nos sucede, nos daremos cuenta que quizá estamos dominados por una serie de discursos de poder que nos encaminan a creer que no hay otro mundo posible. El diálogo en naturaleza y cultura (expresiones económicas, políticas y culturales), como menciona Machado Aráoz, vivimos en un orden colonial global.

Por extraño que parezca, es como si un halo colonial consiguiera instalarse en la lógica moderna, en la que nosotros nos convertimos en automático en inferiores junto nuestro lugar de enunciación como seres: el territorio o, cómo les gusta llamarlo: la naturaleza.

El ocultamiento de toda relación otra  a nuestro sentido común es por donde se filtra una colonialidad que nos permite ver que BCS o en la Península de Baja California, nuestro rol dentro del sistema es el de convertirnos en proveedores de cuerpos, materias y energías.

Los espacios geográficos apropiados por nosotros, se contraponen a designios del extractivismo una colonialidad sobre la naturaleza, a través de política de desarrollo económico de las regiones del noroeste, ejercida con violencia sobre cuerpos y territorios que la habitan.

Los recursos naturales no serán para quiénes habitamos la península, porque los derechos de ayer, repite en una de sus canciones Nacho Vega, son los privilegios de hoy.

Experimentamos, sin duda, un proceso civilizatorio que destruye territorios, hábitats y despoja a las poblaciones que por tradición coexisten con el entorno.

La naturaleza es un no-lugar. Desprovisto de vida e inferior, en el que se articulan las narrativas dominantes de una (neo)colonización.

 

La (neo)colonizada naturaleza de La Baja

#SOCIALITERATURA: La dualidad del Diablo Guardian

Diablo

 

Roberto Galindo

 

La novela contiene dos historias que se desarrollan y entremezclan desde el inicio, en una está Rosa del Alba Rosas Valdivia, alias Violetta (1973-1998), y en la otra Pig. Violetta, una de las voces de la novela, nos introduce en la historia en el escenario casi final de la obra. En los capítulos pares ella, en primera persona, le cuenta su vida a Pig mediante un casette, en el que retrocede y avanza en los diversos tiempos de su vida de una manera vertiginosa, que a veces parece no tener sentido. Pig, la otra voz fundamental, cuenta su propia historia y la de Violetta en los capítulos impares, pero mediante un narrador extradiegético en tercera persona que contextualiza la historia de ambos. Pig tiene un discurso narrativo más ordenado que parte de su infancia, pasa por su juventud y llega hasta su edada adulta; aunque da saltos hacia el pasado si alguna circunstancia amerita la reflexión de su comportamiento o cuando sus fantasmas pretéritos lo asaltan y le generan paralelismos vivenciales.

  Rosa del Alba o Violetta es al mismo tiempo uno y dos personajes, y a veces una narra la vida de la otra dependiendo del nombre que utilice y de la geografía donde se encuentre. En México, y no por gusto, es Rosa del Alba, aunque con fugas a Violetta. En Estados Unidos, en Las Vegas y New York, es Violetta: la mujer que quiere borrar su origen, su “naconacionalidad”. Ella aborrece la mediocridad “clasemediera” de su familia e inicia su carrera delictiva desde adolescente al desnudarse por dinero para el hijo del jardinero, roba a su familia, se pierde en el alcohol, las drogas y la prostitución. Violetta siempre busca satisfactores inmediatos, placenteros y materiales, sin planificar nada, sin importar los altos precios (humillación, adicción y soledad) que deba pagar por obtenerlos. Interactúa con gente de mala calaña: sacerdotes estafadores, padrotes, dealers, pervertidos, ejecutivos y publicistas transas, matronas, juniors, policías corruptos y asesinos. Aunque en su camino también se encuentra con personajes que la ayudan, a esos los llama My hero, en Houston es Eric o Superman, pues no se puede decir que el Mario Bross de Las Vegas sea un héroe; y dos en México: el Capitán Bacardí y, por supuesto, Pig su verdadero y único salvador, su Diablo Guardián, quien la libera de Nefastófeles, el diablo maligno de la historia.

   Nacido en el seno de una familia de la clase alta Pig es un huérfano educado por su abuela, a la que llama Mamita, es introvertido, travieso, malicioso, viajero al azar, paseante de los bajos fondos de la Ciudad de México, pasajero eventual en el viaje de las drogas y publicista brillante con oficio de escritor fracasado –un prostituto intelectual–. Recorre una vida vacía y habita una casa semi-abandonada. Atisbando en los abismos de la podredumbre humana busca una novela que escribir. Pig encuentra en Violetta un hoyo negro insondable donde saltar, una incógnita, la droga de su vicio, el amor; ella es la historia que ha querido contar siempre. Una vez que se ha enamorado de Violetta debe matarla por deseo de ella, desaparecerla sin importar que eso signifique no verla más. Ella necesitaba, por supervivencia, comprar un héroe. Él requería salvar a alguien para darle sentido a su existencia. Es así como las vidas de estos dos seres se unen. Ellos se maltratan y se salvan de una sociedad que los ha puesto en medio del vicio, la corrupción, la prostitución y las drogas; donde el dinero importa más que la dignidad, que la familia, más que cualquier valor.

