19S, la tragedia que perdura

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Fotos del colapso de Álvaro Obregón 286, CDMX.

Roberto E. Galindo Domínguez

La desdicha del sismo se prolongará durante semanas, meses y más, estará en nosotros muy presente cuando se lleven a cabo las elecciones presidenciales del 2018. No habrá pasado, espero, suficiente tiempo para el olvido, no serán 32 años, tan sólo unos meses. Una herida que tasajeó el corazón del país y que nos ha recordado cuan diminutos somos, pero también cuan fuertes nos erigimos unidos. Esta tragedia es hoy por cuestiones mediáticas, por las redes, por la solidaridad selectiva que ejercemos como sociedad, la más dañina, no en cuanto a decesos o destrucción respecto de otras que recientemente han asolado al país, sino la más lacerante en cuanto al ánimo de la sociedad, y más aún cuando se dio en el 32 aniversario del temblor más devastador de México, muchos ciudadanos hemos recordado en la carne los daños mortíferos de 1985.

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            Debe ser esta sacudida telúrica motivo de unión, pero también de traer a la palestra periodística y ciudadana toda la crítica posible sobre funcionarios e instituciones para indagar en todos aquellos actos de corrupción y/o violatorios de las normatividades que hayan resultado en la pérdida patrimonial de cualquier persona y en todas y cada una de las muertes, que aunque hayan sido consecuencia inmediata del sismo, pudieran tener un origen en la tergiversación o interpretación laxa de la ley para la edificación de los inmuebles que se derrumbaron y de aquellos que fueron tan dañados que deberán ser demolidos. Debe ser el sismo del 19 de septiembre de 2017 tan trágico física y emocionalmente para que lo tengamos presente día a día de aquí a las elecciones de 2018, y en adelante, en cada acto de política que nos requiera como ciudadanos, sobre todo cuando los políticos de cualquier partido nos pidan el voto. Tengamos presente que la corrupción, el amiguismo y el clientelismo resultan en tragedias humanas, que no es sólo la fuerza de la naturaleza la que mata; si no ¿para qué sirve ser hombre?, ¿para qué nos sirve ser sociedad y valernos de la tecnología y el razonamiento?, si por unos pesos cualquier empresario y político pueden perder el sentido común y privilegiar la ganancia económica sobre la seguridad de la vida.

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            El sismo que batió la capital, Morelos, Puebla y el Estado de México debe recordarnos las otras tragedias, naturales y antropogénicas, que han asediado al país desde hace décadas y que ninguno de los últimos tres gobiernos federales han sabido resolver, hablando ya de la materialización de los daños en pérdida del patrimonio y generación de muertes; pues podríamos remontarnos más atrás a los orígenes económicos y políticos que han degenerado en la avasallante corrupción que invade todos los niveles y órganos de gobierno, así como a gran parte de la sociedad. Comportamiento tan acendrado en los mexicanos que se ha vuelto parte de la cotidianeidad, y lo soportamos e incluso participamos de este hasta que se nos viene un maremágnum como el del 19 de septiembre y reparamos en que muchas vidas tal vez se hubieran salvado si tal o cual funcionario no hubiera dado uno o dos permisos de construcción “chuecos”, o si en la delegación se hubiera respetado la normatividad de construcción y no se hubieran erigido edificios de más niveles que los permitidos, o si la compañía constructora hubiera empleado los materiales adecuados, o si el jefe de esa dependencia hubiera estado calificado para el cargo tan importante que se le asignó, tal vez si su formación académica tuviera que ver con la tarea que decía realizar, pero como era el amigo del presidente, del jefe de gobierno o del director de la institución pues le dieron la “chamba”. Y entonces nos quedamos con el “hubiera” como máxima expresión de resignación e impotencia y con frases como: ¡Se pudo haber evitado!”, que nos lacerarán como sociedad tal vez durante mucho tiempo, pero que se irán diluyendo en el mismo.

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            Este terrible sismo debe ser como evento un vehículo de la memoria para recordarnos y hacernos presentes las otras tragedias naturales: huracanes, inundaciones, deslaves y otros temblores; así como las antropogénicas: La Guardería ABC, Los 43 estudiantes asesinados en Ayotzinapa, las masacres de Aguas Blancas, Acteal, los hechos de sangre de Atenco y Nochixtlán, los cientos de miles de desaparecidos, la guerra contra el narcotráfico, los feminicidios, los secuestros y todas las desgracias sociales más que venimos arrastrando y a las que sobrevivimos acostumbrándonos a que la vida es así. La podredumbre humana asedia al país desde hace años y nuestra indiferencia ha resultado en destrucción y muertes, infinitas muertes que ya se nos acumulan por cientos de miles. El temblor del 19 de septiembre de 2017 debe ser recordatorio perene de la corrupción y la indolencia política que nos han llenado de agravios y que nos han hecho convivir con la injusticia en un país que se dice democrático y que sin embargo es el más claro ejemplo de un reino despótico, jerárquico, clasista, y corrupto.

Roberto E. Galindo Domínguez

Maestro en ciencias, arqueólogo, buzo profesional, literato, diseñador gráfico. Cursa la maestría en apreciación y creación literaria en Casa Lamm. Miembro del taller literario La Serpiente. Escribe para Contralínea.

