#GONZOLADOR: Censura en Mulegé

Rafa

Rafael Murúa Manríquez

En 52 días de gobierno de Felipe Prado he vivido más agresiones y abuso de autoridad que en los 6 años anteriores desde que ejerzo el periodismo en mi natal Santa Rosalía.

  Dista mucho de ser el propósito de este artículo acusar a una persona por estos incidentes. Mucho menos persigo que se haga justicia por estas líneas, de hecho, creo que nunca podrán reparar el daño al ver la tranquilidad de mi familia interrumpida por la intolerancia de quien sea que esté detrás de esto, pero preciso es que se aclare.

  Lo que quiero es reiterar el compromiso que tengo con mi comunidad y su bienestar, por lo que constituimos Ondas en la Playa A.C. (OP) y creamos una radio local en Frecuencia Modulada (FM) y un sitio web de noticias con dominio propio, ambos medios de comunicación, los primeros en su tipo en la historia. La radio sigue siendo la única en Santa Rosalía. En nuestra página web tenemos 6 años ejerciendo profesionalmente el periodismo.

  Como presidente de OP mi deber fue gestionar una radio para los “kashanos”. Mi trabajo ahora es sustentar la frecuencia XHOLP 93.3 FM para que la población haga los programas de radio que quiera hacer. Como los niños y niñas de la Escuela Primaria Benito Juárez que actualmente en nuestra programación nos recuerdan los sitios históricos de la ciudad, nos dan los consejos de la semana, exhortan a una sana convivencia y nos prohíben tirar ciertos artículos al mar.

  Ser presidente de una Organización No Gubernamental (ONG) y director de dos medios de comunicación es trabajo de tiempo completo. No obstante, tuve que agregar a mis deberes el de ser periodista, ya que la persona que invitamos a ser Jefe de Noticias de nuestros medios en 2011 rechazó la oportunidad. Ignoro si fue miedo, escepticismo o flojera, pero yo no me podía dar ninguno de esos lujos.

  Ejercer el periodismo en Santa Rosalía me ha traído bastante satisfacción, incluyendo un título profesional, pero también varias amenazas de muerte, intentos de censura al más dictatorial estilo, calumnias, traiciones, enemistades, e invaluable conocimiento y experiencia; todavía me sigue sorprendiendo esta profesión.

  Por primera vez, opinar sobre un tema de política causó agresiones a mi persona, familia y patrimonio. Cabe señalar que me expresé solamente en mi cuenta personal de Facebook, no en la de Radiokashana FM, tampoco en nuestro sitio web o radio.

  El 29 de octubre de 2018, pasado a las 16:17 horas, publiqué: “La Seguridad Pública no le importa a Felipe Prado. Prefiere que los funcionarios le preparen su fiesta de cumpleaños que cumplir con acuerdos entre Gobierno del Estado y Municipio: ‘son convenios con otro Ayuntamiento, no con este’, contestó. El Presidente sigue en campaña, poniendo en riesgo equipo de cientos de miles de pesos que usa la Policía Estatal y Municipal, así como Protección Civil.” Tampoco en esta ocasión profundizaré sobre este tema, ya que por su naturaleza es delicado y me preocupa la seguridad pública.

 Esa misma noche me estaban advirtiendo que pronto iban a asesinarme. Casualmente la información venía de la casa de uno de los funcionarios de la actual administración municipal con puesto de coordinador.

  Dos días después una muchedumbre de adultos golpeó estruendosamente, en repetidas ocasiones, las rejas de la cochera de mi hogar. Enseguida al otro extremo de la casa una bala quebró una de las ventanas del segundo piso.

 Cuatro días más pasaron incluyendo el día de muertos. El lunes 5 de mayo una comandante de policía municipal llegó a nuestro estudio de grabación y redacción diciéndome que me estaba buscando para llevarme detenido, al igual que el vehículo que usaba en ese momento, en garantía hasta que pagara los daños de un auto cuyo dueño no lo pidió, mucho menos interpuso una demanda. Además, supuestamente, lo había chocado dos días antes y la comandante no tenía testigos. A todas luces se trataba de una privación de la libertad extrajudicial. No lo permití.

