Las flores del Rif

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María Fernanda Hernández Valera

Este reportaje intenta provocar la reflexión acerca del tráfico de droga procedente del Rif. Quienes trabajan las complicadas tierras obtienen una ganancia que sólo les alcanza para sobrevivir. En el Rif, por tanto, lo que vemos es una economía de subsistencia en la que no hay cabida para el desarrollo de las infraestructuras sociales (educación, sanidad, etc.) de una forma acorde a la riqueza que ahí se genera. Esto se refleja en su agreste forma de vida.

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El 65 por ciento del hachís incautado en todo el mundo viene de Marruecos. En este país se mueven más de 15 mil millones de euros al año gracias a ese negocio. Se calcula que hay cerca de 90 mil familias (casi 800 mil personas) que se mantienen del cultivo de kif.

Elegí el nombre «Las flores del Rif» como símil de las flores de marihuana que crecen en la zona, identificándolas con los niños que ahí viven. Como todos saben, la flor toma sus nutrientes a través de las raíces formadas bajo tierra, para así desarrollarse, crecer y dar frutos. De igual manera, los niños que tienen sus pies en la misma tierra que las plantas, crecen y desarrollan allí su vida. Pero lejos de hacerlo en las mismas condiciones que las mimadas plantas de cannabis, ellos obtienen los recursos en mucha menor cantidad y de una naturaleza totalmente distinta. Las valiosas plantas que les rodean multiplican su precio miles de veces al pasar la frontera; mientras que los niños que las trabajan apenas obtienen recursos para comida, algo de ropa y poco más. Quizá sean éstas la reglas del juego impuestas por las redes del narcotráfico mundial: el que trabaja produciendo con su espalda y sus manos siempre es el que menos beneficio obtiene.

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Las fotografías fueron realizadas durante una visita a Marruecos, concretamente en la zona montañosa del Rif, en un lugar llamado Chefchaouen. Mi preocupación mayor era no causar en los lugareños el efecto turista, haciendo fotos por las calles de forma ajena a quienes allí habitan. Quise conocer el trasfondo de los sembradíos de marihuana de los que se habla a nivel mundial y terminé llevándome, como agregado, el recuerdo de la cortesía y hospitalidad magrebí.

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En el transcurso del viaje se notaba la gran diferencia entre el trabajo de las personas de la zona turística donde te venden souvenirs, al trabajo de campo donde ves notoriamente a mujeres, niños y jóvenes arando la tierra en pendientes muy pronunciadas.

María Fernanda Hernández Valera es fotógrafa, es locutora y es editora de audio y video. Por las noches se convierte en María de las Cumbias (https://soundcloud.com/fernanda-nause)

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Las flores del Rif

#SOCIALITERATURA: La dualidad del Diablo Guardian

Diablo

 

Roberto Galindo

 

La novela contiene dos historias que se desarrollan y entremezclan desde el inicio, en una está Rosa del Alba Rosas Valdivia, alias Violetta (1973-1998), y en la otra Pig. Violetta, una de las voces de la novela, nos introduce en la historia en el escenario casi final de la obra. En los capítulos pares ella, en primera persona, le cuenta su vida a Pig mediante un casette, en el que retrocede y avanza en los diversos tiempos de su vida de una manera vertiginosa, que a veces parece no tener sentido. Pig, la otra voz fundamental, cuenta su propia historia y la de Violetta en los capítulos impares, pero mediante un narrador extradiegético en tercera persona que contextualiza la historia de ambos. Pig tiene un discurso narrativo más ordenado que parte de su infancia, pasa por su juventud y llega hasta su edada adulta; aunque da saltos hacia el pasado si alguna circunstancia amerita la reflexión de su comportamiento o cuando sus fantasmas pretéritos lo asaltan y le generan paralelismos vivenciales.

