19S, la tragedia que perdura

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Fotos del colapso de Álvaro Obregón 286, CDMX.

Roberto E. Galindo Domínguez

La desdicha del sismo se prolongará durante semanas, meses y más, estará en nosotros muy presente cuando se lleven a cabo las elecciones presidenciales del 2018. No habrá pasado, espero, suficiente tiempo para el olvido, no serán 32 años, tan sólo unos meses. Una herida que tasajeó el corazón del país y que nos ha recordado cuan diminutos somos, pero también cuan fuertes nos erigimos unidos. Esta tragedia es hoy por cuestiones mediáticas, por las redes, por la solidaridad selectiva que ejercemos como sociedad, la más dañina, no en cuanto a decesos o destrucción respecto de otras que recientemente han asolado al país, sino la más lacerante en cuanto al ánimo de la sociedad, y más aún cuando se dio en el 32 aniversario del temblor más devastador de México, muchos ciudadanos hemos recordado en la carne los daños mortíferos de 1985.

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            Debe ser esta sacudida telúrica motivo de unión, pero también de traer a la palestra periodística y ciudadana toda la crítica posible sobre funcionarios e instituciones para indagar en todos aquellos actos de corrupción y/o violatorios de las normatividades que hayan resultado en la pérdida patrimonial de cualquier persona y en todas y cada una de las muertes, que aunque hayan sido consecuencia inmediata del sismo, pudieran tener un origen en la tergiversación o interpretación laxa de la ley para la edificación de los inmuebles que se derrumbaron y de aquellos que fueron tan dañados que deberán ser demolidos. Debe ser el sismo del 19 de septiembre de 2017 tan trágico física y emocionalmente para que lo tengamos presente día a día de aquí a las elecciones de 2018, y en adelante, en cada acto de política que nos requiera como ciudadanos, sobre todo cuando los políticos de cualquier partido nos pidan el voto. Tengamos presente que la corrupción, el amiguismo y el clientelismo resultan en tragedias humanas, que no es sólo la fuerza de la naturaleza la que mata; si no ¿para qué sirve ser hombre?, ¿para qué nos sirve ser sociedad y valernos de la tecnología y el razonamiento?, si por unos pesos cualquier empresario y político pueden perder el sentido común y privilegiar la ganancia económica sobre la seguridad de la vida.

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            El sismo que batió la capital, Morelos, Puebla y el Estado de México debe recordarnos las otras tragedias, naturales y antropogénicas, que han asediado al país desde hace décadas y que ninguno de los últimos tres gobiernos federales han sabido resolver, hablando ya de la materialización de los daños en pérdida del patrimonio y generación de muertes; pues podríamos remontarnos más atrás a los orígenes económicos y políticos que han degenerado en la avasallante corrupción que invade todos los niveles y órganos de gobierno, así como a gran parte de la sociedad. Comportamiento tan acendrado en los mexicanos que se ha vuelto parte de la cotidianeidad, y lo soportamos e incluso participamos de este hasta que se nos viene un maremágnum como el del 19 de septiembre y reparamos en que muchas vidas tal vez se hubieran salvado si tal o cual funcionario no hubiera dado uno o dos permisos de construcción “chuecos”, o si en la delegación se hubiera respetado la normatividad de construcción y no se hubieran erigido edificios de más niveles que los permitidos, o si la compañía constructora hubiera empleado los materiales adecuados, o si el jefe de esa dependencia hubiera estado calificado para el cargo tan importante que se le asignó, tal vez si su formación académica tuviera que ver con la tarea que decía realizar, pero como era el amigo del presidente, del jefe de gobierno o del director de la institución pues le dieron la “chamba”. Y entonces nos quedamos con el “hubiera” como máxima expresión de resignación e impotencia y con frases como: ¡Se pudo haber evitado!”, que nos lacerarán como sociedad tal vez durante mucho tiempo, pero que se irán diluyendo en el mismo.