 

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19S, la tragedia que perdura

Hormiga en la fila

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Roberto Galindo

El 19 de septiembre de 2017 tembló como nunca y como 32 años atrás. La tragedia es inmensa y no tiene comparación con la de 1985. La ciudad se colapsó, el tránsito se detuvo igual que los alientos. Derrumbes completos o parciales aquí y allá. Casi en tiempo real a través de internet vimos edificios hacerse añicos. Un gigante les pegaba con el índice a los castillos de fichas ante los alaridos, las lágrimas y el temor infinito de la gente en la calle. Personas arrastrándose por el suelo y a ras de alma, histeria colectiva, y su grito silenciado por la estrepitosa caída de oficinas, casas, escuelas, fábricas; lamento ahogado entre la bola de polvo que los envolvía. El polvo, perene de estos días, ya se anunciaba, se elevaba a través de la ciudad cuando estallaban edificios, cuando se erigían las llamas no conformes con la destrucción del multifamiliar, no satisfechas con los sepulcros de mujeres, niños y hombres, no saciadas con la fractura del orgullo inmobiliario de la Ciudad de México; ¡el lugar que hasta un día antes era el más seguro y cotizado para vivir en el país era otra vez zona de desastre! Se nos había olvidado y tan sólo pasaron 32 años.

            La estupefacción ante la furia de la tierra duró los minutos más largos de nuestra vida, y se hizo confusión, angustia y miedo. Dejó de moverse el suelo y sólo pensábamos en nuestra gente, nuestra familia, todos los que amamos. La ciudad se paralizó en un tránsito sempiterno, filas de autos en enormes estacionamientos en las principales avenidas. Rumores o noticias de asaltos a los automovilistas varados nos generaron imágenes apocalípticas más allá de los escombros, alejadas de la razón y de la humanidad. Esos individuos, lacras sociales, que no descansan ni a mitad de las tragedias. Pero la gente auxilió al desconocido, al histérico, al que lloraba, al que enmudeció, al que como estatua quedó en medio de la ciudad herida. Y como hormigas fuimos a los cerros de escombros y nos encaramamos y movimos una, dos, tres, innumerables piedras y muebles desvencijados y trabes partidas por la furia del temblor o por los marros de los voluntarios. Y cargamos cubetas de escombros y cubetas de escombros y cubetas… Antes que llegara la policía y el ejército la protección civil fue nuestra, fue de los chilangos.

            Sin llamadas las noticias y los reencuentros sortearon la distancia por Whats app y luego Facebook. Vino la noche, había llegado la “autoridad”, calles y barrios en oscuridad. Trasponiendo los listones amarrillos que simbólicos cancelaban el acceso los voluntarios seguían llegando a los colapsos. Y seguimos hormigas moviendo las migajas de los despojos materiales con la esperanza de encontrar vida; ¡y ya éramos la vida!, la solidaridad ante la tragedia. Y fuimos hormigas alimentando y dando de beber a otras hormigas, y seguimos removiendo la podredumbre inmobiliaria y la corrupción que ayudó al gigante ingobernable a matar mexicanos. Los puños en alto, silencio, los puños en alto, silencio, caen los puños y seguimos hormigas en infinitas filas en desorden coordinado por valor, conmiseración o morbo. Pero seguimos hormigas rojas trabajando, hasta que los diminutos verdes y azules nos dejaron, ellos insectos también se nos hermanaron, hormigas todos éramos. Sin embargo los bichos reyes les ordenaron alejarnos, y poco a poco los variopintos insectos de las filas nos fuimos perdiendo entre el verde y el azul, mientras arriba del monte de muerte los fosforescentes especialistas reinaron buscando vivos entre los escombros, también como nosotros los terrenales insectos, hasta que los dejaron. Y se fueron levantando los puños, otra ola expectativa, pero ahora no bajaron. Había alguien vivo enterrado entre el cascajo. Y las hormigas silenciosas paramos y esperamos.

            Brigadas nos movimos hasta otros colapsos, comisionados por Protección Civil después de muchos y largos minutos, hasta que el llamado de auxilio fue confirmado: ¡aún hay gente viva!, ¡necesitan ayuda en…! Y con palas, picos y guantes, diminutos desconocidos anduvimos la ciudad hasta otro monte de muerte. Mientras en nuestro colapso los soldadores especializados y los profesionales del rescate cortaban, taladraban, y la grúa levantaba; ellos liberaban la vida que con puños nos había silenciado. Llegamos y la misma Protección Civil que nos había enviado nos dijo que ya todo había terminado, que ya no había nada que hacer, que habían sacado al último de cuatro cadáveres. Todo era polvo, se esfumaron los vivos, sólo polvo. El sitio acordonado por el ejército y la policía. No nos dejaron hacer nada, ya no podíamos.

            Callados regresamos. La ciudad casi amanecía para confirmar con nueva luz que la zozobra seguía, que no había sido pesadilla. En la radio escuchamos que lo habían liberado con vida en nuestro colapso. Sollozamos y se nos hundió el estómago, y palpitamos cinco insectos, dos de Iztapalapa, dos de Ecatepec y yo, y aceleré, y cerca nos bloquearon el paso; ellos se bajaron y caminaron, yo busqué otra ruta, nos separamos. Llegué y fui hormiga en la fila hasta que me dejaron.

Roberto E. Galindo Domínguez

Maestro en ciencias, arqueólogo, buzo profesional, literato, diseñador gráfico. Cursa la maestría en apreciación y creación literaria en Casa Lamm. Miembro del taller literario La Serpiente. Escribe para Contralínea.