  Rosa del Alba o Violetta es al mismo tiempo uno y dos personajes, y a veces una narra la vida de la otra dependiendo del nombre que utilice y de la geografía donde se encuentre. En México, y no por gusto, es Rosa del Alba, aunque con fugas a Violetta. En Estados Unidos, en Las Vegas y New York, es Violetta: la mujer que quiere borrar su origen, su “naconacionalidad”. Ella aborrece la mediocridad “clasemediera” de su familia e inicia su carrera delictiva desde adolescente al desnudarse por dinero para el hijo del jardinero, roba a su familia, se pierde en el alcohol, las drogas y la prostitución. Violetta siempre busca satisfactores inmediatos, placenteros y materiales, sin planificar nada, sin importar los altos precios (humillación, adicción y soledad) que deba pagar por obtenerlos. Interactúa con gente de mala calaña: sacerdotes estafadores, padrotes, dealers, pervertidos, ejecutivos y publicistas transas, matronas, juniors, policías corruptos y asesinos. Aunque en su camino también se encuentra con personajes que la ayudan, a esos los llama My hero, en Houston es Eric o Superman, pues no se puede decir que el Mario Bross de Las Vegas sea un héroe; y dos en México: el Capitán Bacardí y, por supuesto, Pig su verdadero y único salvador, su Diablo Guardián, quien la libera de Nefastófeles, el diablo maligno de la historia.

   Nacido en el seno de una familia de la clase alta Pig es un huérfano educado por su abuela, a la que llama Mamita, es introvertido, travieso, malicioso, viajero al azar, paseante de los bajos fondos de la Ciudad de México, pasajero eventual en el viaje de las drogas y publicista brillante con oficio de escritor fracasado –un prostituto intelectual–. Recorre una vida vacía y habita una casa semi-abandonada. Atisbando en los abismos de la podredumbre humana busca una novela que escribir. Pig encuentra en Violetta un hoyo negro insondable donde saltar, una incógnita, la droga de su vicio, el amor; ella es la historia que ha querido contar siempre. Una vez que se ha enamorado de Violetta debe matarla por deseo de ella, desaparecerla sin importar que eso signifique no verla más. Ella necesitaba, por supervivencia, comprar un héroe. Él requería salvar a alguien para darle sentido a su existencia. Es así como las vidas de estos dos seres se unen. Ellos se maltratan y se salvan de una sociedad que los ha puesto en medio del vicio, la corrupción, la prostitución y las drogas; donde el dinero importa más que la dignidad, que la familia, más que cualquier valor.

   Diablo Guardián describe la atribulada y vertiginosa manera de sobrevivir de dos jóvenes. Muestra la descomposición social y el retorno a la vida primitiva y salvaje a que estamos expuestos dentro de la globalización, debido en gran medida a la fragmentación de la familia. Fenómeno que no es nuevo, pero que Velasco ha logrado caracterizar a profundidad para nuestra sociedad en las postrimerías del siglo pasado. Además, a través de Pig, el escritor nos comparte la experiencia del proceso de escritura de su novela.

Roberto E. Galindo Domínguez

Maestro en apreciación y creación literaria, M. en C., literato, arqueólogo, diseñador gráfico. Cursa el doctorado en investigación y creación de novela en Casa Lamm. Miembro del taller literario La Serpiente. Escribe para Contralínea.

#SOCIALITERATURA: La dualidad del Diablo Guardian

#SOCIALITERATURA: ¿Se levanta la voz de los intelectuales sudcalifornianos ante la violencia?

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Roberto E. Galindo Domínguez

Que la literatura es reflejo de la vida y que de ahí toma sus ingredientes: sentimientos, aventuras y desventuras, temáticas y técnicas creativas; que finalmente se generan en nuestra existencia, de eso no hay duda. Que es una extensión de la vida con la creación de personajes, atmósferas y mundos funcionales, esa es otra verdad; que a veces sirve para fugarse de la realidad, la del escritor al hacer su trabajo y la del lector al refugiarse en un libro, eso también es cierto. La literatura es lo que el artífice y el destinatario quieren cuando la ejercen. La literatura más allá de ser un arte –el arte tiene una función social, si no es pensado así qué futileza–, es en cuento, poema, novela, obra teatral, crónica y ensayo, una elaboración creativa con uno o varios propósitos sociales.