   Diablo Guardián describe la atribulada y vertiginosa manera de sobrevivir de dos jóvenes. Muestra la descomposición social y el retorno a la vida primitiva y salvaje a que estamos expuestos dentro de la globalización, debido en gran medida a la fragmentación de la familia. Fenómeno que no es nuevo, pero que Velasco ha logrado caracterizar a profundidad para nuestra sociedad en las postrimerías del siglo pasado. Además, a través de Pig, el escritor nos comparte la experiencia del proceso de escritura de su novela.

Roberto E. Galindo Domínguez

Maestro en apreciación y creación literaria, M. en C., literato, arqueólogo, diseñador gráfico. Cursa el doctorado en investigación y creación de novela en Casa Lamm. Miembro del taller literario La Serpiente. Escribe para Contralínea.

#SOCIALITERATURA: La dualidad del Diablo Guardian

El tunde teclas y el periodismo gore

Diario

@cachobanzi

Regresé a BCS porque me dijeron que acá no mataban periodistas. Pero las cosas cambian. Antes amansaban a cualquiera con un convenio gordo y cómodo. No había amenazas. Había cómplices. ¿Para qué usar el plomo? Se trataba, más bien, de que todo quedara entre «amigos». El círculo rojo y el periodismo objetivo: un equilibrio entre poder (o poderes) y comunicación de masas, unidireccional, sin las inoportunas críticas en redes sociales a los medios oficiales, que legitimaban una mentira o una verdad. Pero la modernidad vino a interponerse.

   2014. Una balacera rompió el silencio en una vereda cercana a la carretera rumbo a Los Planes. Año decisivo, espacio de reestructuración en las formas de reportear la nota roja. El crimen organizado se dividía. Acontecimiento insólito que, sin embargo, no evitó del todo que la sección policíaca en los diarios locales siguiera rellenándose de boletines sobre choques y robos a casa habitación. Los homicidios serían declarados como casos aislados. La nota principal sería la vida del gobernante en turno, una cosa parecida a «un día en la vida de…».

   Ante la realidad innegable y el mutismo de los diarios oficiales, los sitios web de noticias adquirieron credibilidad y alcanzaron la categoría de plaza pública. Con tal de obtener clicks inmediatos, el morbo de la ciudadanía le vino bien a estas páginas. En las redes sociales aparecieron personajes que se posicionaron simplemente porque iban hasta la escena del crimen y la grababan personalmente, algo que no hacían los reporteros de policiaca hasta entonces. Dejó de ser imprescindible la página web. Un perfil de Facebook y un celular se volvieron material suficiente para convertirse en reportero. Las transmisiones en vivo comenzaron a dominar la escena y se acabó el papel primordial de los medios impresos, e incluso sus formatos digitales que, secreto a voces, querían respaldar una pseudorealidad impuesta por el poder. Las redes sociales le dieron a la ciudadanía, al fin, una herramienta para confrontar a los «expertos» de la comunicación y no sólo poner en tela de juicio sus publicaciones, sino ignorarlas y crear las propias.

   Al intentar analizar el papel del reportero en BCS, hay que tener en cuenta que éste se mueve en un espacio turístico, un edén para desarrolladores inmobiliarios, hoteleros y vacacionistas al estilo spring breaker. En la ciudad turística, patrón que se repite en otros destinos de México, la economía funciona legal e ilegalmente. Se prestan servicios, se ofrecen bienes, de manera regular, pero también de manera informal, al menos informal en el sentido de su legalidad. Por encima de los pequeños negocios ilegales se eleva el lavado de dinero, práctica que puede asociarse con grandes empresas de cualquier índole. Mientras tanto, las familias que migraron persuadidas por la esperanza del progreso, alcanzan una mal pagada neoservidubre. En una situación similar de pobreza el crimen organizado encuentra al personal necesario para perseverarse, ya no sólo como un cártel, sino como un sistema, un organismo.

   En medio de este escenario el periodista no ejerce libremente su profesión, al menos no con carácter investigatorio real, sino como transmisor, como decía, de las imágenes cruentas, que no obstante deben ser igualmente moderadas en su publicación, pues hay que dar una buena imagen de la región a los ojos de los inversores.

Reportar la barbarie

«Mataron al reportero Max Rodríguez», dijo ella. Tardé en asimilar la frase, pero en cuanto lo hice supe que ya nada sería igual. Contuve la respiración y recordé cuando Max me llamó preocupado para preguntarme cómo un corporativo de minería submarina me demandaba a mí, reportero menor de 30 años, por 20 millones de dólares. Su llamada fue un respaldo en aquel momento. Recordé también mis tiempos en Rosarito, Baja California, allá por 2008, cuando comencé a ser corresponsal de la nota policiaca. La muerte de Max desempolvó la principal razón por la que yo me había alejado de las noticias de ejectuados. Y es que en aquel tiempo ya se tenía en Baja California un registro de reporteros, columnistas y periodistas asesinados. No se trataba únicamente de presuntos narcos. El caso más sonado fue el del Gato Félix, del semanario Zeta de Tijuana, en 1998.