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            Este terrible sismo debe ser como evento un vehículo de la memoria para recordarnos y hacernos presentes las otras tragedias naturales: huracanes, inundaciones, deslaves y otros temblores; así como las antropogénicas: La Guardería ABC, Los 43 estudiantes asesinados en Ayotzinapa, las masacres de Aguas Blancas, Acteal, los hechos de sangre de Atenco y Nochixtlán, los cientos de miles de desaparecidos, la guerra contra el narcotráfico, los feminicidios, los secuestros y todas las desgracias sociales más que venimos arrastrando y a las que sobrevivimos acostumbrándonos a que la vida es así. La podredumbre humana asedia al país desde hace años y nuestra indiferencia ha resultado en destrucción y muertes, infinitas muertes que ya se nos acumulan por cientos de miles. El temblor del 19 de septiembre de 2017 debe ser recordatorio perene de la corrupción y la indolencia política que nos han llenado de agravios y que nos han hecho convivir con la injusticia en un país que se dice democrático y que sin embargo es el más claro ejemplo de un reino despótico, jerárquico, clasista, y corrupto.

Roberto E. Galindo Domínguez

Maestro en ciencias, arqueólogo, buzo profesional, literato, diseñador gráfico. Cursa la maestría en apreciación y creación literaria en Casa Lamm. Miembro del taller literario La Serpiente. Escribe para Contralínea.

 

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19S, la tragedia que perdura

Hormiga en la fila

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Roberto Galindo

El 19 de septiembre de 2017 tembló como nunca y como 32 años atrás. La tragedia es inmensa y no tiene comparación con la de 1985. La ciudad se colapsó, el tránsito se detuvo igual que los alientos. Derrumbes completos o parciales aquí y allá. Casi en tiempo real a través de internet vimos edificios hacerse añicos. Un gigante les pegaba con el índice a los castillos de fichas ante los alaridos, las lágrimas y el temor infinito de la gente en la calle. Personas arrastrándose por el suelo y a ras de alma, histeria colectiva, y su grito silenciado por la estrepitosa caída de oficinas, casas, escuelas, fábricas; lamento ahogado entre la bola de polvo que los envolvía. El polvo, perene de estos días, ya se anunciaba, se elevaba a través de la ciudad cuando estallaban edificios, cuando se erigían las llamas no conformes con la destrucción del multifamiliar, no satisfechas con los sepulcros de mujeres, niños y hombres, no saciadas con la fractura del orgullo inmobiliario de la Ciudad de México; ¡el lugar que hasta un día antes era el más seguro y cotizado para vivir en el país era otra vez zona de desastre! Se nos había olvidado y tan sólo pasaron 32 años.

            La estupefacción ante la furia de la tierra duró los minutos más largos de nuestra vida, y se hizo confusión, angustia y miedo. Dejó de moverse el suelo y sólo pensábamos en nuestra gente, nuestra familia, todos los que amamos. La ciudad se paralizó en un tránsito sempiterno, filas de autos en enormes estacionamientos en las principales avenidas. Rumores o noticias de asaltos a los automovilistas varados nos generaron imágenes apocalípticas más allá de los escombros, alejadas de la razón y de la humanidad. Esos individuos, lacras sociales, que no descansan ni a mitad de las tragedias. Pero la gente auxilió al desconocido, al histérico, al que lloraba, al que enmudeció, al que como estatua quedó en medio de la ciudad herida. Y como hormigas fuimos a los cerros de escombros y nos encaramamos y movimos una, dos, tres, innumerables piedras y muebles desvencijados y trabes partidas por la furia del temblor o por los marros de los voluntarios. Y cargamos cubetas de escombros y cubetas de escombros y cubetas… Antes que llegara la policía y el ejército la protección civil fue nuestra, fue de los chilangos.

            Sin llamadas las noticias y los reencuentros sortearon la distancia por Whats app y luego Facebook. Vino la noche, había llegado la “autoridad”, calles y barrios en oscuridad. Trasponiendo los listones amarrillos que simbólicos cancelaban el acceso los voluntarios seguían llegando a los colapsos. Y seguimos hormigas moviendo las migajas de los despojos materiales con la esperanza de encontrar vida; ¡y ya éramos la vida!, la solidaridad ante la tragedia. Y fuimos hormigas alimentando y dando de beber a otras hormigas, y seguimos removiendo la podredumbre inmobiliaria y la corrupción que ayudó al gigante ingobernable a matar mexicanos. Los puños en alto, silencio, los puños en alto, silencio, caen los puños y seguimos hormigas en infinitas filas en desorden coordinado por valor, conmiseración o morbo. Pero seguimos hormigas rojas trabajando, hasta que los diminutos verdes y azules nos dejaron, ellos insectos también se nos hermanaron, hormigas todos éramos. Sin embargo los bichos reyes les ordenaron alejarnos, y poco a poco los variopintos insectos de las filas nos fuimos perdiendo entre el verde y el azul, mientras arriba del monte de muerte los fosforescentes especialistas reinaron buscando vivos entre los escombros, también como nosotros los terrenales insectos, hasta que los dejaron. Y se fueron levantando los puños, otra ola expectativa, pero ahora no bajaron. Había alguien vivo enterrado entre el cascajo. Y las hormigas silenciosas paramos y esperamos.