            La literatura ha sido una premonición de los desventurados tiempos que se acercan, una queja de la realidad social, y cuando los tiempos son más aciagos es un grito de socorro que denuncia injusticias y situaciones extremas. Las obras literarias nacionales que cumplen esta función social son innumerables, por lo que sólo mencionaré algunas: El Zarco (escrita entre 1886 y 1887) de Ignacio Manuel Altamirano, Santa (1903) de Federico Gamboa, Los de debajo (1916) de Mariano Azuela, La sombra del caudillo (1929) de Martín Luís Guzmán, El luto humano (1943) de José Revueltas, Al filo del agua (1947) de Agustín Yañez, Balún Canán (1957) de Rosario Castellanos, Las muertas (1977) de Jorge Ibargüengoitia, El ocaso de la primera dama (1987) de Enrique Serna (que después reescribiría como Señorita México), Virgen de media noche (1996) de Josefina Estrada y La paz de los sepulcros (2006) de Jorge Volpi; estas obras reflexionan sobre diferentes situaciones sociales, por supuesto, relacionas con la política de su tiempo.

            A finales del siglo pasado Víctor Hugo Rascón Banda escribió la novela Contrabando (1993), una de las primeras que denunciaron el problema del narcotráfico. Desde entonces la producción literaria sobre esta temática se diversificó y se incrementó tanto como el tráfico de drogas y sus consecuencias mortales. Balas de plata (2008) de Elmer Mendoza y Al otro lado (2008) de Heriberto Yepes son obras que siguieron esa línea y la de sus resultados en la sociedad, creaciones que se afianzaron como obras literarias, independientemente del auge indiscriminado de la narcoliteratura.

            A principios de este siglo el crimen organizado estaba focalizado y de alguna manera controlado por el gobierno. Pero un fraude instaló en Los Pinos a Felipe Calderón y su narcoguerra se extendió al siguiente sexenio y a todo el país, con las funestas consecuencias que tenemos ahora. A determinados lugares, como a Baja California Sur, la espiral de violencia que asola la nación llegó hace poco tiempo. Y apenas estamos viendo el sentir y la reacción de sus intelectuales al respecto. Este año en el XI Encuentro de Escritores Sudcalifornianos se leyeron algunos textos sobre narcotráfico y violencia. No quiero decir que antes no se escribiera al respecto, pero la recurrencia a esta temática va en aumento.

            Uno o dos escritores sudcalifornianos trataron el tema en las Lunas de Octubre del año pasado; pero en la edición XIV de este año se notó el incremento de los autores que presentaron poesía, narrativa y ensayo periodístico referente al crimen organizado y a la violencia generada por éste. Conversé con diversos creadores sobre la violencia criminal que nos ha invadido y sobre cómo ésta influye sus creaciones, así como en sus estilos de vida, trastocados como los de todos los sudcalifornianos. El hecho de escuchar un helicóptero sobrevolar bajo por el centro de La Paz durante una de las sesiones, fue cuando menos significativo, algunos nos miramos a los ojos con cara de pregunta y angustia; que en ese momento se estuviera presentando un libro sobre el tema del narco, no fue coincidencia, es la realidad social que se representa en la literatura.

            En las Lunas de octubre de 2017 escuchamos a poetas, cuentistas y periodistas sudcalifornianos leer varios trabajos al respecto. En adelante es de esperarse que los creadores reflejen cada vez más en sus obras la violencia que se vive en el estado. Con lentitud, pero con esperanza, se empieza a levantar la voz de los intelectuales de Sudcalifornia ante la barbarie que llegó para instalarse en el estado. No se han escuchado pronunciamientos oficiales de la comunidad artística, en especial de los escritores. ¿Clamarán por ellos y sus conciudadanos o serán más los partidarios el arte por el arte obviando las balas y los daños colaterales?

 

Roberto E. Galindo Domínguez

Maestro en ciencias, arqueólogo, buzo profesional, literato, diseñador gráfico. Cursa la maestría en apreciación y creación literaria en Casa Lamm. Miembro del taller literario La Serpiente. Escribe para Contralínea.