   A mis 24 años tuve la insólita prudencia de rechazar la adrenalina que te hace tomar un taxi, en plena madrugada, con el fin de sacar la mejor fotografía del nuevo muerto, tumbado por las balas. La experiencia es adictiva. Mi jefe editorial de entonces me había aconsejado que en cuestión de asesinatos evitara ciertos detalles y, en definitiva, no profundizara demasiado al redactar, por mi propia seguridad. Al llegar a La Paz me encontré, después de un tiempo, con aquella violencia de la que había huido. Intenté mirarla como parte de mi trabajo, retomarla como un tema, pero sabiendo que sería sólo por una temporada.

   A como yo miro las cosas, la violencia no parará. Me tocó ver desmoronarse el discurso del exgobernador Narciso Agúndez Montaño (2005-2011), aquel cínico comentario de que «a BCS los narcos sólo vienen a vacacionar». Vi cómo Marcos Covarrubias (2011-2014) reconocía por primera vez que «criminales» se enfrentaban a balazos en La Paz, pero tratando de minimizar ese hecho con posturas como «no le demos la imagen que no merece a BCS». Y, bueno, todos estamos experimentando cómo Carlos Mendoza Davis suministra su «medicina», junto a miles de militares en un presumible intento por frenar la carnicería que tiene nerviosos a los hoteleros y a nosotros mismos.

   El homicidio de Max es un acto brutal para el gremio periodístico, sobre todo para aquellos que a diario contabilizan los cadáveres del genocidio. Esos números que tanto irritan en cuanto más crecen, porque funcionan como insecticida que espanta a los inversores. A estas alturas, da la sensación de que cualquiera puede morir cuando menos lo espere, esté o no relacionado con una forma del narcotráfico. Las amenazas siguen y no es difícil imaginar quién será el siguiente.

   A raíz de la intimidación, directa o indirecta, hacer buen periodismo en BCS se complica cada vez más. Las reservas en la información, la prudencia obligada, son actitudes comprensibles cuando la cantidad de muertos se infla sin concesiones, afectando a los grupos criminales, como si fuese cosa «entre ellos» y afectando también a periodistas, policías, menores de edad, familiares de asesinados y a la tranquilidad general, que debería pertenecernos a todos pero que para nadie está garantizada.

   Con estas palabras que ahora leo quiero hacer un homenaje a los buenos y malos periodistas que a diario tratan de sobrevivir en el espeso ambiente del poder, mientras desde las butacas la gente espera al siguiente reportero para convertirlo en héroe o villano. En una situación como la que vive el estado y todo el país, la autocensura se convierte en un mal necesario, ya no sólo por uno mismo sino por quienes están junto a uno, en este rincón alejado.

La labor del reportero gore

Tunde las teclas y construye un retazo de lo que creemos nuestra realidad y nuestra verdad. Una de las tantas «verdades» que maquilan las redacciones, como parte del ejercicio de poder que la maquinaria imprime todos los días en el cuerpo social. En ocasiones, el tunde teclas es incitado por sus jefes a traspasar las líneas profesionales, con tal de enviar un mensaje al que no pagó el convenio. Con frecuencia se lo llevan entre las patas los políticos, los directores de medios de comunicación, los corporativos transnacionales y el crimen organizado.

   En Dispárenme como a Blancornelas, Daniel Bassave presenta una radiografía del fascinante y deteriorado cosmos de los de abajo, de la cadena trófica reporteril, de los tunde teclas. El tunde teclas es un cuerpo dócil, es otro soldado de Foucault, padeciendo la disciplina de los poderes sobre su cuerpo. El tunde teclas se somete. Si sobrevive dentro de la cañería del poder, puede ser utilizado, transformado y perfeccionado para fines específicos. Hay un control sobre el sujeto que emite los signos y da sentido a miles de individuos que forman la colectividad social; aquellos que buscan orden dentro del caos. Son ellas y ellos quienes reciben el mensaje, resultado de relaciones estratégicas; «el ejercicio del poder consiste en “conducir conductas” y en preparar la probabilidad (Foucault)».

   En caso de no cumplir con las encomiendas implícitas de su ejercicio, son eliminados. Javier Valdez, periodista recientemente asesinado en Culiacán, Sinaloa, afirmó que «los medios de comunicación y los reporteros son desechables: un acuerdo entre la autoridad –municipal, estatal o federal–, las presiones de un grupo político, un candidato o un dirigente de un partido, la extorsión empresarial y del mismo gobierno (…) El resultado siempre es el mismo: medios de comunicación que mueren, periodistas despedidos, comunicadores acusados y exhibidos públicamente. El destierro, siempre el destierro, aunque el reportero se quede a vivir donde siempre» (en entrevista con Wilbert Torre).