            Brigadas nos movimos hasta otros colapsos, comisionados por Protección Civil después de muchos y largos minutos, hasta que el llamado de auxilio fue confirmado: ¡aún hay gente viva!, ¡necesitan ayuda en…! Y con palas, picos y guantes, diminutos desconocidos anduvimos la ciudad hasta otro monte de muerte. Mientras en nuestro colapso los soldadores especializados y los profesionales del rescate cortaban, taladraban, y la grúa levantaba; ellos liberaban la vida que con puños nos había silenciado. Llegamos y la misma Protección Civil que nos había enviado nos dijo que ya todo había terminado, que ya no había nada que hacer, que habían sacado al último de cuatro cadáveres. Todo era polvo, se esfumaron los vivos, sólo polvo. El sitio acordonado por el ejército y la policía. No nos dejaron hacer nada, ya no podíamos.

            Callados regresamos. La ciudad casi amanecía para confirmar con nueva luz que la zozobra seguía, que no había sido pesadilla. En la radio escuchamos que lo habían liberado con vida en nuestro colapso. Sollozamos y se nos hundió el estómago, y palpitamos cinco insectos, dos de Iztapalapa, dos de Ecatepec y yo, y aceleré, y cerca nos bloquearon el paso; ellos se bajaron y caminaron, yo busqué otra ruta, nos separamos. Llegué y fui hormiga en la fila hasta que me dejaron.

Roberto E. Galindo Domínguez

Maestro en ciencias, arqueólogo, buzo profesional, literato, diseñador gráfico. Cursa la maestría en apreciación y creación literaria en Casa Lamm. Miembro del taller literario La Serpiente. Escribe para Contralínea.

 

Hormiga en la fila

#Gonzolador: #FuerzaIguala

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Rafael Murúa Manríquez

Nos conmovió la noticia que no terminaba de serlo. Faltaban datos y normalistas. El 2 de octubre se asomaba en el calendario y la memoria. Nuevamente estudiantes mexicanos fueron asesinados por su gobierno y aquí nada cambió.

Tres años después y comprobado ya que elementos armados de la federación, estado y municipios de Guerrero participaron en la desaparición de los jóvenes, todavía hay quien los juzga con un “andaban en drogas” y “el que mal anda mal acaba”.

La guerra contra las drogas parece más una guerra contra los mexicanos. Cada año hay más consumo causando más asesinatos aquí.

Estado fallido y criminal es casi un halago para nuestro país. Vivimos entre el terrorismo. Rápidas y furiosas las balas y sodas gringas nos matan impunemente. Sin cuestionamientos: limpiaron la guerra sucia.

La policía municipal, estatal y fuerzas armadas secuestran, torturan, asesinan, violan, para acabar con la droga de su competencia.

Allanan moradas, te cierran la mirada a golpes para que desbloquees tu celular, tecnología de punta a punta de chingazos, inteligencia primitiva.

Decomisan para después venderte, o plantarte si se les pasa la mano, al cabo nadie preguntará quién fue, pasarás a ser el enésimo dígito de una cifra si es que alguien lleva todavía la cuenta, y el mojigato sudcaliforniano meneando la cabeza dirá que andabas mal.

Perfecto escenario este cochinero para esconder los motivos, donde la noticia es solo el número de muertos, para camuflar los bandos entre buenos y malos, para sembrar el terror y cosechar paisanos.

Igual a Iguala es todo México aunque son únicos los 43 que nos siguen faltando. Su desaparición reveló al mundo entero la cadena de mando, indignó facciones, condenó al olvido.

Los rurales, la tienda de raya, la dictadura del progreso, la insurgencia, los bandidos, el peso, el sufragio, el efectivo. Todo México es igual.