#SOCIALITERATURA: ¿Se levanta la voz de los intelectuales sudcalifornianos ante la violencia?

19S, la tragedia que perdura

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Fotos del colapso de Álvaro Obregón 286, CDMX.

Roberto E. Galindo Domínguez

La desdicha del sismo se prolongará durante semanas, meses y más, estará en nosotros muy presente cuando se lleven a cabo las elecciones presidenciales del 2018. No habrá pasado, espero, suficiente tiempo para el olvido, no serán 32 años, tan sólo unos meses. Una herida que tasajeó el corazón del país y que nos ha recordado cuan diminutos somos, pero también cuan fuertes nos erigimos unidos. Esta tragedia es hoy por cuestiones mediáticas, por las redes, por la solidaridad selectiva que ejercemos como sociedad, la más dañina, no en cuanto a decesos o destrucción respecto de otras que recientemente han asolado al país, sino la más lacerante en cuanto al ánimo de la sociedad, y más aún cuando se dio en el 32 aniversario del temblor más devastador de México, muchos ciudadanos hemos recordado en la carne los daños mortíferos de 1985.

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            Debe ser esta sacudida telúrica motivo de unión, pero también de traer a la palestra periodística y ciudadana toda la crítica posible sobre funcionarios e instituciones para indagar en todos aquellos actos de corrupción y/o violatorios de las normatividades que hayan resultado en la pérdida patrimonial de cualquier persona y en todas y cada una de las muertes, que aunque hayan sido consecuencia inmediata del sismo, pudieran tener un origen en la tergiversación o interpretación laxa de la ley para la edificación de los inmuebles que se derrumbaron y de aquellos que fueron tan dañados que deberán ser demolidos. Debe ser el sismo del 19 de septiembre de 2017 tan trágico física y emocionalmente para que lo tengamos presente día a día de aquí a las elecciones de 2018, y en adelante, en cada acto de política que nos requiera como ciudadanos, sobre todo cuando los políticos de cualquier partido nos pidan el voto. Tengamos presente que la corrupción, el amiguismo y el clientelismo resultan en tragedias humanas, que no es sólo la fuerza de la naturaleza la que mata; si no ¿para qué sirve ser hombre?, ¿para qué nos sirve ser sociedad y valernos de la tecnología y el razonamiento?, si por unos pesos cualquier empresario y político pueden perder el sentido común y privilegiar la ganancia económica sobre la seguridad de la vida.

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            El sismo que batió la capital, Morelos, Puebla y el Estado de México debe recordarnos las otras tragedias, naturales y antropogénicas, que han asediado al país desde hace décadas y que ninguno de los últimos tres gobiernos federales han sabido resolver, hablando ya de la materialización de los daños en pérdida del patrimonio y generación de muertes; pues podríamos remontarnos más atrás a los orígenes económicos y políticos que han degenerado en la avasallante corrupción que invade todos los niveles y órganos de gobierno, así como a gran parte de la sociedad. Comportamiento tan acendrado en los mexicanos que se ha vuelto parte de la cotidianeidad, y lo soportamos e incluso participamos de este hasta que se nos viene un maremágnum como el del 19 de septiembre y reparamos en que muchas vidas tal vez se hubieran salvado si tal o cual funcionario no hubiera dado uno o dos permisos de construcción “chuecos”, o si en la delegación se hubiera respetado la normatividad de construcción y no se hubieran erigido edificios de más niveles que los permitidos, o si la compañía constructora hubiera empleado los materiales adecuados, o si el jefe de esa dependencia hubiera estado calificado para el cargo tan importante que se le asignó, tal vez si su formación académica tuviera que ver con la tarea que decía realizar, pero como era el amigo del presidente, del jefe de gobierno o del director de la institución pues le dieron la “chamba”. Y entonces nos quedamos con el “hubiera” como máxima expresión de resignación e impotencia y con frases como: ¡Se pudo haber evitado!”, que nos lacerarán como sociedad tal vez durante mucho tiempo, pero que se irán diluyendo en el mismo.