   El trabajo del tunde teclas se centra en el duro camino de cazar la nota. Como vemos, su margen de acción es limitado. Un obrero de la información que, en algunos casos, está convencido de tener unos gramos de poder en su bolsillo, del que se atascan los gobernantes en turno. Casta que en ocasiones es amigable, mientras que en otras se convierte en su más feroz ejecutora. Una relación ambivalente por la que transcurre su vida, que se disipa entre el olor a tinta y a ceniceros.

   Tampoco tiene horario. Su profesión y su vida se confunden más allá de una hora de entrada o salida. En los tiempos en que el Internet lo permea todo, el tunde teclas tuvo que adaptarse y trabajar con él. Dejó de presionar tanto botón y comenzó a transmitir la masacre, una masacre característica de la ciudad turística neoliberal. Martin Scarpacci (2015) en su artículo Ciudades estratégicas: entre el extractivismo y el narcotráficoLa violencia en el paradigmático caso de ciudad Rosario, expone la relación entre ciudad-región y región-resto del mundo, y en esta dialéctica señalará «la vinculación existente entre los mercados legales e ilegales de la economía y cómo ésta afecta a la ciudad modificando el espacio donde interactúan las personas con los medios de producción».

   El autor reflexiona sobre cómo el excedente capitalista de ambos negocios «se cristaliza en gran medida en la construcción edilicia o en grandes desarrollos inmobiliarios, pero también a nivel de uso de suelos, expandiendo innecesariamente la frontera urbana, subordinando al territorio y la ciudad a las lógicas especulativas de mercado». ¿Será posible considerar a Los Cabos o La Paz, al igual que Rosario, como enormes lavadoras de capitales?

   Sé que la ciudad turística neoliberal no es el tema central en esta ocasión, pero es ahí donde se entreteje la relación estratégica entre violencia, poder, medios de comunicación y crimen organizado. Es necesario intuir que el reportero se enfrenta a la era del periodismo gore. Los más de 100 ejecutados de octubre lo confirman, ¡y aun no acaba el mes! Los cuerpos desmembrados, las niñas y niños asesinados, las madres sin hijos, las hijas sin padres, las familias destruidas, la sangre seca de las calles, las narcofosas, el miedo.

   Sayak Valencia Triana (2012), utiliza el término «capitalismo gore» para visibilizar «la complejidad del entramado criminal en el contexto mexicano, y sus conexiones con el neoliberalismo exacerbado, la globalización, la construcción binaria del género como performance político y la creación de subjetividades capitalísticas, recolonizadas por la economía y representadas por los criminales y narcotraficantes mexicanos, que dentro de la taxonomía del capitalismo gore reciben el nombre de sujetos endriagos».

   Implicados en las relaciones del capitalismo gore, sobresalen «el derramamiento de sangre explícito e injustificado, el altísimo porcentaje de vísceras y desmembramientos, frecuentemente mezclados con la precarización económica, el crimen organizado, la construcción binaria del género y los usos predatorios de los cuerpos, todo esto por medio de la violencia más explícita como herramienta de “necroempoderamiento”» (Valencia, 2012).

   En este ambiente, el cuerpo humano se convierte en una mercancía necesaria al servicio del sistema económico paralelo. Asalariados criminales que buscan en automático un mejor estatus de vida. Una pequeña dosis de «felicidad». Este asalariado no necesita ser un experto en armas, ni siquiera ser mayor de edad. Requiere de un perfil cuyas características se reparten mayoritariamente entre la pobreza, la invisibilidad de oportunidades contundentes para «salir adelante», la educación cultural (el narco es un ideal) y el deseo de acceder a las recompensas de un sistema consumista que le permitiría gastar como un nuevo rico, aunque sea por un fin de semana, sin importar que sea el próximo en aparecer acribillado.

  El periodismo gore se caracteriza por un fácil acceso a smarthphones, magnificación de la tragedia y el performance de la muerte para sobresaltar las emociones. Con este nuevo elemento en el proceso de comunicación, se exalta la parte obscena del crimen organizado que, no obstante, no deja de reflejar aspectos más de fondo en la política, la economía y la cultura. Mientras tanto, la «narcomáquina» sostiene un diálogo de cadáveres e insensibiliza al espectador. A su vez, el periodismo gore legitima el proceso de «necroempoderamiento» e invisibiliza la precarización social.

  La transmisión en vivo encumbró el terror en nuestra mente. Una normalización y una justificación de la violencia. Manuel Castells (2009) afirma que «las noticias (especialmente las imágenes) pueden actuar como fuente de estímulos equivalente a las experiencias vividas. El odio, la ansiedad, el miedo y la euforia son especialmente estimulantes y también se retienen en la memoria a largo plazo».

  El periodismo gore evita cualquier crítica ética al ejercicio abusivo del poder, venga de donde venga; incluso sortea las estadísticas de reporteros asesinados. Prefiere el show mediático. Sayak Valencia Triana (2012) expuso cómo existe en el capitalismo gore «un entramado fuertemente ligado a los beneficios económicos que reporta tanto su ejecución como su espectacularización y posterior comercialización a través de los medios de comunicación. En el capitalismo gore la violencia se utiliza, al mismo tiempo, como una tecnología de control y como un gag que es también un instrumento político».