Si las buscadoras encuentran como las madres de mayo y los angelitos secan la cara de sus padres en movimiento, pensaremos y no moriremos. Tomaremos camiones de algún abusivo para llegar al último estado reconstruido y veremos a los guantes blancos entregarnos los restos de 4 culturas en 3 tiempos.

De entremés una escuela abierta, pastel azteca sin tajadas extranjeras, y una jornada de tercio de día, tercio de vida, tercio de sueños.

Rafael Murúa Manríquez es director de Raidiokashana

 

#Gonzolador: #FuerzaIguala

#Crónica: Los días después del sismo

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@cachobanzi

I

La alerta sísmica sonó segundos después del temblor. Masticaba un sándwich de roast beef cuando mi realidad cambió. De inmediato, la gente formó una larga fila para salir del café. Los meseros taparon sus uniformes negros con chalecos amarillos y daban órdenes. Intentaban calmarnos. Se suponía que estaría sólo un par de horas en la Ciudad de México, luego tomaría un camión que saldría hacia Puebla desde Insurgentes, a un lado del edificio de Conacyt. Mi destino era el V Seminario Iberoamericano de Periodismo de Ciencia, Tecnología e Innovación. Ahora estaba en medio del bulevar con un chingo de gente que seguramente experimentaba un flash back del 19 de septiembre de 1985. En sus ojos, en sus gestos, había una mezcla de miedo y asombro. El suelo nos sacudió el tiempo que quiso. Los edificios se retorcieron con el errático movimiento del piso y los cimientos tronaban. Ninguno cayó cerca de donde me encontraba y, por un momento, pensé estúpidamente que sólo se trataba de un temblor más de la Ciudad de México.

«Feliz aniversario», murmuré irónico.

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II

–¿Cómo estás? ¿ya contactaste a tu familia?– preguntó Guille, integrante del Departamento de Extensión y Divulgación Científica de Cibnor, quien también viajó para participar en el seminario. La pregunta iba dirigida a una de las meseras del café.

–Estoy bien. Aún no he podido contactarlos –contestó ella, con la tristeza atorada en su garganta y continuó atendiendo a la gente.

Había comenzado la segunda fase del desastre.

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III

Fué difícil dormir esa noche. No era por el ruido de los aviones o los helicópteros que sobrevolaban la ciudad. Tampoco por las sirenas que sonaron toda la madrugada. Era más bien la pinche incertidumbre que se metió en mi cabeza desde la tarde. Mi preocupación estaba justificada: trataba de dormir en un sexto piso, el lugar menos inteligente para quedarse. Las chicas de la agencia, encargadas de la logística para el traslado de los participantes del seminario, nos informaron que se había cancelado el evento y que sólo pudieron conseguirnos un cuarto para pasar la noche.

        Dejé entreabierta la ventana por si sonaba la alarma sísmica.

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IV

En la mañana del miércoles, un día después de la catástrofe, la agencia decidió llevarnos a otro hotel. Ya teníamos boleto de regreso. Sí, nos íbamos. A diferencia de la mayoría de los habitantes, nosotros podíamos tomar un vuelo y dejar atrás la experiencia. Regresaría a casa. Desde la habitación 620 del Hotel Fiesta Inn Viaducto me llamó la atención los grupos de ciudadanas y ciudadanos con cascos, chalecos naranjas, con picos y palas. Decidí bajar. En la esquina que da a dos bulevares principales, topé a unos jóvenes que caminaban decididos a ayudar. Uno de ellos dijo que en Xochimilco no había apoyo, por lo que decidieron parar a una patrulla y pidieron que los llevaran. El agente de la Policía de la Ciudad de México de inmediato accedió, pero solicitó a los entusiastas que no subieran muchos para no poner en peligro su vida y pararon a un pick up rojo. El conductor también accedió a llevarlos. Escenas como ésta se repetían en distintos puntos de la ciudad.

      El trabajo en equipo era un efecto de la catástrofe, que movilizó a miles de personas. Bastó caminar unas cuadras por el bulevar Insurgentes, a la altura de la calle San Luis Potosí, frente a la estación del metro bus Sonora, para darme cuenta de algo extraordinario: nos preocupábamos por el otro.