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            Este terrible sismo debe ser como evento un vehículo de la memoria para recordarnos y hacernos presentes las otras tragedias naturales: huracanes, inundaciones, deslaves y otros temblores; así como las antropogénicas: La Guardería ABC, Los 43 estudiantes asesinados en Ayotzinapa, las masacres de Aguas Blancas, Acteal, los hechos de sangre de Atenco y Nochixtlán, los cientos de miles de desaparecidos, la guerra contra el narcotráfico, los feminicidios, los secuestros y todas las desgracias sociales más que venimos arrastrando y a las que sobrevivimos acostumbrándonos a que la vida es así. La podredumbre humana asedia al país desde hace años y nuestra indiferencia ha resultado en destrucción y muertes, infinitas muertes que ya se nos acumulan por cientos de miles. El temblor del 19 de septiembre de 2017 debe ser recordatorio perene de la corrupción y la indolencia política que nos han llenado de agravios y que nos han hecho convivir con la injusticia en un país que se dice democrático y que sin embargo es el más claro ejemplo de un reino despótico, jerárquico, clasista, y corrupto.

Roberto E. Galindo Domínguez

Maestro en ciencias, arqueólogo, buzo profesional, literato, diseñador gráfico. Cursa la maestría en apreciación y creación literaria en Casa Lamm. Miembro del taller literario La Serpiente. Escribe para Contralínea.

 

19S, la tragedia que perdura

Hormiga en la fila

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Roberto Galindo

El 19 de septiembre de 2017 tembló como nunca y como 32 años atrás. La tragedia es inmensa y no tiene comparación con la de 1985. La ciudad se colapsó, el tránsito se detuvo igual que los alientos. Derrumbes completos o parciales aquí y allá. Casi en tiempo real a través de internet vimos edificios hacerse añicos. Un gigante les pegaba con el índice a los castillos de fichas ante los alaridos, las lágrimas y el temor infinito de la gente en la calle. Personas arrastrándose por el suelo y a ras de alma, histeria colectiva, y su grito silenciado por la estrepitosa caída de oficinas, casas, escuelas, fábricas; lamento ahogado entre la bola de polvo que los envolvía. El polvo, perene de estos días, ya se anunciaba, se elevaba a través de la ciudad cuando estallaban edificios, cuando se erigían las llamas no conformes con la destrucción del multifamiliar, no satisfechas con los sepulcros de mujeres, niños y hombres, no saciadas con la fractura del orgullo inmobiliario de la Ciudad de México; ¡el lugar que hasta un día antes era el más seguro y cotizado para vivir en el país era otra vez zona de desastre! Se nos había olvidado y tan sólo pasaron 32 años.

            La estupefacción ante la furia de la tierra duró los minutos más largos de nuestra vida, y se hizo confusión, angustia y miedo. Dejó de moverse el suelo y sólo pensábamos en nuestra gente, nuestra familia, todos los que amamos. La ciudad se paralizó en un tránsito sempiterno, filas de autos en enormes estacionamientos en las principales avenidas. Rumores o noticias de asaltos a los automovilistas varados nos generaron imágenes apocalípticas más allá de los escombros, alejadas de la razón y de la humanidad. Esos individuos, lacras sociales, que no descansan ni a mitad de las tragedias. Pero la gente auxilió al desconocido, al histérico, al que lloraba, al que enmudeció, al que como estatua quedó en medio de la ciudad herida. Y como hormigas fuimos a los cerros de escombros y nos encaramamos y movimos una, dos, tres, innumerables piedras y muebles desvencijados y trabes partidas por la furia del temblor o por los marros de los voluntarios. Y cargamos cubetas de escombros y cubetas de escombros y cubetas… Antes que llegara la policía y el ejército la protección civil fue nuestra, fue de los chilangos.