   El periodismo gore se escribe con miedo, con un alambre envuelto en el cuello y un cuchillo entre los dientes. Siendo el reportero un aparato desechable, se reducen sus capacidades de negociación o simplemente deja de tenerlas. Ya que es un ser incómodo dentro de la «narcomáquina», es necesario, para el buen funcionamiento de dicha máquina, eliminar las incomodidades. Un plomazo y adiós. Javier Valdez lo sabía bien:

   Las manos del reportero tiemblan, quiere escribir la verdad y la palabra «miedo» se anota sola, desea decir dónde, cuándo, quién, por qué…y la palabra «miedo» escupe burla, angustia, desilusión, olor a sangre o pestilencia de una casa de seguridad; el reportero tiene hijos, esposa, padres, hermanos, pero también tiene sus muertos y una mordaza, sus muertos y hambre y llanto y sed y una punzada en el pecho que le obliga reprimir algunas lágrimas, sabe que no puede escribir, no debe escribir, no siente escribir, no sabe escribir porque «miedo» es su casa, el periódico donde trabaja, la ciudad y el país donde vive, donde se esconde y miserablemente sobrevive, pero aun así le dice al teclado, «ándale, cabrón, no te agüites. Digamos lo que sabemos», pero sólo «miedo» aparece en la pantalla (Valdez, 2016).

   El reportero en el periodismo gore no es una persona, es un tunde teclas. Un sujeto descarnado de sí mismo, con un teléfono inteligente en la mano. Dislocado de su realidad, pero con la capacidad de captar otras realidades más violentas y trasladarlas al espacio virtual del que abrevan los curiosos ciudadanos que alimentan el miedo y la tristeza en sus casas de interés social, al ver la imposición del imperio de la violencia y darse cuenta que el presente y el futuro también están desmembrados.

Texto de Carlos G. Ibarra

Edición: Octavio Escalante

 

 

El tunde teclas y el periodismo gore

Me gusta sangrar

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Marisabel Macías

Contar historias de todo tipo es el mejor modo que encontramos los seres humanos, desde el principio de los tiempos, para entendernos y entender el mundo en que vivimos. O por lo menos intentarlo.

Y como la última semana después de muchos años de no padecer por esto, me agarraron unos cólicos tremendos debido a la menstruación, pues decidí compartirles en esta columna un breve relato sobre la deconstrucción y desmitificación de “La Regla”. Sí, de la sangre femenina más olorosa. Sonrío.

Les cuento el siguiente cuento, precisamente queriendo compartir una nueva mirada sobre este flujo rojizo nuestro, que sé que a muchas de nosotras nos ha hecho llorar o jalarnos los cabellos; les comparto este relatito-reflexión con el único propósito de considerar nuevas perspectivas en relación a uno de los más bellos procesos de nuestro cuerpo:

La menstruación. Que es como nuestra fiel compañera, por años nos acompaña, nos da la lata, nos recuerda que estamos saludables, pero que pese a todo esto parece que nos empeñamos en esconderla. Bueno, eso no se nos ocurrió a nosotras, lo que pasa es que nos han dicho, de una u otra forma, que hablar de ello no es políticamente correcto, que da asco, que esa sangre apesta, que avergüenza, que es raro, que nos pone histéricas.

Lo que creo es que cuando menstruamos no funcionamos mucho en nuestros roles cotidianos: “no podemos ser amantes”, “sirvientas”, floreros, trofeos, madres plenas; quizá por eso a algunos les molesta; quizá por eso, la sangre que derrama mensualmente mi endometrio, durante días, no les parece indiferente, sino que se convierte en tema tabú automáticamente; incluso dentro de la convivencia entre mujeres; mira que me acuerdo bien, y ahora lo veo con mis sobrinas, cómo anda una pasando la toalla femenina como si fuesen anfetaminas. ¡Ay, la regla!

Fíjense, yo menstrué a los once años, y el primer año me bajó durante diez o doce días, me la pasaba llorando, deprimida, envuelta en una cobija y acomodada en la orilla de la cama, tirada. Sólo caminaba del colchón al baño, al sillón, y de regreso al colchón; dicen que mi semblante era más amarillo que de costumbre. La pasé mal durante muchos años. Tuve que convencer a mi mamá de que me llevara al ginecólogo, ella no podía concebir la idea de que su niña fuese vista “en ese sentido” por un médico; ella creía que el ginecólogo sólo atiende a mujeres “señoras”. ¡Mi madre preciosa! El caso es que desde pequeña anduve en esos menesteres; y de verdad que detestaba la sangre que emanaba. Recuerdo momentos en los que odiaba la idea de ser mujer y pasar por eso cada mes. Y es que a mí nadie me dijo nada, el “periodo” me agarró desprevenida; a lo más que llegué fue a tener al lado a mi padre diciéndome que era normal, que a todas las mujeres nos pasaba y que estaba bien. Que todo iba a pasar. Fueron años terribles, padeciendo un proceso que en realidad puede ser visto como algo bello.

