¿Debe preocuparnos la minera que opera cerca de Sierra La Laguna?

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(Publicada el 15 de agosto de 2014 en BCS Noticias)

@cachobanzi

La Paz, BCS.  La Dirección General de la Reserva de la Biosfera Sierra La Laguna de la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (Conanp), rechazó que la minera Los Cardones haya iniciado operaciones.

Fotografías entregadas a BCS Noticias, mostraban caminos, instalaciones, áreas desmontadas, así como dos presas de jales (en donde las mineras contienen sus desechos). Sin embargo, Jesús Quiñones Gómez, representante de la zona natural, rechazó que se trate del proyecto que Desarrollos Zapal SA de CV impulsó.

A 4.2 kilómetros al norte de los predios de Los Cardones, correspondientes a la subzona de aprovechamiento especial de la Reserva Sierra La Laguna, afuera de la franja de protección administrada por la Dirección Regional Península de Baja California y Pacífico de la Conanp, se encuentra la planta de Beneficio La Testera. Exactamente se ubica en las faldas de la sierra de La Victoria que constituye parte de la Sierra de La Laguna.

“Dentro del polígono de nuestra área sigue igual de conservada. Dentro del polígono no hay ningún tipo de obra, mucho menos en la zona de aprovechamiento”, precisó el funcionario federal.  Guarda parques cada semana recorren por lo menos dos veces.

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Opera mina La testera desde 2010

La Testera se localiza en el predio denominado Demasías de las Flores  a 11 kilómetros al Sur-Sur Oeste del poblado de San Antonio.

Desde 2008, la empresa ingresó la manifestación de impacto ambiental (número 03/MP-0064/10/08)para la operación y mantenimiento de la planta de Beneficio La Testera. Tiene una dimensión de 76 hectáreas.

“Se permitirá el procesamiento de mineral de los Terreros, mineral de mina que se encuentra actualmente en superficie, que se extrajo hace más de 180 años, el cual se explotó anteriormente en el Distrito Minero El Triunfo – San Antonio y se pretende ahora continuar con dicha actividad, pero mediante procesos y operaciones con responsabilidad ambiental”, expresa la Compañía Mexxim S.A. de C.V.

En el distrito de San Antonio y El Triunfo existen alrededor o más de 550,000 de toneladas ya expuesta en superficie con altos contenidos de metales pesados.

Por sus características, no utiliza explosivos, pero mediante acarreo lleva el material hasta la planta de lixiviación en donde es procesado con químico como el cianuro para extraer los metales deseados.

La justificación de La Testera es recuperar metales pesados como sulfuro de plomo y zinc que arrojó la antigua minería, así como cuarzos, feldespatos de los sulfuros ricos en arsénico y sulfuros de cobre. Por 20 años realizarán el proceso de lixiviación; en 2008, la presa de jales contenía 27 mil toneladas de residuos tóxicos. Se desconoce cuánto contiene hasta ahora.

El lugar era explotado por Tepmin S.A. de C.V. desde los años noventa, según lo hacen constar los oficios número SEDESOL 03.02.654/93 de fecha 10 de diciembre de 1993, y SEDESOL 03.02.629/94 de fecha 16 de agosto de 1994, le fue autorizada a la empresa y adquiridos en la década del do mil por Compañía Mexxim S.A. de C.V.

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Autorización de Semarnat

Si bien el trámite inició en 2008, en realidad la resolución de la Dirección de Impacto y Riesgo Ambiental de la Semarnat, fue entregada hasta 12 julio de 2010.  La autorización fue autorizada con una serie de condicionantes.

La delegación federal condiciona al promovente dado que el proyecto en la etapa de operación involucra el manejo de sustancias tóxicas (Cianuro de Sodio) que rebasan las cantidades de reporte establecidas  en el Segundo Listado de Actividades Altamente Peligrosas, presentar ante esta dependencia, un Estudio de Riesgo Ambiental para plantas en Operaciones Modalidad A”, precisó uno de los compromisos expresados en el documento con número de bitácora03/MP-0064/10/08.

Operación ilegal de La Testera

En mayo de 2012, la delegación de Baja California Sur de la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente (Profepa) confirmó que un tajo a cielo abierto, de forma irregular, en la zona sureña de Valle Perdido ligada a la operación de Compañía Mexxim S.A. de C.V.

La Testera cuenta con permisos para reutilizar los desechos de la actividad minera del siglo pasado, sin embargo, utilizó las instalaciones de la minera para desarrollar actividades extractivas en la zona, contaminando el lugar con cianuro lo que originó una oleada de críticas hacia las autoridades federales.

Un hoyo de 100 metros cuadrados de ancho y con 30 metros de profundidad fue localizado en las inmediaciones de la franja correspondiente al proyecto.

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¿Debe preocuparnos la minera que opera cerca de Sierra La Laguna?

La Península de BC es un chingado desmadre ambiental

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@cachobanzi

En la Península de Baja California en los último meses se han propagado conflictos entre algún tipo de extractivismo.

Compañías cerveceras que intentan extraer millones de litros de agua en Mexicali; pescadores de San Felipe luchando por su zonas de trabajo; mineras en La Paz manipulando cortes federales para operar en la Reserva de la Biosfera La Laguna o en el Golfo de Ulloa; megaproyecto que destruyen playas y ecosistemas marino como ‘Tres Santos’ o ‘Costa Palmas’, son algunos de los ejemplos más conocidos últimamente.

Baja California y Baja California Sur son ahora áreas de sacrificio para sostener un sistema económico en crisis, que se alimenta de la crisis, y que mantiene una red de múltiples regímenes de poder y acumulación.

El derecho a tener agua, espacios públicos accesibles y al paisaje natural son algunos de los bienes comunes que compartimos y por los que lucha la gente.

Por eso no es de extrañar que el despojo sea la principal herramienta con la que operan grandes consorcios, solapados por gobierno que terminan siendo publirrelacionistas.

Es preocupante como nuestro destartalado Estado nación permite la dominación del capital sin mostrar interés en los sujetos que resisten en la Península de BC.

La emancipación ciudadana será el siguiente paso si estas fuerzas sociales logran acuerparse. Es hora de iniciar con una conciencia territorial-regional como seres dominados por una modernidad que genera más ceros en las cuentas de unos cuantos.