            Sin llamadas las noticias y los reencuentros sortearon la distancia por Whats app y luego Facebook. Vino la noche, había llegado la “autoridad”, calles y barrios en oscuridad. Trasponiendo los listones amarrillos que simbólicos cancelaban el acceso los voluntarios seguían llegando a los colapsos. Y seguimos hormigas moviendo las migajas de los despojos materiales con la esperanza de encontrar vida; ¡y ya éramos la vida!, la solidaridad ante la tragedia. Y fuimos hormigas alimentando y dando de beber a otras hormigas, y seguimos removiendo la podredumbre inmobiliaria y la corrupción que ayudó al gigante ingobernable a matar mexicanos. Los puños en alto, silencio, los puños en alto, silencio, caen los puños y seguimos hormigas en infinitas filas en desorden coordinado por valor, conmiseración o morbo. Pero seguimos hormigas rojas trabajando, hasta que los diminutos verdes y azules nos dejaron, ellos insectos también se nos hermanaron, hormigas todos éramos. Sin embargo los bichos reyes les ordenaron alejarnos, y poco a poco los variopintos insectos de las filas nos fuimos perdiendo entre el verde y el azul, mientras arriba del monte de muerte los fosforescentes especialistas reinaron buscando vivos entre los escombros, también como nosotros los terrenales insectos, hasta que los dejaron. Y se fueron levantando los puños, otra ola expectativa, pero ahora no bajaron. Había alguien vivo enterrado entre el cascajo. Y las hormigas silenciosas paramos y esperamos.

            Brigadas nos movimos hasta otros colapsos, comisionados por Protección Civil después de muchos y largos minutos, hasta que el llamado de auxilio fue confirmado: ¡aún hay gente viva!, ¡necesitan ayuda en…! Y con palas, picos y guantes, diminutos desconocidos anduvimos la ciudad hasta otro monte de muerte. Mientras en nuestro colapso los soldadores especializados y los profesionales del rescate cortaban, taladraban, y la grúa levantaba; ellos liberaban la vida que con puños nos había silenciado. Llegamos y la misma Protección Civil que nos había enviado nos dijo que ya todo había terminado, que ya no había nada que hacer, que habían sacado al último de cuatro cadáveres. Todo era polvo, se esfumaron los vivos, sólo polvo. El sitio acordonado por el ejército y la policía. No nos dejaron hacer nada, ya no podíamos.

            Callados regresamos. La ciudad casi amanecía para confirmar con nueva luz que la zozobra seguía, que no había sido pesadilla. En la radio escuchamos que lo habían liberado con vida en nuestro colapso. Sollozamos y se nos hundió el estómago, y palpitamos cinco insectos, dos de Iztapalapa, dos de Ecatepec y yo, y aceleré, y cerca nos bloquearon el paso; ellos se bajaron y caminaron, yo busqué otra ruta, nos separamos. Llegué y fui hormiga en la fila hasta que me dejaron.

Roberto E. Galindo Domínguez

Maestro en ciencias, arqueólogo, buzo profesional, literato, diseñador gráfico. Cursa la maestría en apreciación y creación literaria en Casa Lamm. Miembro del taller literario La Serpiente. Escribe para Contralínea.

 

Hormiga en la fila

#Crónica: Los días después del sismo

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@cachobanzi

I

La alerta sísmica sonó segundos después del temblor. Masticaba un sándwich de roast beef cuando mi realidad cambió. De inmediato, la gente formó una larga fila para salir del café. Los meseros taparon sus uniformes negros con chalecos amarillos y daban órdenes. Intentaban calmarnos. Se suponía que estaría sólo un par de horas en la Ciudad de México, luego tomaría un camión que saldría hacia Puebla desde Insurgentes, a un lado del edificio de Conacyt. Mi destino era el V Seminario Iberoamericano de Periodismo de Ciencia, Tecnología e Innovación. Ahora estaba en medio del bulevar con un chingo de gente que seguramente experimentaba un flash back del 19 de septiembre de 1985. En sus ojos, en sus gestos, había una mezcla de miedo y asombro. El suelo nos sacudió el tiempo que quiso. Los edificios se retorcieron con el errático movimiento del piso y los cimientos tronaban. Ninguno cayó cerca de donde me encontraba y, por un momento, pensé estúpidamente que sólo se trataba de un temblor más de la Ciudad de México.