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V

Un ejército de civiles marchaba por las banquetas del bulevar Insurgentes Sur. También llegaban camiones retacados con mujeres y hombres. En el caos, el gentío actuaba como un gran cardumen con una sola señal: el puño arriba que, más allá de ordenar silenciar a todos, se alzaba como un estandarte de resistencia que los aferraba a sus anhelos por restaurar su vida. Las varillas retorcidas y el escombro los motivaban a caminar.

    Intentaban coordinar los trabajos, aunque era difícil por la aglomeración. Las órdenes las gritaban y transmitían de boca en boca desde un inmueble que los brigadistas creyeron que iba caer sobre la calle San Luís Potosí. Por la posibilidad de esa caída inminente, el bulevar estaba cerrado, pero algunos no entendían. El copiloto de una Suburban del año pidió, con la placa policial por delante, lo dejaran pasar. Charolear perdió sentido allí, y al hombre calvo no le quedó más que conformarse con el «no» de un joven de casco blanco, cubre bocas azul y camiseta gris.

     Más tarde observé que un soldado recriminó al mismo joven. No estuvo claro por qué el reclamo del cabo si el ciudadano trataba de coordinar a sus compañeros. Parecía exigir respeto por su uniforme. Le alzó la voz y preguntó encabronado: «Tú ¿quién eres?».

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VI

Una vez en casa, arropado por mis rituales cotidianos, por ella, estúpidamente creí que todo iba a estar bien, pero tras el sismo los días han sido duros. Pensaba que mi situación sería diferente a la de aquéllos que había visto en la calle, porque yo no vivo en la CDMX. Sin embargo, me di cuenta de que algo cambió en mí y los demás. El jueves 21 de septiembre de 2017 regresé a mi ansiada normalidad. Sentí latir la Ciudad de México y miré una herida desgarrándose: era una cicatriz histórica, abierta, que accionó redes sociales para brindar esperanza. La gente tomó en sus manos su presente e imaginó el futuro.

    Lo que viví, lo que experimentamos, es una sensación de indefensión parecida a la que provocó el huracán Odile, con la única diferencia de que el temblor llegó potente y sin avisar. Ese 19 de septiembre nos recordó que quien construye las reglas de nuestra “realidad” no somos nosotros sino que está determinada todavía por la naturaleza.

   Días después del sismo una amiga me envió varios mensajes de voz por WhatsApp. Yo le había enviado unos mensajes antes, el día del terremoto, preocupado. Esperaba una respuesta inmediata pero esa respuesta llegó hasta que estuve de vuelta en La Paz. Los escuché con atención. Me conmovió oír el suplicio que significó no encontrar a su familia en un principio.

      Imaginé el abrazo de saberse juntos, y ya no pude aguantar más.

 

 

#Crónica: Los días después del sismo

#Gonzolador: Conmemorando la tragedia

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Rafael Murúa Maríquez

Pasmadas las suspensiones y recreando naturalmente los memoriales de las tragedias no queda más que solidarizarse. Hoy tenemos una sociedad civil organizada a diferencia de 1985 cuando su ausencia fue evidenciada, sin embargo no es suficiente 32 años después. Así lo dijeron los expertos:

  • A consecuencia del sismo que devastó la Ciudad de México, el 19 de septiembre de 1985, se formó un grupo de voluntarios que trabajaron coordinadamente en las acciones de búsqueda y rescate de víctimas, a las que la gente comenzó a llamar “TOPOS“. En febrero de 1986 se constituyó legalmente la “Brigada de Rescate Topos Tlaltelolco A.C.“.

Esta parte la puedes leer en la sección de historia de esa A.C. ttp://www.topos.mx/conocenos/historia y termina así:

  • En la ciudad de México no habremos (2013) más de 200 elementos preparados, y es necesario estar preparados formando comités vecinales de emergencias, para que cada quien tenga su plan familiar, que cada persona se preocupe por su seguridad y haya una participación bien organizada.

Es evidente, por el flujo de información desde la Ciudad de México, que la comunicación no es el mayor de los problemas, lo que augura una excelente participación en las labores de rescate. Solo espero que la organización no sea afectada por la desinformación (un claro ejemplo es Ana Sofía).

La rectitud de nuestras paredes estimula la propia. Los lineamientos y líneas urbanas nos acorralan en la rutina para circular cual sangre por las vías alternas día a día y evitar la carretera, al igual que los ganados perdidos estrellados en trocas. Empujo en el metro, pito en el Forjadores, agresivo pesco el pesero y chingo porque si no, me chingan.