En BC y BCS están los otros, los inferiores de la maquinaria de hacer dinero, pero debemos ser nosotros quienes iniciemos el trabajo de fundar una red ciudadana de resistencias en la Península de BC.

Lo que queda es reconocernos, organizarnos y participar.

 

La Península de BC es un chingado desmadre ambiental

La violencia feminicida no es sólo asunto de mujeres

Maniquies

Marisabel Macias

Parece que existen seres aferrados a desaparecer nuestra Paz, entes sin el menor sentido ético (¿humano?), incluso sin la menor seña de arraigo o amor hacia nuestro estado; gente que ha estado dispuesta a vender, además de las playas y la tierra, la seguridad de la comunidad sudcaliforniana, a entregar la vida de muchos seres humanos a cambio de no sé qué “bien o recompensa”. Además, muchos otros han aprovechado el clima de violencia y la falta de justicia para actuar criminalmente a sus anchas. Debemos aceptarlo: vivimos en una guerra, sí… igual que el resto del país y las mujeres para no variar, somos parte del botín de esta.

En 2017 mataron a 70 mujeres en Baja California Sur. En nuestro país la cifra subió de 7 a 8 mujeres asesinadas cada día. Los primeros seis meses del año pasado aparecieron 914 mujeres asesinadas tan sólo en 17 estados de la República y en otros 5 desaparecieron al menos 3,174.

Según la Organización de las Naciones Unidas, 1 de cada 3 mujeres en el mundo sufre violencia física o sexual, por mencionar sólo dos tipos. La violencia de género es la principal causa de muerte en mujeres de entre 15 y 44 años en todo el mundo. Sí, la misoginia y el machismo matan más que el cáncer, la malaria, el VIH y las guerras…son una pandemia. Por eso hablar de violencia de género, de violencia feminicida, es un tema que apremia. Deberíamos estar indignadas y organizándonos; mínimamente alzando la voz a través de todos los medios y espacios. Proponiendo formas de cambio. Urge la sensibilización y la acción social: no es un asunto que nos atañe sólo a las mujeres.

¿A poco ya se nos olvidó? El mes pasado despertamos con la terrible noticia de otro feminicidio en Baja California Sur: Alejandra Izquierdo, una jovencita raptada, torturada y asesinada por un comando de hombres armados que entró a la florería donde ella trabajaba y se la llevó a la fuerza. Después encontraron a la joven con un alambre enrollando en la garganta. O la mujer “sin nombre” que acaba de aparecer masacrada hace días en la colonia Ladrillera, en La Paz; para colmo de males, algún diario sólo mencionó el accidente que tuvo la unidad paramédica al asistir para dar fe del asesinato.

Frente a este infierno ¿se ha hecho algo? Quizá la indignación de algunas personas en redes sociales, ciertas notas en periódicos locales dando detalles morbosos de lo ocurrido o invisibilizando a la víctima con sus títulos machistas. Es terrible que el asesinato o desaparición de más y más mujeres y niñas en este y otros lugares del mundo siga pasando… porque, al parecer, nada más pasa: ni justicia, ni freno, ni nada.

¿Qué debemos hacer para enfrentar esto? ¿Qué se puede hacer desde nuestro ser mujeres, ciudadanas, mamás, trabajadoras, cuidadoras, amigas, hermanas, hijas, vecinas, novias, artistas, profesoras…?

De inicio apelo a la reivindicación de la palabra; frente a esta crisis total de justicia, y en una tierra arrasada por la impunidad y la violencia, sólo se me ocurre comenzar a desmenuzar el tema, “ponerlo sobre la mesa” y esperar a que se abra un diálogo que pueda aterrizarse en acciones y cambios en los ámbitos públicos y privados. Desde cada una. Crear conciencia. Informarnos seriamente para saber lo que está sucediendo y de lo que estamos hablando. Cambiar el miedo por reales estrategias, no sólo para cuidarnos o defendernos, sino para empezar a exigir lo que, por derecho, nos toca.

Y hablo precisamente del “Derecho” porque resulta que para que la violencia feminicida se siga perpetuando basta con que las Instituciones y el Estado obstaculicen el acceso a la justicia de las propias víctimas, invaliden sus Derechos ciudadanos y humanos, y sigan protegiendo a los responsables, que sigan volteando hacia otro lado. Basta con que la sociedad misma siga permitiendo la reproducción de la violencia hacia las mujeres y niñas, legitimando de muchas formas un tejido social de relaciones asimétricas donde se reproduce y conserva una situación de subordinación de lo femenino ante el ejercicio de poder masculino en diversos ámbitos: el hogareño, comunitario, educativo, laboral y, como ya dije, el institucional. Parece que seguimos atrapadas en un tiempo en el que las mujeres no merecemos contar con derechos humanos porque, aunque se declare lo contrario, en el día a día se nos sigue cosificando, violentando, matando.

La violencia contra las mujeres ha sido una constante en la historia humana y un mecanismo efectivo mediante el cual se busca mantenernos en un estado de sumisión; es necesario que entendamos, a través de la reflexión y cuestionamientos, que esa organización social patriarcal, que pareciera natural, ha sido construida de manera violenta, forzada; y que a la mujer se nos ha preparado desde la infancia –a través de la educación y la formación– para asumir una condición de sometimiento frente a lo masculino. Lo anterior es algo tan somatizado que, además de natural, a veces se convierte en situaciones cómodas o imperceptibles para nosotras mismas. Por eso es importante tomar consciencia de que el machismo y la misoginia pueden estar en muchas partes, ser ejercidos por cualquier persona; debemos aprender a detectarlos y no sólo colocarnos las gafas moradas para examinar situaciones de vez en cuando, sino adoptar en cada momento, cada día, en cada ámbito, una mirada crítica, una defensa firme sobre nuestro lugar y trato; sobre los ideales que perseguimos de un mundo más justo, libre de violencia y en igualdad de condiciones.  Es urgente que cada una de nosotras haga algo.

Recuerden que la violencia feminicida se resguarda en la violencia moral, en cada constructo social que nos oprime o nos violenta; todo esto para generar en entorno a la mujer un ambiente de violencia persistente y progresiva; violencia de muchos tipos que, además, culminan arrebatando la vida a las mujeres que la padecen.