Pero cómo podía disfrutarlo si incluso los demás me habían clasificado como una mujer con “MM”: “Menstruación Monstruosa”… Y yo sólo me preguntaba ¿Cómo no nos va a cambiar el humor con todo lo que trae consigo la regla? ¿Cómo no llorar o pelear con todos? Me sentía rehén de mis emociones, aquello era terrorismo hormonal… Pero bueno, ahora que desde mis treinta y cinco años lo veo, tampoco es una regla general que un cólico menstrual me haga perder la paciencia más rápido que de costumbre, o que eso les pase a todas las mujeres. Cada mujer vivir a su forma esos días. Y respecto a mí, pues yo soy de mecha corta en esos días u otro cualquiera. O mejor dicho: una injusticia o cualquier acto violento, en cualquier día de mí mes, puede provocar una rotunda respuesta. Entonces, una vez dicho todo esto, aclarando mi mal humor nato, a donde quiero ir es a compartirles lo maravilloso que es el Universo, y cómo desde que yo descubrí cierta sabiduría menstrual, que me ha llevado a vivir mis ciclos de manera más consciente y amorosa, pues también se me han presentado oportunidades de poner en práctica esta nueva significación de la sangre nuestra.

Es que entre tanta alegría y aceptación, pues, conocí a una mujer que me comió todita en esos días, delicioso, sin que yo se lo pidiera, ¡eh!, ella solita con su boquita de vampiresa.
¿Les cuento?… Iré directo al clímax, y allí me gustaría redundar, disfrutar en círculo, como el beso que me dio. Un beso de esos. De esos que son espiral, abismo. Piensen en esto: una habitación; dos mujeres; un colchón en el suelo; alcohol; mariguana; sangre; besos. Besos muy largos.

Al principio no nos encontrábamos, nuestros cuerpos eran torpes, nos movíamos de aquí para allá, había jalones, frases cortadas, invitaciones a acomodarse, un desastre, como muchas primeras veces.

La conocí ese lunes, me ofreció un plan de seguro en la entrada del banco; yo sólo iba a cambiar un cheque, y realmente llevaba prisa; pero no pude evitar demorarme en su mirada, en su forma de sonreírme. Pude ver algo en sus ojos, sentir algo, que me hizo detenerme y pedirle que me explicara más, que me hablara. No crean que yo acostumbro hacer esto, fue un impulso, un deseo tremebundo.

Mientras ella me explicaba no sé qué cosa, yo podía escuchar la respiración acelerada de las dos; apenas y nos rozábamos las rodillas o la mano. Pero había algo más, yo tenía claro que aquello nunca antes lo había experimentado, comencé a sentirme claramente excitada, quería olerla, ver a través de su delgada blusa de seda. Terminamos intercambiando números telefónicos. No pasaron muchos mensajes para que ella aceptara venir a mi departamento. Yo no medité mucho los planes, sólo me vencí ante las pasiones. Le invité un café. Aceptó. Cuando le abrí la puerta de mi “casita”, le sonreí como si quisiera comérmela. Debo admitir que yo nunca había estado así con una mujer, sólo había fajado con otras chicas, pero en plan de amigas ya saben.

Esa primera tarde, según yo no pasaría nada porque yo estaba en mis días; lo que yo no sabía era que a esta mujer boca de fresa, también sabe disfrutar del sabor a metal que fluye de entre mis piernas. Les aseguro que le insistí que lo considerara, bueno, por lo menos un par de veces le dije, le advertí que había sangre, y ella respondió que no había fluido mío que no se le antojara… Aquello me puso a levitar, me imaginé en el techo, chorreando con mi sangre su hermoso cuerpo.

Le abrí las puertas al jardín de óvulos caídos, de lluvia carmín, al torrente de vida. Ella entró con curiosidad felina, disfrutando de cada rincón, silbando una melodía. Su boca se presentó feliz, gustosa; me arrebató palpitante. Su lengua entró como danzante. Luego me devoró, conocí el hambre de sus dientes. Le ofrendé a sus labios un manjar de anturios y betabeles.

Con su boca de vampira, con su cuerpo pintándose con el mío, me inventó una ruta de lunares.

Y así han pasado ya muchas lunas. La han visto devorarme. Saborear mi sangre. Sincronizarnos en la marea. Encontrarnos cada ciertos días, reinventar los rituales.
Me gusta estar sangrando, me gusta sentirla cerca.

¡Si usted se siente escandalizado o escandalizada por el anterior relato, absténgase de opiniones retrógradas, misóginas o simplemente hirientes. Por el contrario le sugiero, sólo seguir en lo suyo, no opinar de lo que no sabe; y jamás lamer o besar coños sangrantes!