 

Hormiga en la fila

#Crónica: Los días después del sismo

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@cachobanzi

I

La alerta sísmica sonó segundos después del temblor. Masticaba un sándwich de roast beef cuando mi realidad cambió. De inmediato, la gente formó una larga fila para salir del café. Los meseros taparon sus uniformes negros con chalecos amarillos y daban órdenes. Intentaban calmarnos. Se suponía que estaría sólo un par de horas en la Ciudad de México, luego tomaría un camión que saldría hacia Puebla desde Insurgentes, a un lado del edificio de Conacyt. Mi destino era el V Seminario Iberoamericano de Periodismo de Ciencia, Tecnología e Innovación. Ahora estaba en medio del bulevar con un chingo de gente que seguramente experimentaba un flash back del 19 de septiembre de 1985. En sus ojos, en sus gestos, había una mezcla de miedo y asombro. El suelo nos sacudió el tiempo que quiso. Los edificios se retorcieron con el errático movimiento del piso y los cimientos tronaban. Ninguno cayó cerca de donde me encontraba y, por un momento, pensé estúpidamente que sólo se trataba de un temblor más de la Ciudad de México.

«Feliz aniversario», murmuré irónico.

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II

–¿Cómo estás? ¿ya contactaste a tu familia?– preguntó Guille, integrante del Departamento de Extensión y Divulgación Científica de Cibnor, quien también viajó para participar en el seminario. La pregunta iba dirigida a una de las meseras del café.

–Estoy bien. Aún no he podido contactarlos –contestó ella, con la tristeza atorada en su garganta y continuó atendiendo a la gente.

Había comenzado la segunda fase del desastre.

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III

Fué difícil dormir esa noche. No era por el ruido de los aviones o los helicópteros que sobrevolaban la ciudad. Tampoco por las sirenas que sonaron toda la madrugada. Era más bien la pinche incertidumbre que se metió en mi cabeza desde la tarde. Mi preocupación estaba justificada: trataba de dormir en un sexto piso, el lugar menos inteligente para quedarse. Las chicas de la agencia, encargadas de la logística para el traslado de los participantes del seminario, nos informaron que se había cancelado el evento y que sólo pudieron conseguirnos un cuarto para pasar la noche.

        Dejé entreabierta la ventana por si sonaba la alarma sísmica.

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IV

En la mañana del miércoles, un día después de la catástrofe, la agencia decidió llevarnos a otro hotel. Ya teníamos boleto de regreso. Sí, nos íbamos. A diferencia de la mayoría de los habitantes, nosotros podíamos tomar un vuelo y dejar atrás la experiencia. Regresaría a casa. Desde la habitación 620 del Hotel Fiesta Inn Viaducto me llamó la atención los grupos de ciudadanas y ciudadanos con cascos, chalecos naranjas, con picos y palas. Decidí bajar. En la esquina que da a dos bulevares principales, topé a unos jóvenes que caminaban decididos a ayudar. Uno de ellos dijo que en Xochimilco no había apoyo, por lo que decidieron parar a una patrulla y pidieron que los llevaran. El agente de la Policía de la Ciudad de México de inmediato accedió, pero solicitó a los entusiastas que no subieran muchos para no poner en peligro su vida y pararon a un pick up rojo. El conductor también accedió a llevarlos. Escenas como ésta se repetían en distintos puntos de la ciudad.

      El trabajo en equipo era un efecto de la catástrofe, que movilizó a miles de personas. Bastó caminar unas cuadras por el bulevar Insurgentes, a la altura de la calle San Luis Potosí, frente a la estación del metro bus Sonora, para darme cuenta de algo extraordinario: nos preocupábamos por el otro.

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V

Un ejército de civiles marchaba por las banquetas del bulevar Insurgentes Sur. También llegaban camiones retacados con mujeres y hombres. En el caos, el gentío actuaba como un gran cardumen con una sola señal: el puño arriba que, más allá de ordenar silenciar a todos, se alzaba como un estandarte de resistencia que los aferraba a sus anhelos por restaurar su vida. Las varillas retorcidas y el escombro los motivaban a caminar.

    Intentaban coordinar los trabajos, aunque era difícil por la aglomeración. Las órdenes las gritaban y transmitían de boca en boca desde un inmueble que los brigadistas creyeron que iba caer sobre la calle San Luís Potosí. Por la posibilidad de esa caída inminente, el bulevar estaba cerrado, pero algunos no entendían. El copiloto de una Suburban del año pidió, con la placa policial por delante, lo dejaran pasar. Charolear perdió sentido allí, y al hombre calvo no le quedó más que conformarse con el «no» de un joven de casco blanco, cubre bocas azul y camiseta gris.

     Más tarde observé que un soldado recriminó al mismo joven. No estuvo claro por qué el reclamo del cabo si el ciudadano trataba de coordinar a sus compañeros. Parecía exigir respeto por su uniforme. Le alzó la voz y preguntó encabronado: «Tú ¿quién eres?».

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VI

Una vez en casa, arropado por mis rituales cotidianos, por ella, estúpidamente creí que todo iba a estar bien, pero tras el sismo los días han sido duros. Pensaba que mi situación sería diferente a la de aquéllos que había visto en la calle, porque yo no vivo en la CDMX. Sin embargo, me di cuenta de que algo cambió en mí y los demás. El jueves 21 de septiembre de 2017 regresé a mi ansiada normalidad. Sentí latir la Ciudad de México y miré una herida desgarrándose: era una cicatriz histórica, abierta, que accionó redes sociales para brindar esperanza. La gente tomó en sus manos su presente e imaginó el futuro.

    Lo que viví, lo que experimentamos, es una sensación de indefensión parecida a la que provocó el huracán Odile, con la única diferencia de que el temblor llegó potente y sin avisar. Ese 19 de septiembre nos recordó que quien construye las reglas de nuestra “realidad” no somos nosotros sino que está determinada todavía por la naturaleza.