Insisto, nos están matando. Muchas mujeres vivimos con miedo de salir a la calle solas, de noche o de día, a cualquier lado donde no se nos acompañe ¿Cuál autonomía si salir es un riesgo? La violencia feminicida sigue viva y nos lo deja claro con cada cuerpo de mujer que aparece violado, torturado, asesinado; es una situación progresiva que se nutre del contexto criminal en el que vivimos subsumidas todas las personas en este estado, en este país.

Les propongo: dejémonos de resquemores y prejuicios frente al Feminismo; dejemos de juzgarnos entre mujeres y comencemos a formar redes de apoyo, de estudio, de defensa, de activismo. Dejemos de responsabilizar a las víctimas y quedarnos con la explicación facilona de que “seguro andaba en malos pasos”… Porque, por último, también quisiera recordar e insistir en un elemento importante de toda esta maraña de crímenes, algo que la antropóloga feminista Marcela Lagarde[1][2] deja muy claro: cuando hablamos de feminicidios, que es la culminación de la violencia contra las mujeres, estamos hablando también de un crimen de Estado, ya que este “no es capaz de garantizar la vida y la seguridad de las mujeres en general, quienes vivimos diversas formas y grados de violencia cotidiana a lo largo de la vida”.

¿Acaso ya se declaró la alerta de género en Baja California Sur, tal como lo exigió el Frente Feminista Nacional de Baja California Sur? O ¿qué se está haciendo para atender estos feminicidios recientes? ¿Qué estrategias están en marcha en este momento para evitar que se nos siga desapareciendo y asesinando a las mujeres?

__________

[1] Quien, además, contribuyó al desarrollo del concepto “feminicidio” desde el contexto mexicano, en específico a partir del fenómeno violento que se presentó en Ciudad Juárez. Marcela Lagarde se atrevió a ponerle nombre a dicho fenómeno; hasta antes de eso se utilizaba el término “femicidio”, de la traducción literal del inglés, como propuesta de Diana Russell, que enuncia: “femicidio: como el término femenino de homicidio; es decir, como un concepto que especifica el sexo de las víctimas”. La definición de Russell no aporta mucha información sobre el victimario y el contexto en el que se perpetra y perpetúa el crimen; gracias a Lagarde se transitó de “femicidio” a “feminicidio”. El término feminicidio abarca no sólo los crímenes contra mujeres de cualquier edad o condición, sino que habla de toda una estructura de violencia de género tanto de una construcción social de crímenes de odio contra las mujeres como de la impunidad que los ampara.

Diana Russell, que enuncia: “femicidio: como el término femenino de homicidio; es decir, como un concepto que especifica el sexo de las víctimas”. La definición de Russell no aporta mucha información sobre el victimario y el contexto en el que se perpetra y perpetúa el crimen; gracias a Lagarde se transitó de “femicidio” a “feminicidio”. El término feminicidio abarca no sólo los crímenes contra mujeres de cualquier edad o condición, sino que habla de toda una estructura de violencia de género tanto de una construcción social de crímenes de odio contra las mujeres como de la impunidad que los ampara.

[2] Aquí les dejo el enlace para la conferencia completa: https://www.youtube.com/watch?v=f3jsrOQYVKE&t=1763s

 

La violencia feminicida no es sólo asunto de mujeres

El tunde teclas y el periodismo gore

Diario

@cachobanzi

Regresé a BCS porque me dijeron que acá no mataban periodistas. Pero las cosas cambian. Antes amansaban a cualquiera con un convenio gordo y cómodo. No había amenazas. Había cómplices. ¿Para qué usar el plomo? Se trataba, más bien, de que todo quedara entre «amigos». El círculo rojo y el periodismo objetivo: un equilibrio entre poder (o poderes) y comunicación de masas, unidireccional, sin las inoportunas críticas en redes sociales a los medios oficiales, que legitimaban una mentira o una verdad. Pero la modernidad vino a interponerse.

   2014. Una balacera rompió el silencio en una vereda cercana a la carretera rumbo a Los Planes. Año decisivo, espacio de reestructuración en las formas de reportear la nota roja. El crimen organizado se dividía. Acontecimiento insólito que, sin embargo, no evitó del todo que la sección policíaca en los diarios locales siguiera rellenándose de boletines sobre choques y robos a casa habitación. Los homicidios serían declarados como casos aislados. La nota principal sería la vida del gobernante en turno, una cosa parecida a «un día en la vida de…».

   Ante la realidad innegable y el mutismo de los diarios oficiales, los sitios web de noticias adquirieron credibilidad y alcanzaron la categoría de plaza pública. Con tal de obtener clicks inmediatos, el morbo de la ciudadanía le vino bien a estas páginas. En las redes sociales aparecieron personajes que se posicionaron simplemente porque iban hasta la escena del crimen y la grababan personalmente, algo que no hacían los reporteros de policiaca hasta entonces. Dejó de ser imprescindible la página web. Un perfil de Facebook y un celular se volvieron material suficiente para convertirse en reportero. Las transmisiones en vivo comenzaron a dominar la escena y se acabó el papel primordial de los medios impresos, e incluso sus formatos digitales que, secreto a voces, querían respaldar una pseudorealidad impuesta por el poder. Las redes sociales le dieron a la ciudadanía, al fin, una herramienta para confrontar a los «expertos» de la comunicación y no sólo poner en tela de juicio sus publicaciones, sino ignorarlas y crear las propias.

   Al intentar analizar el papel del reportero en BCS, hay que tener en cuenta que éste se mueve en un espacio turístico, un edén para desarrolladores inmobiliarios, hoteleros y vacacionistas al estilo spring breaker. En la ciudad turística, patrón que se repite en otros destinos de México, la economía funciona legal e ilegalmente. Se prestan servicios, se ofrecen bienes, de manera regular, pero también de manera informal, al menos informal en el sentido de su legalidad. Por encima de los pequeños negocios ilegales se eleva el lavado de dinero, práctica que puede asociarse con grandes empresas de cualquier índole. Mientras tanto, las familias que migraron persuadidas por la esperanza del progreso, alcanzan una mal pagada neoservidubre. En una situación similar de pobreza el crimen organizado encuentra al personal necesario para perseverarse, ya no sólo como un cártel, sino como un sistema, un organismo.