«Feliz aniversario», murmuré irónico.

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II

–¿Cómo estás? ¿ya contactaste a tu familia?– preguntó Guille, integrante del Departamento de Extensión y Divulgación Científica de Cibnor, quien también viajó para participar en el seminario. La pregunta iba dirigida a una de las meseras del café.

–Estoy bien. Aún no he podido contactarlos –contestó ella, con la tristeza atorada en su garganta y continuó atendiendo a la gente.

Había comenzado la segunda fase del desastre.

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III

Fué difícil dormir esa noche. No era por el ruido de los aviones o los helicópteros que sobrevolaban la ciudad. Tampoco por las sirenas que sonaron toda la madrugada. Era más bien la pinche incertidumbre que se metió en mi cabeza desde la tarde. Mi preocupación estaba justificada: trataba de dormir en un sexto piso, el lugar menos inteligente para quedarse. Las chicas de la agencia, encargadas de la logística para el traslado de los participantes del seminario, nos informaron que se había cancelado el evento y que sólo pudieron conseguirnos un cuarto para pasar la noche.

        Dejé entreabierta la ventana por si sonaba la alarma sísmica.

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IV

En la mañana del miércoles, un día después de la catástrofe, la agencia decidió llevarnos a otro hotel. Ya teníamos boleto de regreso. Sí, nos íbamos. A diferencia de la mayoría de los habitantes, nosotros podíamos tomar un vuelo y dejar atrás la experiencia. Regresaría a casa. Desde la habitación 620 del Hotel Fiesta Inn Viaducto me llamó la atención los grupos de ciudadanas y ciudadanos con cascos, chalecos naranjas, con picos y palas. Decidí bajar. En la esquina que da a dos bulevares principales, topé a unos jóvenes que caminaban decididos a ayudar. Uno de ellos dijo que en Xochimilco no había apoyo, por lo que decidieron parar a una patrulla y pidieron que los llevaran. El agente de la Policía de la Ciudad de México de inmediato accedió, pero solicitó a los entusiastas que no subieran muchos para no poner en peligro su vida y pararon a un pick up rojo. El conductor también accedió a llevarlos. Escenas como ésta se repetían en distintos puntos de la ciudad.

      El trabajo en equipo era un efecto de la catástrofe, que movilizó a miles de personas. Bastó caminar unas cuadras por el bulevar Insurgentes, a la altura de la calle San Luis Potosí, frente a la estación del metro bus Sonora, para darme cuenta de algo extraordinario: nos preocupábamos por el otro.

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V

Un ejército de civiles marchaba por las banquetas del bulevar Insurgentes Sur. También llegaban camiones retacados con mujeres y hombres. En el caos, el gentío actuaba como un gran cardumen con una sola señal: el puño arriba que, más allá de ordenar silenciar a todos, se alzaba como un estandarte de resistencia que los aferraba a sus anhelos por restaurar su vida. Las varillas retorcidas y el escombro los motivaban a caminar.

    Intentaban coordinar los trabajos, aunque era difícil por la aglomeración. Las órdenes las gritaban y transmitían de boca en boca desde un inmueble que los brigadistas creyeron que iba caer sobre la calle San Luís Potosí. Por la posibilidad de esa caída inminente, el bulevar estaba cerrado, pero algunos no entendían. El copiloto de una Suburban del año pidió, con la placa policial por delante, lo dejaran pasar. Charolear perdió sentido allí, y al hombre calvo no le quedó más que conformarse con el «no» de un joven de casco blanco, cubre bocas azul y camiseta gris.

     Más tarde observé que un soldado recriminó al mismo joven. No estuvo claro por qué el reclamo del cabo si el ciudadano trataba de coordinar a sus compañeros. Parecía exigir respeto por su uniforme. Le alzó la voz y preguntó encabronado: «Tú ¿quién eres?».