   Días después del sismo una amiga me envió varios mensajes de voz por WhatsApp. Yo le había enviado unos mensajes antes, el día del terremoto, preocupado. Esperaba una respuesta inmediata pero esa respuesta llegó hasta que estuve de vuelta en La Paz. Los escuché con atención. Me conmovió oír el suplicio que significó no encontrar a su familia en un principio.

      Imaginé el abrazo de saberse juntos, y ya no pude aguantar más.

 

 

#Crónica: Los días después del sismo

LOS DÍAS CON JAVIER

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Karla Sotelo

*Entrevista colectiva realizada en el extinto programa La Palabra en el Aire.

A Javier lo conocí hace un par de años en un encuentro literario realizado en la Cdad. de La Paz, B.C.S en una emotiva plática con estudiantes de la Lic. en Comunicación de la UABCS. Ese día traía bajo el brazo su última publicación Con una granada en la boca. Desde el inicio empatizó con la mayoría de los jóvenes. Durante la plática nos sacó carcajadas y nos compartió varias de las historias documentadas en su libro. Sentíamos que era sincero, que realmente se le iba la vida cada vez que compartía esos relatos o en  cada frase publicada. Era un contador de historias de gente que tenía que ver con nosotros, y que a través de la crónica, visibilizaba rostros,  miedos o esperanzas. Nos adentramos en esas experiencias de dolor y de pérdida en medio de la violencia. Después de la charla regaló un libro, regaló abrazos y buenos deseos. Su mirada albergaba la ilusión y posibilidad de que no estaba solo. Después de ese día mis estudiantes y yo no lo quisimos dejar, era imposible. Sabíamos que estábamos frente a uno de los pocos periodistas que estaba haciendo el periodismo que necesitábamos en ese momento. Habían comenzado las balaceras y los desaparecidos en nuestra ciudad. Informar y comunicar así era un ejercicio a través de la palabra para cauterizar heridas. No perdimos la oportunidad de asesorarnos siempre con él para saber que la antorcha seguía encendida.

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El 9 de mayo del 2016 desde radio universitaria estudiantes, periodista y académica le hicimos un par de preguntas vía telefónica. El tema era relacionado a la libertad de expresión. Como siempre disfrutamos escucharlo.

El tiempo con él siempre se nos pasaba  rápido, las dudas  y recomendaciones  saltaban de una cabeza a otra. Al final terminábamos en risa o un ¡Salud! por la compañía.

Hace unos días, el asesinato de Javier Valdez Cárdenas cumplió 4 meses y deseo hacer eco con sus palabras, que ahora son parte de nosotros. Tuvimos hace un tiempo la oportunidad de hacerle una pequeña entrevista colectiva que seguimos recordando y en la cual nos compartió lo siguiente:

¿QUÉ NOS PUEDES COMPARTIR SOBRE LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN, EN MÉXICO… EN GENERAL?

Yo tengo la máxima que si no hay condiciones para una vida digna en México no hay condiciones para la libertad de expresión ni tampoco para hacer periodismo.

Creo que en el país la libertad de expresión, que no sólo es un coto o decreto de los periodistas si no de la ciudadanía en general, está contaminada, cercenada, impedida en su ejercicio básico más amplio y profundo por el crimen organizado. Específicamente el narcotráfico, por supuesto los gobiernos corruptos, coludidos con los criminales; y por supuesto sus negocios de carácter empresarial. Entonces hace mucho que en México no se hace periodismo que se necesita. Hay un periodismo posible en condiciones imposibles. Creo que lamentablemente en estos aspectos hemos retrocedidos muchísimo sin que tengamos necesariamente una dictadura. Nosotros vivimos en condiciones de mordaza, de periodistas asesinados, amenazados, golpeados o desaparecidos.  Eso se me hace sumamente grave, como en la ley de la selva sin que tengamos nosotros una condición de dictadura.

¿QUÉ CONDICIONES SON ÓPTIMAS PARA HACER BUEN PERIODISMO?

Que los recursos públicos no estén condicionados para publicar tal o cual cosa. Que el medio no tenga miedo de escribir sobre la vida que nos está heredando el narcotráfico. La vida de encierro, de miedo, terror. Ya no digamos una revelación sobre los negocios sino esta vida cotidiana, de músculos apretados que nos genera el narco. Sin temor a que me peguen tablazos en las planta de los pies, la espalda, las nalgas. Es lo menos que le pasa a un periodista de Veracruz, de Tamaulipas, Monterrey, Oaxaca, Guerrero por hablar del narco. Estamos hablando de regiones que llama el narco para decirte  que no publiques tal información y el cartel contrario lo hace después  para decirte que la publiques. Por eso los reporteros dejan de hacer las coberturas y se retiran del oficio.

¿QUÉ TAN DIFÍCIL ES NO INVOLUCRARSE EN LO QUE HACES? ¿CÓMO SEPARAS LA PARTE HUMANA Y LA DEL TRABAJO PERIODÍSTICO?

Cuesta trabajo no involucrase. Creo que no lo puedo hacer. Es decir, son historias que me atañen, que me afectan. Me afectan muchísimo. No puedo guardar distancia. Creo que sería saludable si  hiciera un periodismo inofensivo, dietético, descafeinado, inocuo; entonces ya no me involucraría y no me importa de lo que escribo ni lo que la gente sufre… es decir, me importa la gente. Yo creo que no puedo. Describir  lo humano, el dolor, la tristeza; y también por supuesto la esperanza, la alegría ante un acto de justicia o de conquista. Eso me permite contar las historias. Claro que me enfermo. Padezco insomnio, seguido de días de mucha preocupación, se refleja en mi cuerpo con asuntos de salud. No creo en esa distancian, en no involucrarte. Creo en el compromiso y en el ser humano que habita en mí. Por eso hago este periodismo. Me sería muy aburrido informar cómo mueve la pelvis el gobernador cuando baila o la fama que tiene. Me conmueve una madre de familia que tiene a su yerno, a un sobrino y a un cuñado desaparecido. Entonces que tiene a 8, es un caso real, 8 nietos a su cargo porque sus papás están desaparecidos. El reportero debe dejarse de esa moralina casi religiosa de la objetividad para involucrarse más en lo que a la gente le está preocupando y contar estas historias. Hay muchas historias valiosísimas de dignidad, de lucha que de manera cotidiana nosotros debemos rescatar de las calles o de las casas.