Parecen más cerros los edificios hoy, la vista se alarga, la perspectiva gira, había gente hoy y siempre la hubo ahí soportando esa urbe. Hemos vistos letreros de “alto”, avanzar, caer y volar, paredes de cárceles caídas, saqueo a los rapaces, rapiña a los tiburones, y amamos al próximo, hoy el uniforme es color tierra, como el paradero siempre ha sido y se encuentra sin ilusiones.

El dinero es la primera derrumbada, el agua cuesta más o cuesta menos, pero vale la vida, como siempre. Las clases suspendidas, porque no hay distinciones ante el embate, los peatones hoy llegan más rápido que nadie, la bicicleta de montaña tiene combustible. El trabajo produce horas extras de vida. La mano se extiende y encuentra respuesta, algunas bárbaras más que ayer.

Lamento conmovido las pérdidas humanas por los desastres antropogénicos en la Tierra. Con pasión exalto la vida humana, la fraternidad, el mutualismo, la igualdad, y el sentido de justicia, que renacen ante la emergencia siempre, y que así sea épico desde hoy en México.

Rafael Murúa  Manríquez es director de Radiokashana

#Gonzolador: Conmemorando la tragedia

Nosotros los sospechosos

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@cachobanzi

‘Después de las 02:00 de la mañana todos somos sospechosos’, pienso mientras observo dos unidades de los militares que circulan con lentitud sin quitarnos los ojos de encima. Hacemos alto en la Serdán y los soldados conducen por la calle Santos Degollado. Sin más, continuo derecho. Doblo a la izquierda por la Nayarit y esquivo cada uno de los boquetes del asfalto. Avanzo unas tres cuadras a poca velocidad.

  • “Siempre es un desmadre esta calle”, dice ella.

Iba a escupir mi queja sobre la jodidez urbana en la que vivimos, pero me la trago cuando el sonido de una torreta se interpuso entre nuestra plática y la canción de The Cure. No hay destellos de la sirena y por el retrovisor lo único que rebota es una luz blanquísima de un pick up gris que se acerca en chinga. Nos rebasa y, como si intentara bloquearme, se mete a mi carril. Da vuelta en ‘u’ y tapa mi ruta. Veo la lenta maniobra con bastante incredulidad. Con las manos aferradas al volante, por un instante, creo ingenuamente que van atender un reporte. Digo, son las valientes fuerzas armadas. A mi lado izquierdo se acomoda otra unidad de la que baja un morro moreno de unos veintitantos años con uniforme de camuflaje en tonos cafés, un rifle automático negro y esa pinche mirada de ‘tengo muchos huevos’, pero no nos apunta con el arma.

  • “¡Frena!”, dice ella.

El cabo hizo lo que sabe hacer: esperar órdenes. Ella hizo lo que sabe hacer: cuestionar. Lo increpa y así puedo quitarme de encima los ojos del uniformado. Ella le exige que explique el por qué de tan intrépida acción contra dos treintañeros de clase media que para sobrevivir la semana, se refugian por las noches, de vez en vez, con otros como ellos en algún buen lugar. El soldado deja de verla. Como si pidiera ayuda silenciosa, voltea a ver a su superior: otro morro con chaqueta caqui y en lugar de casco trae una gorra que le distingue de los otros.

  • “¿Por qué nos paran? ¿Qué hicimos?”, pregunta de nuevo.

La neta no pude distinguir qué grado tenía el jefe de ellos, porque detuvo su marcha antes de llegar a la ventana y le dice que no con la cabeza al soldado.

  • “Buscamos un carro armado; perdón”, contesta tajante el joven teniente o comandante.

Y nosotros, los sospechosos, en automático volvimos a ser una de las tantas parejas que circulan en la madrugada de La Paz moderna.

 

Nosotros los sospechosos

#LaCuchara: El poder acaba

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Sandino Gámez

I

Ante la conciencia de la muerte física individual, los seres humanos crearon comunidades que trascienden generaciones. La pertenencia a un cuerpo social hace al individuo más seguro.

Desde la aldea hasta la megalópolis la aglomeración humana produjo instituciones sociales y generó derechos individuales y colectivos, naturales e inalienables.