¿Hechos aislados?

  Funcionarios del XVI Ayuntamiento de Mulegé, presidido por Felipe Prado Bautista, me han llamado paranoico delirante de persecución por señalar estos hechos, aunque jamás he señalado a nadie por ello. No pretendo acusar aquí a una persona por estos incidentes.

  Con 10 años de experiencia como periodista ejerciendo en el segundo país más peligroso del mundo para hacerlo y, como Director General de una Radio Comunitaria, cuento con medidas y protocolos de seguridad. Lo que llama mi atención es la antelación de las agresiones a mi trabajo. Desde el pasado proceso electoral ya no escribí nada.

 Atendiendo al compromiso que tengo con mi comunidad, salgo de mis primeras vacaciones en seis años del periodismo para compartir con la opinión pública esta lamentable cadena de sucesos perfectamente normales hace un siglo. Lo hago en un contexto por demás alarmante para los muleginos en seguridad y democracia.

  Quien quiera que sea que ha usado su poder para dirigir estas agresiones, públicamente le tengo que decir que no entiendo indirectas, no publicamos mentiras o verdades a medias. El conflicto armado no declarado que azota el país aumentó gravemente la violencia en nuestra entidad y localidad, es un tema que no investigamos, preferimos mantener los micrófonos abiertos a la expresión ciudadana, manteniendo al margen de nuestra radio la política partidista, y denunciando el más mínimo abuso de autoridad.

Nuestra conciencia no tiene precio.

Rafael Murúa Manríquez
Licenciado en Periodismo
Director General de Radiokashana FM

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#GONZOLADOR: Censura en Mulegé

La Península de BC es un chingado desmadre ambiental

CostaPalma2

@cachobanzi

En la Península de Baja California en los último meses se han propagado conflictos entre algún tipo de extractivismo.

Compañías cerveceras que intentan extraer millones de litros de agua en Mexicali; pescadores de San Felipe luchando por su zonas de trabajo; mineras en La Paz manipulando cortes federales para operar en la Reserva de la Biosfera La Laguna o en el Golfo de Ulloa; megaproyecto que destruyen playas y ecosistemas marino como ‘Tres Santos’ o ‘Costa Palmas’, son algunos de los ejemplos más conocidos últimamente.

Baja California y Baja California Sur son ahora áreas de sacrificio para sostener un sistema económico en crisis, que se alimenta de la crisis, y que mantiene una red de múltiples regímenes de poder y acumulación.

El derecho a tener agua, espacios públicos accesibles y al paisaje natural son algunos de los bienes comunes que compartimos y por los que lucha la gente.

Por eso no es de extrañar que el despojo sea la principal herramienta con la que operan grandes consorcios, solapados por gobierno que terminan siendo publirrelacionistas.

Es preocupante como nuestro destartalado Estado nación permite la dominación del capital sin mostrar interés en los sujetos que resisten en la Península de BC.

La emancipación ciudadana será el siguiente paso si estas fuerzas sociales logran acuerparse. Es hora de iniciar con una conciencia territorial-regional como seres dominados por una modernidad que genera más ceros en las cuentas de unos cuantos.

En BC y BCS están los otros, los inferiores de la maquinaria de hacer dinero, pero debemos ser nosotros quienes iniciemos el trabajo de fundar una red ciudadana de resistencias en la Península de BC.

Lo que queda es reconocernos, organizarnos y participar.