   En medio de este escenario el periodista no ejerce libremente su profesión, al menos no con carácter investigatorio real, sino como transmisor, como decía, de las imágenes cruentas, que no obstante deben ser igualmente moderadas en su publicación, pues hay que dar una buena imagen de la región a los ojos de los inversores.

Reportar la barbarie

«Mataron al reportero Max Rodríguez», dijo ella. Tardé en asimilar la frase, pero en cuanto lo hice supe que ya nada sería igual. Contuve la respiración y recordé cuando Max me llamó preocupado para preguntarme cómo un corporativo de minería submarina me demandaba a mí, reportero menor de 30 años, por 20 millones de dólares. Su llamada fue un respaldo en aquel momento. Recordé también mis tiempos en Rosarito, Baja California, allá por 2008, cuando comencé a ser corresponsal de la nota policiaca. La muerte de Max desempolvó la principal razón por la que yo me había alejado de las noticias de ejectuados. Y es que en aquel tiempo ya se tenía en Baja California un registro de reporteros, columnistas y periodistas asesinados. No se trataba únicamente de presuntos narcos. El caso más sonado fue el del Gato Félix, del semanario Zeta de Tijuana, en 1998.

   A mis 24 años tuve la insólita prudencia de rechazar la adrenalina que te hace tomar un taxi, en plena madrugada, con el fin de sacar la mejor fotografía del nuevo muerto, tumbado por las balas. La experiencia es adictiva. Mi jefe editorial de entonces me había aconsejado que en cuestión de asesinatos evitara ciertos detalles y, en definitiva, no profundizara demasiado al redactar, por mi propia seguridad. Al llegar a La Paz me encontré, después de un tiempo, con aquella violencia de la que había huido. Intenté mirarla como parte de mi trabajo, retomarla como un tema, pero sabiendo que sería sólo por una temporada.

   A como yo miro las cosas, la violencia no parará. Me tocó ver desmoronarse el discurso del exgobernador Narciso Agúndez Montaño (2005-2011), aquel cínico comentario de que «a BCS los narcos sólo vienen a vacacionar». Vi cómo Marcos Covarrubias (2011-2014) reconocía por primera vez que «criminales» se enfrentaban a balazos en La Paz, pero tratando de minimizar ese hecho con posturas como «no le demos la imagen que no merece a BCS». Y, bueno, todos estamos experimentando cómo Carlos Mendoza Davis suministra su «medicina», junto a miles de militares en un presumible intento por frenar la carnicería que tiene nerviosos a los hoteleros y a nosotros mismos.

   El homicidio de Max es un acto brutal para el gremio periodístico, sobre todo para aquellos que a diario contabilizan los cadáveres del genocidio. Esos números que tanto irritan en cuanto más crecen, porque funcionan como insecticida que espanta a los inversores. A estas alturas, da la sensación de que cualquiera puede morir cuando menos lo espere, esté o no relacionado con una forma del narcotráfico. Las amenazas siguen y no es difícil imaginar quién será el siguiente.

   A raíz de la intimidación, directa o indirecta, hacer buen periodismo en BCS se complica cada vez más. Las reservas en la información, la prudencia obligada, son actitudes comprensibles cuando la cantidad de muertos se infla sin concesiones, afectando a los grupos criminales, como si fuese cosa «entre ellos» y afectando también a periodistas, policías, menores de edad, familiares de asesinados y a la tranquilidad general, que debería pertenecernos a todos pero que para nadie está garantizada.

   Con estas palabras que ahora leo quiero hacer un homenaje a los buenos y malos periodistas que a diario tratan de sobrevivir en el espeso ambiente del poder, mientras desde las butacas la gente espera al siguiente reportero para convertirlo en héroe o villano. En una situación como la que vive el estado y todo el país, la autocensura se convierte en un mal necesario, ya no sólo por uno mismo sino por quienes están junto a uno, en este rincón alejado.

La labor del reportero gore

Tunde las teclas y construye un retazo de lo que creemos nuestra realidad y nuestra verdad. Una de las tantas «verdades» que maquilan las redacciones, como parte del ejercicio de poder que la maquinaria imprime todos los días en el cuerpo social. En ocasiones, el tunde teclas es incitado por sus jefes a traspasar las líneas profesionales, con tal de enviar un mensaje al que no pagó el convenio. Con frecuencia se lo llevan entre las patas los políticos, los directores de medios de comunicación, los corporativos transnacionales y el crimen organizado.

   En Dispárenme como a Blancornelas, Daniel Bassave presenta una radiografía del fascinante y deteriorado cosmos de los de abajo, de la cadena trófica reporteril, de los tunde teclas. El tunde teclas es un cuerpo dócil, es otro soldado de Foucault, padeciendo la disciplina de los poderes sobre su cuerpo. El tunde teclas se somete. Si sobrevive dentro de la cañería del poder, puede ser utilizado, transformado y perfeccionado para fines específicos. Hay un control sobre el sujeto que emite los signos y da sentido a miles de individuos que forman la colectividad social; aquellos que buscan orden dentro del caos. Son ellas y ellos quienes reciben el mensaje, resultado de relaciones estratégicas; «el ejercicio del poder consiste en “conducir conductas” y en preparar la probabilidad (Foucault)».

   En caso de no cumplir con las encomiendas implícitas de su ejercicio, son eliminados. Javier Valdez, periodista recientemente asesinado en Culiacán, Sinaloa, afirmó que «los medios de comunicación y los reporteros son desechables: un acuerdo entre la autoridad –municipal, estatal o federal–, las presiones de un grupo político, un candidato o un dirigente de un partido, la extorsión empresarial y del mismo gobierno (…) El resultado siempre es el mismo: medios de comunicación que mueren, periodistas despedidos, comunicadores acusados y exhibidos públicamente. El destierro, siempre el destierro, aunque el reportero se quede a vivir donde siempre» (en entrevista con Wilbert Torre).