 

Me gusta sangrar

#SOCIALITERATURA: De la violencia de “El Zarco” a la criminalidad del México actual

Violencia

Roberto E. Galindo Domínguez

La historia de amor entre Nicolás el indio pobre, trabajador y honrado, con Manuela la caprichosa, egoísta y banal mujer lectora de novelas románticas; es la urdimbre amorosa elaborada por doña Antonia su abnegada madre, trama que muere con ella cuando la coincidencia sentimental del indio herrero con la prima de Manuela, la joven y purisísima Pilar, se erige entre la podredumbre. Eso sucede durante la huida de Manuela con el Zarco, el criminal idealizado por ella en caballero, quien es a primera vista pendenciero, asesino y desalmado. Cuyo carácter de sinverguënza y cobarde es desvelado por sus compinches y contrastado con el heroísmo y nobleza de Nicolás. En tanto Martín es el héroe ambivalente, quien fuera víctima de Los Plateados –la banda de forajidos comandados entre otros por el Zarco–, es ahora un rural abalado por Benito Juárez para terminar con el azote de las partidas de bandidos. Nicolás y Martín se vuelven los verdugos de el Zarco en un juego de cacerías por Morelos y el Estado de México.

            Después de cometer sus fechorías los bandoleros huyen por las serranías para esconderse en su guarida, por todos conocida, pero a las que no se atreve a llegar ni el ejército, que se ocupa en dar rondines y perseguirlos, capturando a su paso chivos expiatorios para justificar sus incursiones fracasadas ante los altos mandos.

            En la moralizante historia los maniqueos personajes obtienen lo que se merecen: Manuela, el Zarco y sus secuaces sufrimiento y muerte. Pilar y Nicolás la felicidad del matrimonio. La caracterización de los personajes es intrincada psicológicamente si se atiende a la época en que fue escrita la obra. La novela tiene su carga de denuncia, y por supuesto, está inundada de moralidad, pero eso era común a finales del siglo XIX en las letras mexicanas.

            Las historias de amor y desamor por las que Altamirano nos lleva están rodeadas de violencia e inseguridad, bandoleros que además de robar y traficar, extorsionan y cobran piso, secuestran, violan y asesinan adultos y niños. Criminales que campean por un territorio con autoridades civiles y policiacas fallidas. En donde es necesario recurrir a grupos de exterminadores equipados por el gobierno ante la ineficacia del ejército. Cualquier parecido con nuestros tiempos no es mera coincidencia.

            Imagine lector una historia con dos o tres amantes. Para los villanos y los héroes –que sí se ensucian las manos– acuda a las noticias actuales, piense en secuestradores como el Mochaorejas o grupos diversificados criminalmente como Los Zetas, Los Caballeros Templarios y/o la Familia Michoacana. Recurra a los cárteles de Juárez, Guadalajara y Sinaloa; y todas sus escisiones, así como a las pandillas y brazos armados de todos los anteriores. Recuerde para el héroe sucio al Doctor Mireles o a Papá Pitufo. Y si quiere estar a la moda criminal los huachicoleros o el cartel de Tlahuác pueden ser bandas de criminal inspiración. Para las partidas de militares, incluso puede usar a la Marina Armada de México, que igual que el Ejército comete tareas que no le corresponden. Para la máxima autoridad del país, bueno sería un insulto para el Benemérito buscarle parangón, entonces caracterice un presidente de ficción que valga para novelar. Pero el escenario de anarquía, violencia, impunidad y desolación bien puede ser retratado del día de ayer en casi cualquier parte de México, tal es el caos y la barbarie que reina no en 1861 –espacio temporal en que está ubicada la historia–, sino en el año de nuestra venerable decadencia de 2017.

Altamirano puede ser considerado un artista de ruptura porque fue uno de los escritores que en su época más trabajó con intensidad y en extenso la edición de sus obras, en éstas es notorio el esfuerzo de pulir el engarzamiento de las palabras para proporcionar al lector una obra de calidad literaria. El Zarco es una obra que trasciende el romanticismo y emite ondas literarias más realistas y crudas. Es ahora una novela que el tiempo y la situación de nuestro país colocan como universal y más vigente que nunca. Altamirano es uno de los grandes, quien en los años ochenta del siglo XIX escribió una de las novelas más acabadas de su tiempo.

Ignacio Manuel Altamirano, El Zarco (póstuma, 1901).

Roberto E. Galindo Domínguez

Maestro en ciencias, arqueólogo, buzo profesional, literato, diseñador gráfico. Cursa la maestría en apreciación y creación literaria en Casa Lamm. Miembro del taller literario La Serpiente. Escribe para Contralínea.