 

La Península de BC es un chingado desmadre ambiental

Carlos Marín: Cuando el “periodista” se vuelve un meme

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Roberto E. Galindo Domínguez

Un periodista, comentarista o intelectual –este último adjetivo le queda grande a Carlos Marín de Grupo Milenio, aunque el primero para él debe ir entrecomillado–, no debe, aunque puede comparar y lo hizo, homicidios con baches. Esto en una conversación que sostuvo con Andrés Manuel López Obrador (AMLO), de la que transcribo el fragmento en cuestión: “AMLO –Si nosotros aquí, ahora, lo digo de manera respetuosa, le habláramos por teléfono al Presidente Peña y le preguntáramos: Presidente nos puede decir cuántos homicidios hubieron ayer en el país y en dónde. No sabría contestar–. Carlos Marín –Quizás no tenga por que saberlo ¡eh!–. AMLO –No, sí, por que hay esa práctica…– Carlos Marín –Como no puede saber el número de baches que hay en las carreteras federales.” Pensar que el Presidente no está obligado a saber cuántos homicidios ocurren en México, como tampoco está obligado a saber cuántos baches hay en las carreteras. Es cuando menos una estupidez. Un ser humano que se precie de serlo, con cierto aprecio por la vida ajena, no compararía a los cientos de miles de asesinados en el país, por las causas que sean, con los baches de las carreteras. Es un pensamiento, aunque torcido el de Marín, que además de cosificar el dolor por la muerte temprana y no natural que ha afectado a miles de familias, lo menosprecia de la manera más cruel.

            Lo anterior lo mencionó en El debate está en Milenio, en una entrevista en la que además Juan Pablo Becerra, Azucena Uresti, Jesús Silva Herzog, Carlos Puig y Héctor Aguilar Camín cuestionaron a Obrador sobre sus filias y fobias, las de ellos, pues la mayoría de las preguntas partieron del miedo, la preocupación y el desconocimiento de los interlocutores de AMLO sobre las políticas y acciones que él pretende implantar de ser elegido Presidente de México. Hay que reconocer que unos lo interpelaron de manera inteligente, otros con razonamientos válidos y una con preguntas que anhelaban un sí o un no más allá de una respuesta coherente o bien articulada, aunque lenta en la dicción, ya todos conocemos la manera de hablar de Obrador. Los temas fundamentales y álgidos fueron: Las llamadas reformas estructurales, principalmente la educativa y la energética, y de esta última las discrepancias entre Paco Ignacio Taibo II y Alfonso Romo al interior del Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), la cancelación del proyecto del aeropuerto en Texcoco, la corrupción, los jóvenes, la inseguridad, así como el narcotráfico y la violencia que azotan a nuestro país. Como era de esperarse, los entrevistadores buscaron acorralar a AMLO y, como era previsible, él los fue capoteando uno a uno e imponiendo el ritmo de la entrevista a su paso verbal.

            Vean la entrevista (http://www.milenio.com/elecciones-mexico-2018/andres-manuel-lopez-obrador-debate-milenio-amlo-candidato-presidente_0_1142886156.html), es imperdible por el momento coyuntural que vivimos; sean ustedes quienes, más allá de mis valoraciones, juzguen a los intelectuales, “periodistas” y a Obrador; pero pongan atención en lo dicho por Marín sobre los muertos equiparados con baches, que me parece nos lo muestra en su concepción más profunda sobre el valor de la vida humana, y en su pobre entendimiento acerca de las responsabilidades del Presidente de la República; que para él no tiene el deber de saber cuántos son los muertos tempranos por causas violentas relacionadas con el crimen –que son cientos de miles, que por decenas caen a diario en nuestro territorio–. Otra cosa es que el Presidente no sepa cuántos baches hay en las carreteras, pero la comparación de Marín es indignante, es grosera para los cientos de miles de deudos y para la nación entera. Quiero creer que Marín no espera un escenario tan catastrófico, en el que la cantidad de homicidios no naturales alcance la de los baches, que deben contarse por millones. Pero mientras dilucidamos el intrincado pensar de Marín con sus ambiguas equivalencias, él como “periodista” ya se convirtió en la penosa nota que nos ocupa: se transformó en un  meme más.

Roberto E. Galindo Domínguez

Maestro en apreciación y creación literaria, M. en C., literato, arqueólogo, diseñador gráfico. Cursa el doctorado de novela en Casa Lamm. Miembro del taller literario La Serpiente. Escribe para Contralínea.