Paradójicamente, la modernidad urbana trajo también una tendencia a la individualidad arrogante, en la que el individuo considera que puede ser autónomo del resto o del conjunto.

Ha sido un triunfo social la gran extensión de los servicios públicos considerados hoy indispensables: agua hasta el grifo de la propia casa de cada uno, drenaje y retiro de desechos sólidos a domicilio, electricidad en las paredes y alimento diverso y constante (siempre que pueda pagarse, como todos los servicios) a pocas decenas o cientos de metros.

La cercanía de otros servicios sociales extremadamente complejos, como los que otorgan las instituciones de salud y educación, es otro triunfo de nuestras comunidades, y la mayor prestación de las grandes ciudades.

Como la mayoría de los mexicanos, los sudcalifornianos somos urbanos en gran medida. Pero tenemos raíces o familiares (numerosas familias) en las comunidades rurales. Más de mil comunidades con menos de cien personas es la estadística oficial para Baja California Sur.

En rigor sólo tenemos dos grandes ciudades en este tiempo de 2017: la ciudad capital y la ciudad bipolar, austral, de San José del Cabo-Cabo San Lucas. Sólo dos ciudades con más de cien mil habitantes.

Pero somos un solo pueblo.

 

II

La libertad de movimiento es un derecho básico. Como todos los derechos debe ser universal (para todas las personas físicas) para que sea un verdadero derecho. De otra manera sería un privilegio con exclusión de quienes no lo poseen.

Durante generaciones en Baja California Sur estuvo garantizado el acceso libre al territorio y los litorales. Esto comenzó a cambiar a partir de los años 1990. Grandes porciones del territorio sudcaliforniano fueron afectadas para impedir el paso a la población sudcaliforniana hacia los litorales, particularmente las playas. El proceso se ha hecho más evidente en el municipio de Los Cabos, pero no hay uno solo de los otros cuatro (Mulegé, Loreto, Comondú, La Paz) que no presente esta manifiesta privatización de los litorales.

Debe de saberse que cuando en Los Cabos o en otra parte de Baja California Sur se cierran o limitan los accesos a las playas para favorecer el uso exclusivo por parte de los clientes de los propietarios de los predios colindantes a la zona federal marítimo terrestre hay una afrenta muy grave a los mexicanos, visitantes o habitantes de la localidad.

La ilegalidad e ilegitimidad de esta acción es evidente. Es una acción que se basa en el uso de la fuerza. ¿Es extraño que esto genere una legítima respuesta activa? ¿A quién le gusta que lo encierren? ¿Acaso al cerrar el acceso a los litorales o a grandes partes del territorio no es una limitación de derecho constitucional de los mexicanos al libre tránsito?

Quien se queje de manifestaciones sociales que impiden el paso de vehículos (pero no de personas), debería prestar atención en Baja California Sur a lo que simboliza y genera la privatización de facto de las playas.

 

III

Cuando en las zonas de recarga de los acuíferos sudcalifornianos o en sus litorales se proyectan o realizan enormes minas a cielo abierto o infames minas submarinas, se violenta el derecho de todos a la salud, al medio ambiente sano, y por lo mismo a la vida. Sólo por la obtención de ganancias monetarias para unos particulares. ¿Cómo no estar activamente en contra?

 

IV

Pero han sido los asesinatos recientes en los pueblos y ciudades de Baja California Sur lo que más nos ha conmovido como sociedad.

Esta violencia del crimen organizado no es un fenómeno nuevo: nuestro país se desangra desde hace cuatro décadas. Las instituciones públicas hacen agua mientras fluyen inmensas cantidades de recursos económicos hacia ellas que se pierden en el laberinto de la corrupción de los gobernantes, altos funcionarios, legisladores y jueces.

Tiene razón el subsecretario de Seguridad Pública de Baja California Sur cuando dice que “el cincuenta por ciento de la corrupción se encuentra en el ciudadano” y la parte restante en “las instituciones”. Pero debería haber precisado que esto sólo se refiere al ciudadano con influencias y el poder para corromper a la persona correspondiente que se encuentra supuestamente trabajando para el servicio público en las instituciones.

Entendemos que el gobernador sudcaliforniano y su gabinete consideren que nada pueden hacer ante una circunstancia que los rebasa con mucho, pues tiene causas internacionales.