   El trabajo del tunde teclas se centra en el duro camino de cazar la nota. Como vemos, su margen de acción es limitado. Un obrero de la información que, en algunos casos, está convencido de tener unos gramos de poder en su bolsillo, del que se atascan los gobernantes en turno. Casta que en ocasiones es amigable, mientras que en otras se convierte en su más feroz ejecutora. Una relación ambivalente por la que transcurre su vida, que se disipa entre el olor a tinta y a ceniceros.

   Tampoco tiene horario. Su profesión y su vida se confunden más allá de una hora de entrada o salida. En los tiempos en que el Internet lo permea todo, el tunde teclas tuvo que adaptarse y trabajar con él. Dejó de presionar tanto botón y comenzó a transmitir la masacre, una masacre característica de la ciudad turística neoliberal. Martin Scarpacci (2015) en su artículo Ciudades estratégicas: entre el extractivismo y el narcotráficoLa violencia en el paradigmático caso de ciudad Rosario, expone la relación entre ciudad-región y región-resto del mundo, y en esta dialéctica señalará «la vinculación existente entre los mercados legales e ilegales de la economía y cómo ésta afecta a la ciudad modificando el espacio donde interactúan las personas con los medios de producción».

   El autor reflexiona sobre cómo el excedente capitalista de ambos negocios «se cristaliza en gran medida en la construcción edilicia o en grandes desarrollos inmobiliarios, pero también a nivel de uso de suelos, expandiendo innecesariamente la frontera urbana, subordinando al territorio y la ciudad a las lógicas especulativas de mercado». ¿Será posible considerar a Los Cabos o La Paz, al igual que Rosario, como enormes lavadoras de capitales?

   Sé que la ciudad turística neoliberal no es el tema central en esta ocasión, pero es ahí donde se entreteje la relación estratégica entre violencia, poder, medios de comunicación y crimen organizado. Es necesario intuir que el reportero se enfrenta a la era del periodismo gore. Los más de 100 ejecutados de octubre lo confirman, ¡y aun no acaba el mes! Los cuerpos desmembrados, las niñas y niños asesinados, las madres sin hijos, las hijas sin padres, las familias destruidas, la sangre seca de las calles, las narcofosas, el miedo.

   Sayak Valencia Triana (2012), utiliza el término «capitalismo gore» para visibilizar «la complejidad del entramado criminal en el contexto mexicano, y sus conexiones con el neoliberalismo exacerbado, la globalización, la construcción binaria del género como performance político y la creación de subjetividades capitalísticas, recolonizadas por la economía y representadas por los criminales y narcotraficantes mexicanos, que dentro de la taxonomía del capitalismo gore reciben el nombre de sujetos endriagos».

   Implicados en las relaciones del capitalismo gore, sobresalen «el derramamiento de sangre explícito e injustificado, el altísimo porcentaje de vísceras y desmembramientos, frecuentemente mezclados con la precarización económica, el crimen organizado, la construcción binaria del género y los usos predatorios de los cuerpos, todo esto por medio de la violencia más explícita como herramienta de “necroempoderamiento”» (Valencia, 2012).

   En este ambiente, el cuerpo humano se convierte en una mercancía necesaria al servicio del sistema económico paralelo. Asalariados criminales que buscan en automático un mejor estatus de vida. Una pequeña dosis de «felicidad». Este asalariado no necesita ser un experto en armas, ni siquiera ser mayor de edad. Requiere de un perfil cuyas características se reparten mayoritariamente entre la pobreza, la invisibilidad de oportunidades contundentes para «salir adelante», la educación cultural (el narco es un ideal) y el deseo de acceder a las recompensas de un sistema consumista que le permitiría gastar como un nuevo rico, aunque sea por un fin de semana, sin importar que sea el próximo en aparecer acribillado.

  El periodismo gore se caracteriza por un fácil acceso a smarthphones, magnificación de la tragedia y el performance de la muerte para sobresaltar las emociones. Con este nuevo elemento en el proceso de comunicación, se exalta la parte obscena del crimen organizado que, no obstante, no deja de reflejar aspectos más de fondo en la política, la economía y la cultura. Mientras tanto, la «narcomáquina» sostiene un diálogo de cadáveres e insensibiliza al espectador. A su vez, el periodismo gore legitima el proceso de «necroempoderamiento» e invisibiliza la precarización social.

  La transmisión en vivo encumbró el terror en nuestra mente. Una normalización y una justificación de la violencia. Manuel Castells (2009) afirma que «las noticias (especialmente las imágenes) pueden actuar como fuente de estímulos equivalente a las experiencias vividas. El odio, la ansiedad, el miedo y la euforia son especialmente estimulantes y también se retienen en la memoria a largo plazo».

  El periodismo gore evita cualquier crítica ética al ejercicio abusivo del poder, venga de donde venga; incluso sortea las estadísticas de reporteros asesinados. Prefiere el show mediático. Sayak Valencia Triana (2012) expuso cómo existe en el capitalismo gore «un entramado fuertemente ligado a los beneficios económicos que reporta tanto su ejecución como su espectacularización y posterior comercialización a través de los medios de comunicación. En el capitalismo gore la violencia se utiliza, al mismo tiempo, como una tecnología de control y como un gag que es también un instrumento político».

   El periodismo gore se escribe con miedo, con un alambre envuelto en el cuello y un cuchillo entre los dientes. Siendo el reportero un aparato desechable, se reducen sus capacidades de negociación o simplemente deja de tenerlas. Ya que es un ser incómodo dentro de la «narcomáquina», es necesario, para el buen funcionamiento de dicha máquina, eliminar las incomodidades. Un plomazo y adiós. Javier Valdez lo sabía bien:

   Las manos del reportero tiemblan, quiere escribir la verdad y la palabra «miedo» se anota sola, desea decir dónde, cuándo, quién, por qué…y la palabra «miedo» escupe burla, angustia, desilusión, olor a sangre o pestilencia de una casa de seguridad; el reportero tiene hijos, esposa, padres, hermanos, pero también tiene sus muertos y una mordaza, sus muertos y hambre y llanto y sed y una punzada en el pecho que le obliga reprimir algunas lágrimas, sabe que no puede escribir, no debe escribir, no siente escribir, no sabe escribir porque «miedo» es su casa, el periódico donde trabaja, la ciudad y el país donde vive, donde se esconde y miserablemente sobrevive, pero aun así le dice al teclado, «ándale, cabrón, no te agüites. Digamos lo que sabemos», pero sólo «miedo» aparece en la pantalla (Valdez, 2016).