¿HA SIDO DIFÍCIL MANTENER EN UN MEDIO COMO RÍODOCE EN SINALOA… EN MÉXICO?

¡Sí!. Es un proyecto de locos de atar y estamos desatados. Es un periódico que no le debe dinero a nadie. Tiene 13 años circulando. Una parte de los ingresos, casi el 70% vienen de la venta del periódico. Tenemos 5 reporteros en Culiacán y 1 ó 2 más en Mochis, Mazatlán. Hay compañeros que mandan información desde CDMX. A todos les pagamos, no mucho por supuesto. Es un periódico crítico como una vez escribió Alejandra Almazán: Hacemos periodismo en la boca del lobo, porque estamos en la cuna del cartel de Sinaloa, la cuna del narcotráfico en México, de donde son los principales capos, de donde naciera alguna de las principales organizaciones.

Tenemos una clase política tan inculta, sin cultura de medios, sin cultura democrática hija del narco, peligrosísima porque además tiene poder y pueden ellos ordenar; pedir a alguien más, entiéndase al narco, que nos hagan daño y ellos aparecer con las manos limpias.  Pues sí, es muy complicado, es demencial. Pero yo creo que sería muy triste y una forma de morir si nosotros siendo periodistas no publicamos. Lo que publicamos obviamente nos guardamos muchas cosas, porque no sería bueno platicarlas con ustedes. Es un trabajo muy digno y muy difícil en un país en el que los ciudadanos no leen. ¡Es increíble!, nosotros publicamos información política muy fuerte, importantísima, y como no trae la portada información del narco, pues baja la circulación. A la gente hay cosas que no le preocupan. Tal vez sea la falta de ciudadanía  que existe en el país.

¿CÓMO COLOCAS CONCEPTOS COMO CIUDADANÍA Y DEMOCRACIA EN ESPACIOS COMO LOS QUE TIENE RÍODOCE?

Son de suma importancia. Por ejemplo: los medios, y eso que no se dice, construimos ciudadanía todos los días con lo que publicamos. Pero eso no lo ven los empresarios que apoyan el cambio democrático, porque apoyan a los candidatos para que éstos lleguen al poder. Apoyan a los partidos para que le den negocios. No hay una preocupación democrática honesta de parte de ellos. Nosotros no tenemos publicidad, hace falta que el periodismo crítico, valiente, que lo hay en México, lo acompañe la ciudadanía. No hay ciudadanía, no hay quien rebote, quien replique, quien le dé guarida, quien anide los textos y las historias que publicamos. Entonces se queda en el vacío, en el lote baldío, no trasciende y eso es peligroso. Los poderosos  saben entonces que si lo que hacemos no trasciende podemos seguir publicando lo que nos dé nuestra gana y puede pasarnos muchas cosas a nosotros y no pasar nada tampoco. Entonces parece sumamente peligroso. La ciudadanía, la democracia se construye en los medios, pasa por los medios. Es una trinchera cotidiana, permanente, pero no se le ha dado ese valor lamentablemente. Se cree que la democracia son elecciones, que la ciudadanía existe porque vota. Eso es un error, una visión muy pobre, muy pragmática  ciudadanía y democracia en México.

 

 

JAVIER VALDEZ CÁRDENAS Nació en Culiacán en 1967. Corresponsal del periódico La Jornada, reportero fundador del semanario Ríodoce. Algunas de sus crónicas han sido publicadas en Proceso, Gatopardo, Emeequis y Horizontal. Autor de los libros De azotea y olvidos, Malayerba- y en Editorial Aguilar publicó Miss Narco (finalista del premio Rodolfo Walsh, en la Semana Negra de Gijón, España, en 2010), Los morros del  narco, Levantones, Con una granada en la boca, Huérfanos del narco, en el que rescata historias de hijos desaparecidos y asesinados. Narco periodismo (2016)

En octubre de 2011, el Comité para la Protección de Periodistas (CPJ) le otorgó en Nueva York el Premio Internacional a la Libertad de Prensa 2011: “Por su valiente cobertura del narco y ponerle nombre y rostro a las víctimas”. Ese año, con el equipo Ríodoce, recibió el Premio “María Moors Cabot”, concedido por la prestigiosa Escuela de Periodismo de la Universidad de Columbia, Nueva York. En 2013, como parte de Ríodoce recibió el premio PEN Club a la Excelencia Editorial. En 2014 la revista Quién lo ubicó como uno de los 50 personajes que mueven a México y ese año fue jurado del Premio Nacional de Periodismo. En 2016 uno de sus textos se incluyó en el libro La orilla negra, de Ediciones del Serbal, en España.

Entrañable amigo, generoso, amoroso  y padre de tres hijos.

 

LOS DÍAS CON JAVIER

#LosCabos: Después de la tormenta, vienen los bisnes

Cochi

@cachobanzi

San José del Cabo y, en particular Cabo San Lucas, las construyeron en el lugar perfecto. La punta de la península tiene las condiciones ideales para el desastre natural perfecto para una urbe en el que los capitales viajan de lugares desconocidos. Las cruzan varios arroyos y ambas ciudades las destruye el vendaval, pero las rehace el capital a su antojo gracias al tránsito libre de dinero. Sin duda, el agua de la lluvia ayuda a lavar mucho más que las banquetas.