 

#SOCIALITERATURA: De la violencia de “El Zarco” a la criminalidad del México actual

Aproximaciones al fomento literario en BCS

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Raúl Cota Álvarez

En los años recientes, el instituto sudcaliforniano de cultura ha sido acotado desde el gobierno del estado, ha dejado de percibir el recurso necesario para ampliar su impacto en beneficio de los sudcalifornianos en un área tan necesaria como lo es el fomento del arte y la cultura. Le ha sido impuesta una sobrecargada nómina que lo sangra por dentro, y desde la secretaria general de gobierno, el fallido programa “vivir en paz” le arrebata un jugoso porcentaje de los pocos pesos que le quedan para poder operar durante el año. A este nefasto panorama hay que sumar que no en todas sus áreas hay interés por avanzar de la mejor manera posible con los recursos disponibles. No sólo de presupuesto vive una institución, la búsqueda de opciones, la diversificación de la operación, el reacomodo operativo aprovechando las potencias internas, son algunas alternativas que ayudan a encauzar la actividad hacia resultados más alentadores.
Tomemos por ejemplo las acciones de fomento literario (que no editorial) que lleva a cabo la institución: talleres de creación, eventos de confluencia entre autores y lectores, ferias del libro, concursos literarios… si bien el tema presupuestal es parte importante del desarrollo de estas actividades, también lo son las actitudes ante los retos que se imponen para llevar a buen puerto estos y otros objetivos.
Dentro de las acciones que pueden aliviar presión a la coordinación de estas actividades, se pueden considerar las siguientes:

Lunas de octubre debe desaparecer

El encuentro sudcaliforniano de escritores la primera mitad del año y la feria del libro en noviembre son eventos que merecen crecer, ya que son los que más convocan y reúnen a escritores y lectores, a diferencia del encuentro de octubre, que sirve poco o nada a la escena y sí a un grupo reducido de personas que utilizan los recursos del evento para tener, ellos sí, un encuentro “bohemio”, por decir lo menos, a costillas de un presupuesto que debe usarse en el fortalecimiento de la cultura estatal.

El presupuesto destinado al encuentro de escritores Lunas de octubre puede ser utilizado para reforzar la actividad de los talleres literarios en cuento, poesía, novela, ensayo, crónica y dramaturgia. Puede utilizarse para llevar el trabajo de nuestros escritores a diversos puntos del estado a los que no se ha tomado en cuenta en los programas de difusión literaria y fomento lector, así como a espacios de reunión pública como mercados, plazas, cruces viales…

Nutrir las ferias del libro en cada municipio, multiplicar los espacios de impacto del encuentro sudcaliforniano de escritores, solidificar los talleres y certámenes literarios para niños, jóvenes creadores y creadores con trayectoria, son sólo algunos de los puntos donde colocar manera más eficaz el presupuesto de un encuentro que hace más daño que bien al desarrollo, convivencia y nutrimento de escritores y lectores sudcalifornianos.

Blindemos los concursos literarios

¿Cuál es la intención de un certamen literario?

Promover la obra de los escritores del estado, brindar a los lectores material de calidad, evaluado por un cuerpo de especialistas, motivar la creación, edición, revisión de obras literarias en distintos géneros, entre otras. Sin embargo, no se trata sólo de convocar libremente a presentar trabajos, se debe estudiar el entorno literario, los antecedentes inmediatos y las proyecciones buscadas para que los ganadores sumen obras al inventario imaginativo y de análisis que buscan los lectores, se deben cuidar las cláusulas de cada convocatoria para que estas mismas sean el primer paso a la transparencia, seriedad y confianza del certamen entre los interesados.

¿Cómo lograrlo?

 – Poner candados en cada género, el ganador en los géneros de cuento y poesía (los de mayor desarrollo en el estado) no podrá participar por tres años en el género donde se obtuvo el premio; en los géneros de novela, ensayo, crónica, dramaturgia, el ganador de alguno de estos géneros no podrá participar en la edición inmediata siguiente.

 – Se debe dar certeza a los concursantes desde la evaluación de sus trabajos, cada género literario necesita ser dictaminado por un cuerpo de escritores con experiencia en el mismo: poetas deben revisar poesía, novelistas en novela…improvisar con escritores que nunca han escrito poesía o no conocen forma y fondo en libro álbum ilustrado para niños, por ejemplo, no solo arroja pifias, sino que daña la imagen de un concurso que pretende ser un canal editorial de calidad, no solo para autores, para los lectores.

 – La transparencia es un elemento crucial en todo certamen literario, si se redactan clausulas, no solo debe esperarse que los interesados las cumplan, la entidad convocante tiene la obligación de hacer que se cumplan dichos puntos, y también debe predicar con el ejemplo, seguir al pie de la letra lo establecido sin tener después que inventar excusas o hacer mutis ante reclamos e inconformidades por actos o resultados opacos y sospechosos.

¿Y los foros públicos?

Desde hace más de un año se ha solicitado que los encargados de programas, coordinadores y directivos de cultura en el estado atiendan de manera directa su obligación de frente a los creadores, mediadores, talleristas, promotores, todos los interesados en las dinámicas institucionales para trabajar de la mano en beneficio de todos. No se ha tenido respuesta. Faltan foros públicos donde hacer converger necesidades, urgencias, inconformidades, dudas, prospectivas, opciones, y donde las instituciones planteen el panorama presupuestal y de acción, informen alcances, posibilidades y capacidad para que la actividad cultural se desarrolle de la mejor manera posible.

Si bien no son las únicas opciones, si un botón de muestra de lo que se puede hacer para ir mejorando no solo la actividad institucional, también la imagen de la institución frente a todos los interesados en su desempeño y el impacto de este en la escena cultural.

 

 

Aproximaciones al fomento literario en BCS