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VI

Una vez en casa, arropado por mis rituales cotidianos, por ella, estúpidamente creí que todo iba a estar bien, pero tras el sismo los días han sido duros. Pensaba que mi situación sería diferente a la de aquéllos que había visto en la calle, porque yo no vivo en la CDMX. Sin embargo, me di cuenta de que algo cambió en mí y los demás. El jueves 21 de septiembre de 2017 regresé a mi ansiada normalidad. Sentí latir la Ciudad de México y miré una herida desgarrándose: era una cicatriz histórica, abierta, que accionó redes sociales para brindar esperanza. La gente tomó en sus manos su presente e imaginó el futuro.

    Lo que viví, lo que experimentamos, es una sensación de indefensión parecida a la que provocó el huracán Odile, con la única diferencia de que el temblor llegó potente y sin avisar. Ese 19 de septiembre nos recordó que quien construye las reglas de nuestra “realidad” no somos nosotros sino que está determinada todavía por la naturaleza.

   Días después del sismo una amiga me envió varios mensajes de voz por WhatsApp. Yo le había enviado unos mensajes antes, el día del terremoto, preocupado. Esperaba una respuesta inmediata pero esa respuesta llegó hasta que estuve de vuelta en La Paz. Los escuché con atención. Me conmovió oír el suplicio que significó no encontrar a su familia en un principio.

      Imaginé el abrazo de saberse juntos, y ya no pude aguantar más.

 

 

#Crónica: Los días después del sismo

Nosotros los sospechosos

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@cachobanzi

‘Después de las 02:00 de la mañana todos somos sospechosos’, pienso mientras observo dos unidades de los militares que circulan con lentitud sin quitarnos los ojos de encima. Hacemos alto en la Serdán y los soldados conducen por la calle Santos Degollado. Sin más, continuo derecho. Doblo a la izquierda por la Nayarit y esquivo cada uno de los boquetes del asfalto. Avanzo unas tres cuadras a poca velocidad.

  • “Siempre es un desmadre esta calle”, dice ella.

Iba a escupir mi queja sobre la jodidez urbana en la que vivimos, pero me la trago cuando el sonido de una torreta se interpuso entre nuestra plática y la canción de The Cure. No hay destellos de la sirena y por el retrovisor lo único que rebota es una luz blanquísima de un pick up gris que se acerca en chinga. Nos rebasa y, como si intentara bloquearme, se mete a mi carril. Da vuelta en ‘u’ y tapa mi ruta. Veo la lenta maniobra con bastante incredulidad. Con las manos aferradas al volante, por un instante, creo ingenuamente que van atender un reporte. Digo, son las valientes fuerzas armadas. A mi lado izquierdo se acomoda otra unidad de la que baja un morro moreno de unos veintitantos años con uniforme de camuflaje en tonos cafés, un rifle automático negro y esa pinche mirada de ‘tengo muchos huevos’, pero no nos apunta con el arma.

  • “¡Frena!”, dice ella.

El cabo hizo lo que sabe hacer: esperar órdenes. Ella hizo lo que sabe hacer: cuestionar. Lo increpa y así puedo quitarme de encima los ojos del uniformado. Ella le exige que explique el por qué de tan intrépida acción contra dos treintañeros de clase media que para sobrevivir la semana, se refugian por las noches, de vez en vez, con otros como ellos en algún buen lugar. El soldado deja de verla. Como si pidiera ayuda silenciosa, voltea a ver a su superior: otro morro con chaqueta caqui y en lugar de casco trae una gorra que le distingue de los otros.

  • “¿Por qué nos paran? ¿Qué hicimos?”, pregunta de nuevo.

La neta no pude distinguir qué grado tenía el jefe de ellos, porque detuvo su marcha antes de llegar a la ventana y le dice que no con la cabeza al soldado.

  • “Buscamos un carro armado; perdón”, contesta tajante el joven teniente o comandante.

Y nosotros, los sospechosos, en automático volvimos a ser una de las tantas parejas que circulan en la madrugada de La Paz moderna.

 

Nosotros los sospechosos