Las tormentas o huracanes no son un riesgo financiero para aquellos que urgen de deshacerse de volúmenes gigantescos de efectivo. Aquel inversor agresivo que pone su dinero en un fondo de inversión de alto riesgo, es decir, el interesado está dispuesto a ganar sin importar nada para obtener una alta rentabilidad en el menor tiempo posible. No sucede así para quienes pagaron una elevada prima de un seguro ante desastres naturales, porque sus inversiones son a mediano o largo plazo. Algunas empresas hoteleras o inmobiliarias a veces no ganan, pero sí las aseguradoras. Ya pasó una vez con el huracán Odile que hizo pedazos los edificios de endeble tablaroca.

No olvidemos a los grandes bancos mundiales que están listos a incentivar a los gobiernos latinoamericanos para crear un Fondo de Seguros para Desastres Naturales, con préstamos a 25 años con una tasa de interés que fija el British Bankers´ Association (BBA), con la finalidad de “reducir su vulnerabilidad fiscal frente a las catástrofes” (BID, 2011). Tampoco el codiciado Fondo Nacional contra Desastres (Fonden) que otorgan cuando se decreta zona de desastre.

En fin, podría seguir enlistando las formas de sacarle jugo a un desastre natural, pero es preciso señalar las serias irregularidades en el desarrollo urbano de las ciudades de Los Cabos que terminan con la vida de quienes las viven los 360 días año. En el caso de Homex construyó fraccionamientos que se vinieron abajo a causa de un arroyo en Chula Vista y Puerto Nuevo, son un claro ejemplo de cómo el sector turístico–inmobiliario están ligados. Al concretarse la venta, la desarrolladora se deslinda de lo que pueda sucederle a las personas que con sacrificio pagaron un crédito. Se levantan cada mañana para viajar a la ciudad en la que por unos cuantos pesos van a servir a los miles de turistas que llegan.

Las ciudades de Los Cabos reproducen la desigualdad pese a los millones de dólares que mueven. El negocio por encima de la vida. Al territorio lo trastocan hombres de cuello blanco muchas veces representados por mexicanos que intentan imponer una nueva territorialización mercantil que genera la expulsión de familias que no pueden rentar o comprar una casa cerca de sus lugares de empleo. Tienen que conformarse con sobrevivir en una zona de alto riesgo. El mismo presidente Enrique Peña Nieto explicó la razón: la alta plusvalía del destino turístico.

 “Lidia” dejó tras de sí la cadena de corruptelas que hay detrás de la construcción de una casa, la venta de un terreno o la edificación de hoteles en áreas de peligro. Reveló la frialdad con las que ciertos personajes ganan carretonadas de billetes. Desde lo local hasta las más altas esferas. Funcionarios públicos que son beneficiados por el poder económico, se convierten en empleados de grandes corporativos y olvidan su principal tarea que es la del estado: mejorar las condiciones de los habitantes. En cambio magnifican la vulnerabilidad de la ciudad ante desastres naturales en espera de un nuevo bisnes en la reconstrucción de un puente o el desarrollo de un nuevo bordo para desviar el arroyo y vender más terrenos.

#LosCabos: Después de la tormenta, vienen los bisnes

#Gonzolador: Si sabe cómo hacerlo: ¿no puede o no quiere?

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Rafael Murúa Manríquez

Su concuño fue capturado en Estados Unidos de Norteamérica con más de 6 toneladas de mota en su propiedad. Trabajó en la PGR y se especializó en materia de Operaciones con Recursos de Procedencia Ilícita en su paso por la Secretaría de Hacienda, además, lo escuchamos aceptar una donación de 6 kilos mensuales para financiar su campaña durante 5 meses. ¿Qué hicimos con este político? Lo elegimos como Gobernador de Baja California Sur.

Durante su campaña dijo que iba acabar rapidito con la violencia y la inseguridad en BCS, que sabía cómo y que no le temblaría la mano para hacerlo. Si sabe cómo hacerlo o no quiere o no puede. Los sudcalifornianos tenemos 2 años esperando que Carlos Mendoza Davis cumpla sus promesas al respecto.

La violencia no sólo continúa sino que aumenta como en ningún otro estado del país, 2016 fue el año con más asesinatos en la historia de nuestra entidad con 233 y, a este 2017,  todavía le faltan 4 meses para que rebasemos los 250 homicidios; seguramente mientras escribo estas líneas otra vida está siendo arrebatada violentamente en el territorio gobernado por aquel al que no le iba a temblar, porque desgraciadamente los que prometen sangre corriendo en las calles sí cumplen rapidito.

El 44.77% de los ciudadanos que votaron para elegir Gobernador de BCS, el 7 de junio del 2015, lo hicieron por el panista Carlos Mendoza Davis. De los 15 distritos locales que entonces existían, el PAN ganó 14. ¿Qué le hace falta al Gobernador? Tiene todo el poder para llevar ante la justicia a los responsables de la violencia e inseguridad en BCS, por lo menos, tiene el Ejecutivo y el Legislativo, y como poder es poder, da la impresión de que no quiere.

No era tan diferente la administración del panista Marcos Covarrubias, en cuyo gobierno inició esta escalada de la violencia sin precedentes en nuestra media península. Ahí empezamos a perder la paz que nos caracterizaba, pero parece que una tregua de un par de meses entre los criminales dentro y fuera del gobierno bastaron para que los sudcalifornianos olvidaran que con el PAN inició la debacle del estado de derecho en BCS. Aumentaron 454% los homicidios desde que el albiazul gobierna la entidad hasta el 2016. Asusta pensar en la cifra con la que terminaremos este año.