   El reportero en el periodismo gore no es una persona, es un tunde teclas. Un sujeto descarnado de sí mismo, con un teléfono inteligente en la mano. Dislocado de su realidad, pero con la capacidad de captar otras realidades más violentas y trasladarlas al espacio virtual del que abrevan los curiosos ciudadanos que alimentan el miedo y la tristeza en sus casas de interés social, al ver la imposición del imperio de la violencia y darse cuenta que el presente y el futuro también están desmembrados.

Texto de Carlos G. Ibarra

Edición: Octavio Escalante

 

 

El tunde teclas y el periodismo gore

Miedo es lo que queda

militarización

@cachobanzi (Twitter)

Miedo es lo que queda. Salir de noche con la sensación de que en cualquier momento una bala te alcance, un proyectil perdido de alguna disputa entre esos jóvenes que mueren a diario en La Paz. Sientes miedo cuando ves a esos uniformados empuñando sus poderosas armas por las calles. La ciudad es un gran matadero y, nosotros, la próxima res en ser sacrificada, porque en el estado actual, en automático, como ya lo he dicho, eres un sospechoso. Incluso, tú desconfías del otro, ¿qué tal si es uno de esos ‘violentos’? La violencia que genera nuestros miedos sirve también para justificar la Ley de Seguridad Interior.

La violencia se entierra en nuestras mentes y parece reproducirse de manera intensa en un Estado nación doblegado por el crimen organizado, pero sabemos que esto no es así.  Más bien es que no les importa. Vivimos en una democracia militar que hasta hoy logra su legitimación. Con los militares sueltos, la disminución de la violencia no bajó en los 10 años de la supuesta guerra contra el narcotráfico, sino que se intensificó. Con la aprobación de la Ley de Seguridad Interior no sólo se legaliza el actuar de las fuerzas armadas, sino que es una contraposición de las recomendaciones de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y del Sistema Interamericano de Derechos Humanos o por lo menos, esto declara la Coordinación alemana de Derechos Humanos en México: “existe el peligro que aumenten aún más las violaciones de derechos humanos y persista la amenaza para defensores y defensoras de los derechos humanos”.

México tiene una larga lista de violaciones de derechos humanos de los elementos de las fuerzas armadas. Desde la consolidación del régimen priísta, las botas militares pisoteaban las protestas de estudiantes, mujeres, pueblos originarios, campesinos, maestros, activistas sociales, obreros, pero de alguna forma siempre volvían a sus cuarteles. Con Felipe Calderón (2006-2012) la “guerra contra el crimen organizado” las botas militares tomaron las calles perfilando un sombrío futuro, el cual, hoy se impone como nuestro presente. Al ser el patio trasero de Estados Unidos, nuestra nación tuvo que disciplinarse a las políticas globales de seguridad tanto interna como externamente.

¿Cómo afectará la violencia y la militarización en la participación ciudadana en BCS? ¿Cuál será el nuevo escenario de la protesta social? Aquí la ciudadanía libra luchas en contra enormes desarrollos turísticos-inmobiliarios o proyectos de minería a gran escala potencialmente destructivos convirtiendo a los territorios que ocupan en áreas de sacrificio para el sistema neoliberal actual. También se une a movilizaciones nacionales desde distintos sectores sociales y políticos, pero hoy enfrentan un panorama muy distinto, en el que la violencia toma un papel central generando una parálisis colectiva que, a su vez,  justifica la salida de soldados de los cuarteles, aunque signifique violar la Constitución.

Si retomamos lo dicho por Pilar Calveiro, los Estados centrales controlan instancias como el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial, a través de los cuales se establece un discurso de poder que deben obedecer países como México. Para un mejor control global y facilitar la expansión de las corporaciones, las fuerzas militares al final se convierten en aparatos de represión y control social; a través de la “guerra contra el crimen” (así como la “guerra contra el terrorismo”) es más fácil aplicar una violencia represiva. Calveiro afirma que ambas son una construcción del poder global; “estas ‘guerras’ tienen el objeto de justificar la violencia estatal necesaria para intervenir en cualquier lugar del planeta y de la sociedad, haciéndolas funcionales al sistema global”.

El miedo sigue su avanzada en las subjetividades de cada uno de nosotros. La muerte de Silvestre de la Toba, presidente de la Comisión Estatal de Derechos Humanos (CEDH) impacta por su amargo simbolismo. Un presagio que se cumple días después con la aprobación de la Ley de Seguridad Interior que posibilita encasillar a cualquier conducta social como un riesgo a la seguridad interior del país. Esto no lo digo yo, lo advierte la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) que detectó serias imprecisiones conceptuales “al mezclar el ámbito de la Seguridad Nacional con la Seguridad Interior; (…) no habría criterios objetivos sino una facultad discrecional genérica”.

Los legisladores priistas aceleraron la votación de la ley para certificar el andar del ejército en las calles, pese a que la estrategia de Felipe Calderón en 2006, no arroja los resultados previstos, sino más bien incrementó la violencia y las quejas ante la CNDH por violaciones de elementos castrenses. No sólo eso, como lo señala Salvador Maldonado (2012), las disposiciones neoliberales en las políticas de ajuste estructural de México y la reestructuración económica, social y política provocaron una configuración ideal para un mercado exitoso de ilegalidades. La CNDH había recibido casi 10.000 denuncias de abusos perpetrados por miembros del Ejército desde 2006, incluidas más de 2.000 durante el gobierno actual, hasta julio de 2016, informó Human Rights Watch.

Maldonado en el artículo La militarización neoliberal de la seguridad y la guerra contra el narcotráfico en México  de Arsinoé Orihuela Ochoa, expresa que la “guerra contra el narcotráfico” es una violencia estatal que tiene como objetivos ocupar, despoblar y reordenar territorios”. Además, se trata de un jugoso negocio armamentístico que entre 2007 y 2011 en México significó un gasto en acciones para garantizar la seguridad de 255 108 280 000 pesos; “la guerra contra el narcotráfico, no obstante, inauguraría una fuente de legitimación para esta política gubernamental para la duplicación de recursos públicos asignados señaladamente a tres dependencias: Seguridad Pública, Defensa Nacional y Marina”.