El gobernador Mendoza dice: “Baja California Sur es zona de tránsito (del trasiego de drogas ilegales) a Estados Unidos”. Los criminales se disputan “la plaza”. “La violencia es la normal que ocurre lejos de las zonas turísticas, en los barrios populares.” “Pediremos más presencia armada federal.” En estas declaraciones recientes el gobernador ha conseguido hacer manifiesta su falta de poder (que no de deseo) para acabar con los asesinatos provocados por el crimen organizado en las calles de las principales ciudades del estado.

“Seguiremos trabajando” es el mántram de sus delegados para la seguridad pública y la procuración de justicia. Entendemos que seguirán trabajando, porque no serán sustituidos. Pero continuarán también los horrores que vemos a diario.

No es un asunto de percepción. Es una realidad que cada vez más sudcalifornianos comenzamos a temer que Baja California Sur se convierta en Tamaulipas o Veracruz. En Sonora, Sinaloa o Chihuahua. En el México que el padre Solalinde llamó el país de las fosas de cadáveres. El país de las desapariciones, el miedo y las fosas clandestinas ya ha llegado a nuestra media península.

 

V

Nadie debe ser privado de su vida.

A la sombra de la muerte de muy buenas personas, muy buenos ciudadanos, niños, mujeres y jóvenes (sobre todo jóvenes) es obligado decir que todas las víctimas merecen justicia. El peor de los asesinos debe ser juzgado sin clemencia, respetando su integridad mental y física y su vida.

La justicia es para las familias de los fallecidos y para toda nuestra comunidad. Un día podremos (debemos) reparar este enorme daño que se ha provocado socialmente a las familias de las personas asesinadas. Es una desgracia que aún haya quien diga que hay una razón para la muerte de las víctimas, haciendo con su expresión una marca de culpabilidad en ella, culpabilidad irracional que mancha también a las familias de los fallecidos. Quien hace esto es un cobarde, pues coloca a los asesinos intelectuales o materiales como anónimas fuerzas del destino, y los exculpa. Cobardes son quienes culpan a las víctimas y por extensión a sus familias.

Nosotros no creemos que las causas de la violencia y muerte que hay a diario en nuestras ciudades provengan del pueblo sudcaliforniano.

Nuestras familias siguen reuniéndose con frecuencia y seguimos visitando los espacios públicos de nuestras comunidades. Intentamos seguir con nuestra vida cotidiana. No lo hacemos por evasión. Todo lo contrario. Lo hacemos con el deseo en el corazón de que nuestra realidad, la normalidad, la tranquilidad social de nuestra tierra se mantenga con este uso que le damos.

Sabemos de primera mano que la sudcaliforniana es una historia de resiliencia y resistencia en los momentos difíciles. Ha sido hecha por mujeres y hombres con amor, capacidad, valor, humanidad, humildad e inteligencia. Esto no es demagogia. Su condición peninsular ha creado en el pueblo sudcaliforniano un sentido de pertenencia y comunidad naturales.

¿Quién sino los sudcalifornianos, con ayuda de patriotas venidos más allá del mar, enfrentaron y vencieron todas las amenazas y violencia que vivió esta parte de México en el siglo XIX? ¿Quién sino los sudcalifornianos con su continua exigencia consiguieron el autogobierno político para los habitantes de esta tierra?

¿Quién sino los sudcalifornianos van a conseguir que Baja California Sur deje de ser esta pesadilla de muerte y violencia cotidiana que va acercándose cada vez más a nuestras familias, que deprime cada vez más a nuestra juventud al presentar un horizonte sombrío a sus vidas, que desacredita a las instituciones de gobierno y hace inverosímil el Estado de derecho?

VI

Nosotros creemos en las instituciones públicas. También creemos en el servicio público. Creemos que la política es el arte de vivir en comunidad y que los políticos deben ser ciudadanos responsables y obligados hacia sus vecinos.

Estamos en el tiempo adecuado para volver a constituir las instituciones sudcalifornianas, el servicio público y la política estatal y municipal.

Ahora bien, no se trata de individuos o “nombres”. Sino de colectivos y programas políticos.

 
VII

¿Dónde están las propuestas específicas para Baja California Sur de los actores políticos sudcalifornianos? ¿Cómo se reunirán en torno a ellas los ciudadanos?

 

 

#LaCuchara: El poder acaba