Pero como dijo la Reina del Pacífico (la que existe y no es un personaje de ficción como la Reina del Sur): En México “el narcotráfico y la corrupción forman parte de un mismo problema. Se alimentan”. Declaró a Julio Scherer una vez Sandra Ávila que si voltea a un lado ve al narco, si voltea hacia el otro observa a las autoridades y si mira al frente los ve juntos.

A los políticos les corresponde proporcionarnos seguridad, por eso lo prometen a la ligera en campaña y una vez que son autoridad se les olvida. Difícilmente la ciudadanía podremos erradicar este fenómeno que tanto nos duele, pero sí podemos cambiar de gobierno, lo hemos demostrado un par de veces, sería bueno que esta vez busquemos soluciones para nosotros y no para un par de chapulines que brincaron emberrinchados de un partido a otro con tal de llegar a poder enriquecerse más, aunque les de mucha weba su actual partido. Si de algo ciertamente somos responsables los sudcalifornianos es del gobierno que tenemos.

 

 (A la memoria de Jorge Luis)

Rafael Murúa Manríquez director de Radiokashana

 

#Gonzolador: Si sabe cómo hacerlo: ¿no puede o no quiere?

#NarrativaBCS: Full Screen Drama

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Gabriela Jiménez

Estaba sentado viendo mi instagram y las vacaciones perfectas de mis amigos en lugares fríos mientras un calor de 38 grados me derretía, decidí regresar a la sala de emergencias del hospital, pues el aire acondicionado estaba helado y pensé mudarme a vivir ahí en verano para no tener que llegar a pagar 2500 pesos de luz al mes por noches frescas y soportables. Pensé que accidentarme texteando en whatsapp podría no ser tan mala idea si sobreviviera y pasara un mes quieto en una cama limpia con una enfermera hablándome bonito. Mis amigos me llevarían galletas recién horneadas y chocolates de contrabando que me darían en la boca, pues estaría todo inmovilizado.

Llamaría a mi odiado trabajo y me escudaría con un bello pretexto:

-Disculpe licenciado, apenas puedo hablar, me accidenté y no puedo ir a trabajar… (Ni a besarle el trasero y tolerar sus chistes estúpidos, pensé).

Por 6000 pesos al mes tendría que aguantar unos meses más en esa oficina. Pagaba mi renta, mi plan de internet, mi nuevo Samsung y algo de despensa que mi mujer completaba más la ayuda que nos daba su hermano rico que amasó fortuna millenial con una nueva app que encontraba los perros y gatos desaparecidos de la ciudad (y algunas veces hasta cuyos y loros, con ayuda de la gente, claro).

Envidiaba su vida, sus viajes, su iwatch. En fin, yo soy sólo un godín. En cuanto salga de esta mala racha lanzaré mi propia empresa de mkt en redes sociales y así podré mudarme a vivir al centro y andar entre los hipsters de la ciudad, hasta podré conocer nuevas chicas en tinder y darle un poco de movimiento a mi pasiva vida sexual.

Me encontraba esperando que atendieran a mi chava pues se rebanó un dedo con el cuchillo mientras preparaba ensalada y veía Netflix al mismo tiempo, cuando escuché los alaridos y bramidos de una mujer como de gata en celo.  Entró corriendo en traje de baño, estilando agua y con olor a cloro, su cara era como la de un monstruo deformado por la desgracia humana.

Llevaba en los brazos el cuerpo lánguido de un niño como de 6 años.

Todos los que estábamos en la sala de espera estábamos horrorizados y aturdidos escuchando los gritos, varias personas tuvieron que taparse los oídos.

No había nada que pudiera calmar a esa pobre alma atormentada.

Su hijo había muerto ahogado.

— Solo estaba revisando mi Facebook – sollozaba.

Vendo mercancía traída de Tijuana en grupos de compra y venta – gemía y se tallaba la cara.

¡Sólo estaba trabajando! ¡Me distraje sólo unos segundos!

Lloraba y gritaba tanto que a la recepcionista se le transformó el rostro, de color y de textura, estaba como muerta, parecía una animación tétrica de Estudios Ghibli.

Una mujer se sentó junto a mi mientras sorbía de un vaso de café del Oxxo en unicel (que contamina 500 años, que tipa tan inconsciente, no sabe ni elegir donde bebe). Masticaba unas galletas endulzadas con estevia. Era una señora como de 60 años, se veía chupada como por el chuky, (estoy casi seguro que estaba drogada, ni se inmutaba con los llantos de la pobre mujer, y se veía tranquila, extasiada, en otro mundo.)

—¡Trabajando! Claro. Se ha de haber estado tomando una selfie la doña, se ve que es re-vanidosa. Mira todo el oro que trae colgado, pinche buchona. Dijo la señora chukera.

Me sorprendió que la señora usara el término selfie, pero no podía creer tanto cinismo y poco corazón, así que salí corriendo de ese infierno, quería vomitar.

Cuando iba cruzando la puerta venía el doctor llegando con olor a cigarro, (es increíble que los médicos sigan fumando, con toda información que hay, en YouTube, en todos lados). Yo no fumo tabaco, fumo mota. Cuando me invitan nomás y sólo un toque.

Reaccioné y volví a la escena, el niño ya no estaba en brazos de su mamá, estaba en el piso, al parecer porque no había camillas donde ponerlo.

El doctor tenía una cara compasiva y llena de paz, le dijo a la señora que se calmara, que su hijo ya había fallecido.