Entonces, ¿es la violencia una estrategia para desestabilizar la organización de protestas y resistencias sociales en BCS? Por ahora no lo sabremos, pero la Ley de Seguridad Interior nos pone en total vulnerabilidad, viviremos bajo sospecha, viviremos en un régimen democrático. Las entidades federativas, si así lo desean, podrá solicitar a la federación una intervención del ejército y la marina en zonas conflictos. Esto no es nuevo, en Sudamérica se repiten las escenas del uso de las fuerzas castrenses contra la sociedad civil.

El artículo 7, por ejemplo, señala que en los casos de perturbación grave de la paz pública o de cualquier otro que ponga a la sociedad en grave peligro o conflicto, y cuya atención requiera la suspensión de derechos, se estará a lo dispuesto en el artículo 29 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos y leyes respectivas”. Sin embargo, en el artículo 8 precisa que “las movilizaciones de protesta social o las que tengan un motivo político-electoral que se realicen pacíficamente de conformidad con la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, bajo ninguna circunstancia serán consideradas como Amenazas a la Seguridad Interior, ni podrán ser materia de declaratoria de protección a la seguridad interior”. ¿Una movilización ciudadana contra un proyecto minero será un asunto que atente contra la seguridad interior?

¿Tendrá el miedo el poder de desarticular los futuros movimientos en defensa de la vida que confronta a grandes corporativos?

 

Link de interés:

La militarización neoliberal de la seguridad y la guerra contra el narcotráfico en México

http://revistas.uv.mx/index.php/Clivajes/article/view/1084/2000

Miedo es lo que queda

#SOCIALITERATURA: ¿Se levanta la voz de los intelectuales sudcalifornianos ante la violencia?

Lunasde

Roberto E. Galindo Domínguez

Que la literatura es reflejo de la vida y que de ahí toma sus ingredientes: sentimientos, aventuras y desventuras, temáticas y técnicas creativas; que finalmente se generan en nuestra existencia, de eso no hay duda. Que es una extensión de la vida con la creación de personajes, atmósferas y mundos funcionales, esa es otra verdad; que a veces sirve para fugarse de la realidad, la del escritor al hacer su trabajo y la del lector al refugiarse en un libro, eso también es cierto. La literatura es lo que el artífice y el destinatario quieren cuando la ejercen. La literatura más allá de ser un arte –el arte tiene una función social, si no es pensado así qué futileza–, es en cuento, poema, novela, obra teatral, crónica y ensayo, una elaboración creativa con uno o varios propósitos sociales.

            La literatura ha sido una premonición de los desventurados tiempos que se acercan, una queja de la realidad social, y cuando los tiempos son más aciagos es un grito de socorro que denuncia injusticias y situaciones extremas. Las obras literarias nacionales que cumplen esta función social son innumerables, por lo que sólo mencionaré algunas: El Zarco (escrita entre 1886 y 1887) de Ignacio Manuel Altamirano, Santa (1903) de Federico Gamboa, Los de debajo (1916) de Mariano Azuela, La sombra del caudillo (1929) de Martín Luís Guzmán, El luto humano (1943) de José Revueltas, Al filo del agua (1947) de Agustín Yañez, Balún Canán (1957) de Rosario Castellanos, Las muertas (1977) de Jorge Ibargüengoitia, El ocaso de la primera dama (1987) de Enrique Serna (que después reescribiría como Señorita México), Virgen de media noche (1996) de Josefina Estrada y La paz de los sepulcros (2006) de Jorge Volpi; estas obras reflexionan sobre diferentes situaciones sociales, por supuesto, relacionas con la política de su tiempo.

            A finales del siglo pasado Víctor Hugo Rascón Banda escribió la novela Contrabando (1993), una de las primeras que denunciaron el problema del narcotráfico. Desde entonces la producción literaria sobre esta temática se diversificó y se incrementó tanto como el tráfico de drogas y sus consecuencias mortales. Balas de plata (2008) de Elmer Mendoza y Al otro lado (2008) de Heriberto Yepes son obras que siguieron esa línea y la de sus resultados en la sociedad, creaciones que se afianzaron como obras literarias, independientemente del auge indiscriminado de la narcoliteratura.

            A principios de este siglo el crimen organizado estaba focalizado y de alguna manera controlado por el gobierno. Pero un fraude instaló en Los Pinos a Felipe Calderón y su narcoguerra se extendió al siguiente sexenio y a todo el país, con las funestas consecuencias que tenemos ahora. A determinados lugares, como a Baja California Sur, la espiral de violencia que asola la nación llegó hace poco tiempo. Y apenas estamos viendo el sentir y la reacción de sus intelectuales al respecto. Este año en el XI Encuentro de Escritores Sudcalifornianos se leyeron algunos textos sobre narcotráfico y violencia. No quiero decir que antes no se escribiera al respecto, pero la recurrencia a esta temática va en aumento.

            Uno o dos escritores sudcalifornianos trataron el tema en las Lunas de Octubre del año pasado; pero en la edición XIV de este año se notó el incremento de los autores que presentaron poesía, narrativa y ensayo periodístico referente al crimen organizado y a la violencia generada por éste. Conversé con diversos creadores sobre la violencia criminal que nos ha invadido y sobre cómo ésta influye sus creaciones, así como en sus estilos de vida, trastocados como los de todos los sudcalifornianos. El hecho de escuchar un helicóptero sobrevolar bajo por el centro de La Paz durante una de las sesiones, fue cuando menos significativo, algunos nos miramos a los ojos con cara de pregunta y angustia; que en ese momento se estuviera presentando un libro sobre el tema del narco, no fue coincidencia, es la realidad social que se representa en la literatura.

            En las Lunas de octubre de 2017 escuchamos a poetas, cuentistas y periodistas sudcalifornianos leer varios trabajos al respecto. En adelante es de esperarse que los creadores reflejen cada vez más en sus obras la violencia que se vive en el estado. Con lentitud, pero con esperanza, se empieza a levantar la voz de los intelectuales de Sudcalifornia ante la barbarie que llegó para instalarse en el estado. No se han escuchado pronunciamientos oficiales de la comunidad artística, en especial de los escritores. ¿Clamarán por ellos y sus conciudadanos o serán más los partidarios el arte por el arte obviando las balas y los daños colaterales?

 

Roberto E. Galindo Domínguez

Maestro en ciencias, arqueólogo, buzo profesional, literato, diseñador gráfico. Cursa la maestría en apreciación y creación literaria en Casa Lamm. Miembro del taller literario La Serpiente. Escribe para Contralínea.

#SOCIALITERATURA: ¿Se levanta la voz de los intelectuales sudcalifornianos ante la violencia?

Hormiga en la fila

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Roberto Galindo

El 19 de septiembre de 2017 tembló como nunca y como 32 años atrás. La tragedia es inmensa y no tiene comparación con la de 1985. La ciudad se colapsó, el tránsito se detuvo igual que los alientos. Derrumbes completos o parciales aquí y allá. Casi en tiempo real a través de internet vimos edificios hacerse añicos. Un gigante les pegaba con el índice a los castillos de fichas ante los alaridos, las lágrimas y el temor infinito de la gente en la calle. Personas arrastrándose por el suelo y a ras de alma, histeria colectiva, y su grito silenciado por la estrepitosa caída de oficinas, casas, escuelas, fábricas; lamento ahogado entre la bola de polvo que los envolvía. El polvo, perene de estos días, ya se anunciaba, se elevaba a través de la ciudad cuando estallaban edificios, cuando se erigían las llamas no conformes con la destrucción del multifamiliar, no satisfechas con los sepulcros de mujeres, niños y hombres, no saciadas con la fractura del orgullo inmobiliario de la Ciudad de México; ¡el lugar que hasta un día antes era el más seguro y cotizado para vivir en el país era otra vez zona de desastre! Se nos había olvidado y tan sólo pasaron 32 años.

            La estupefacción ante la furia de la tierra duró los minutos más largos de nuestra vida, y se hizo confusión, angustia y miedo. Dejó de moverse el suelo y sólo pensábamos en nuestra gente, nuestra familia, todos los que amamos. La ciudad se paralizó en un tránsito sempiterno, filas de autos en enormes estacionamientos en las principales avenidas. Rumores o noticias de asaltos a los automovilistas varados nos generaron imágenes apocalípticas más allá de los escombros, alejadas de la razón y de la humanidad. Esos individuos, lacras sociales, que no descansan ni a mitad de las tragedias. Pero la gente auxilió al desconocido, al histérico, al que lloraba, al que enmudeció, al que como estatua quedó en medio de la ciudad herida. Y como hormigas fuimos a los cerros de escombros y nos encaramamos y movimos una, dos, tres, innumerables piedras y muebles desvencijados y trabes partidas por la furia del temblor o por los marros de los voluntarios. Y cargamos cubetas de escombros y cubetas de escombros y cubetas… Antes que llegara la policía y el ejército la protección civil fue nuestra, fue de los chilangos.

            Sin llamadas las noticias y los reencuentros sortearon la distancia por Whats app y luego Facebook. Vino la noche, había llegado la “autoridad”, calles y barrios en oscuridad. Trasponiendo los listones amarrillos que simbólicos cancelaban el acceso los voluntarios seguían llegando a los colapsos. Y seguimos hormigas moviendo las migajas de los despojos materiales con la esperanza de encontrar vida; ¡y ya éramos la vida!, la solidaridad ante la tragedia. Y fuimos hormigas alimentando y dando de beber a otras hormigas, y seguimos removiendo la podredumbre inmobiliaria y la corrupción que ayudó al gigante ingobernable a matar mexicanos. Los puños en alto, silencio, los puños en alto, silencio, caen los puños y seguimos hormigas en infinitas filas en desorden coordinado por valor, conmiseración o morbo. Pero seguimos hormigas rojas trabajando, hasta que los diminutos verdes y azules nos dejaron, ellos insectos también se nos hermanaron, hormigas todos éramos. Sin embargo los bichos reyes les ordenaron alejarnos, y poco a poco los variopintos insectos de las filas nos fuimos perdiendo entre el verde y el azul, mientras arriba del monte de muerte los fosforescentes especialistas reinaron buscando vivos entre los escombros, también como nosotros los terrenales insectos, hasta que los dejaron. Y se fueron levantando los puños, otra ola expectativa, pero ahora no bajaron. Había alguien vivo enterrado entre el cascajo. Y las hormigas silenciosas paramos y esperamos.

            Brigadas nos movimos hasta otros colapsos, comisionados por Protección Civil después de muchos y largos minutos, hasta que el llamado de auxilio fue confirmado: ¡aún hay gente viva!, ¡necesitan ayuda en…! Y con palas, picos y guantes, diminutos desconocidos anduvimos la ciudad hasta otro monte de muerte. Mientras en nuestro colapso los soldadores especializados y los profesionales del rescate cortaban, taladraban, y la grúa levantaba; ellos liberaban la vida que con puños nos había silenciado. Llegamos y la misma Protección Civil que nos había enviado nos dijo que ya todo había terminado, que ya no había nada que hacer, que habían sacado al último de cuatro cadáveres. Todo era polvo, se esfumaron los vivos, sólo polvo. El sitio acordonado por el ejército y la policía. No nos dejaron hacer nada, ya no podíamos.

            Callados regresamos. La ciudad casi amanecía para confirmar con nueva luz que la zozobra seguía, que no había sido pesadilla. En la radio escuchamos que lo habían liberado con vida en nuestro colapso. Sollozamos y se nos hundió el estómago, y palpitamos cinco insectos, dos de Iztapalapa, dos de Ecatepec y yo, y aceleré, y cerca nos bloquearon el paso; ellos se bajaron y caminaron, yo busqué otra ruta, nos separamos. Llegué y fui hormiga en la fila hasta que me dejaron.

Roberto E. Galindo Domínguez

Maestro en ciencias, arqueólogo, buzo profesional, literato, diseñador gráfico. Cursa la maestría en apreciación y creación literaria en Casa Lamm. Miembro del taller literario La Serpiente. Escribe para Contralínea.

 

Hormiga en la fila