— ¡Hágale algo doctor! Chilló la mujer

— ¿Pero cómo le voy a hacer algo señora? Su hijo ya ha muerto ya no hay nada que hacerle.

La señora se tiró al piso junto con el cadáver del niño y se arrastró enloquecidamente sobre su cuerpo:

— ¡Mi bebé! ¡Mi niño!  ¡Te moriste en tu fiesta de cumpleaños ¡ Soy una basura !

Soy un asco de madre

¡Todo por este maldito aparato!  ¡Te odio! ¡Maldito!

Aventó su iphone 6 a la pared y quedó roto en varios pedazos. La mujer lanzó un alarido desgarrador, como si estuviera poseída por el mismísimo demonio.

Lentamente fueron llegando los invitados de la fiesta todos mojados y en trajes de baño. Quizás alguien se puso de acuerdo por chat de ir a verla… Quién sabe.

El doctor entró y salió con una enfermera armada con una jeringa cargada, tomaron a la señora entre varios y ella forcejeaba, lentamente el calmante la fue venciendo…

Ya no pude ver más y me salí del hospital.

Le mandé un Messenger a mi mujer que le seguían cosiendo el dedo, le pedí que no saliera por la sala de urgencias que había una escena muy fea, le mandé una pic, no lo pude evitar, y un emoticon de carita llorando, el de las lágrimas largas.

Cuando llegamos a casa no pude evitar postear con un fondo de color negro y letra blanca:

“Descanse en paz un alma inocente”: #ShitHappens

Inmediatamente todos mi contactos empezaron a arrobarme y poner frases como: ¿Qué pasa? ¿Estás bien? Recibí varios inbox de mis amigos, los dejé en “visto” y no los contesté, no sabía que decir, estaba triste y me quedé dormido.

Me desperté a las 3 a.m. pensando en el accidente y me llegó notificación de Linked In, ¡Uff, si tan solo me contratara una ONG !, para ser aunque fuera empleado de limpieza, pagan bien, es relajado y puedes ir hasta en pijama si quieres, además salvas especies en peligro de extinción) pero no, era una oferta de empleado general en un supermercadito. Me traumé.

¿Por qué no acabé la carrera? ¡Fuck! Porque me enamoré de una chica que conocí a través de Snapchat, nos citamos en una cervecería y nos entró la loquera de vivir juntos. Si, loquera. Pero más la de venirnos a vivir hasta Santa Fe para usar su crédito Infonavit, pero por pagarlo no podíamos ni poner aire. Puto calor, puta distancia.

Entre sudores, pesadillas, recuerdos feos de hospital y fantasías profesionales me volví a quedar dormido.

Amanecí morboso a las 7 a.m. scrolleando y buscando la noticia en mis páginas de Facebook, nada apareció, la ciudad ya es grande, las desgracias se diluyen, quedan en el olvido, le di un sorbo a mi café y suspiré, pobre señora, pobre niño, pobres ellos, pobre yo, pobres todos. Mascullé.

Puse a tostar dos panes wonder integral, no me alcanzaba para pagar hogazas artesanales.

Me deprimí por 5 segundos.

¡Cling! Un meme porno entre un hombre humano y una mujer alien que me llegó vía messenger  por mi mejor amigo hizo se me dibujara una sonrisa y me dispuse a seguir con mi vida, no sin antes googlear: “Frases sobre la muerte” y tuve que escoger entre dos opciones

Frase 1

“La muerte no nos roba los seres amados. Al contrario, nos los guarda y nos los inmortaliza en el recuerdo. La vida sí que nos los roba muchas veces y definitivamente.”

Quién sabe quién la dijo. ¿Qué importa ahora?, pensé, luego investigo.

Frase 2

“Qué injusta, qué maldita, qué cabrona la muerte que no nos mata a nosotros sino a los que amamos.”

Carlos Fuentes (1929-2012) Periodista y escritor mexicano.

—Órale, Carlos Fuentes tiene CIN-CO años de muerto. Dije en voz alta e impostada aclarando garganta para empezar el día.

La primera frase  me hizo pensar en todas las veces que me morí en redes sociales, desapareciendo, procrastinando y dispersándome para mis seres realmente amados, me pareció más adecuada, aunque la segunda me puso la carne de gallina.

Postearé la primera y la segunda la guardaré para otra ocasión. –Ya se ofrecerá – Me dije.

Cerré los ojos, respiré y agradecí tener a mis seres queridos vivos. Era un agradecimiento real y honesto.

Texteé la frase de Carlos Fuentes con su respectivo hashtag antes de subir a bañarme y salir corriendo a la chamba:

  #NuevoComienzo

     Me Siento Renovado

             >Estoy bebiendo Café      

(Este cuento fue realizado en el Taller de Narrativa dirigido por Raúl Cota Álvarez que se lleva a cabo todos los miércoles de 8.30 pm a 10 pm en el Centro Cultural El Huevo. Más informes: 612 20 11409)

 

BIO:

Gabriela Jiménez Acosta: Sudcaliforniana, diseñadora enfocada en lo gráfico, artista, creativa y promotora cultural. Es consultora en branding integral para negocios, proyectos y personas. Realiza intervenciones de arteterapia con grupos, así como campañas de sensibilización y promoción de temas y eventos diversos para generar conciencia. Dirige actualmente el Centro Cultural El Huevo, espacio independiente en La Paz, Baja California Sur. Empieza sus primeros pininos escribiendo como parte del Taller de iniciación a la narrativa de Grupo Cultural Cascabel. Tiene dos hijos, uno con síndrome de asperger. Su comida favorita es el mole.

 

 

#NarrativaBCS: Full Screen Drama