Carlos Marín: Cuando el “periodista” se vuelve un meme

El tunde teclas y el periodismo gore

Diario

@cachobanzi

Regresé a BCS porque me dijeron que acá no mataban periodistas. Pero las cosas cambian. Antes amansaban a cualquiera con un convenio gordo y cómodo. No había amenazas. Había cómplices. ¿Para qué usar el plomo? Se trataba, más bien, de que todo quedara entre «amigos». El círculo rojo y el periodismo objetivo: un equilibrio entre poder (o poderes) y comunicación de masas, unidireccional, sin las inoportunas críticas en redes sociales a los medios oficiales, que legitimaban una mentira o una verdad. Pero la modernidad vino a interponerse.

   2014. Una balacera rompió el silencio en una vereda cercana a la carretera rumbo a Los Planes. Año decisivo, espacio de reestructuración en las formas de reportear la nota roja. El crimen organizado se dividía. Acontecimiento insólito que, sin embargo, no evitó del todo que la sección policíaca en los diarios locales siguiera rellenándose de boletines sobre choques y robos a casa habitación. Los homicidios serían declarados como casos aislados. La nota principal sería la vida del gobernante en turno, una cosa parecida a «un día en la vida de…».

   Ante la realidad innegable y el mutismo de los diarios oficiales, los sitios web de noticias adquirieron credibilidad y alcanzaron la categoría de plaza pública. Con tal de obtener clicks inmediatos, el morbo de la ciudadanía le vino bien a estas páginas. En las redes sociales aparecieron personajes que se posicionaron simplemente porque iban hasta la escena del crimen y la grababan personalmente, algo que no hacían los reporteros de policiaca hasta entonces. Dejó de ser imprescindible la página web. Un perfil de Facebook y un celular se volvieron material suficiente para convertirse en reportero. Las transmisiones en vivo comenzaron a dominar la escena y se acabó el papel primordial de los medios impresos, e incluso sus formatos digitales que, secreto a voces, querían respaldar una pseudorealidad impuesta por el poder. Las redes sociales le dieron a la ciudadanía, al fin, una herramienta para confrontar a los «expertos» de la comunicación y no sólo poner en tela de juicio sus publicaciones, sino ignorarlas y crear las propias.

   Al intentar analizar el papel del reportero en BCS, hay que tener en cuenta que éste se mueve en un espacio turístico, un edén para desarrolladores inmobiliarios, hoteleros y vacacionistas al estilo spring breaker. En la ciudad turística, patrón que se repite en otros destinos de México, la economía funciona legal e ilegalmente. Se prestan servicios, se ofrecen bienes, de manera regular, pero también de manera informal, al menos informal en el sentido de su legalidad. Por encima de los pequeños negocios ilegales se eleva el lavado de dinero, práctica que puede asociarse con grandes empresas de cualquier índole. Mientras tanto, las familias que migraron persuadidas por la esperanza del progreso, alcanzan una mal pagada neoservidubre. En una situación similar de pobreza el crimen organizado encuentra al personal necesario para perseverarse, ya no sólo como un cártel, sino como un sistema, un organismo.

   En medio de este escenario el periodista no ejerce libremente su profesión, al menos no con carácter investigatorio real, sino como transmisor, como decía, de las imágenes cruentas, que no obstante deben ser igualmente moderadas en su publicación, pues hay que dar una buena imagen de la región a los ojos de los inversores.

Reportar la barbarie

«Mataron al reportero Max Rodríguez», dijo ella. Tardé en asimilar la frase, pero en cuanto lo hice supe que ya nada sería igual. Contuve la respiración y recordé cuando Max me llamó preocupado para preguntarme cómo un corporativo de minería submarina me demandaba a mí, reportero menor de 30 años, por 20 millones de dólares. Su llamada fue un respaldo en aquel momento. Recordé también mis tiempos en Rosarito, Baja California, allá por 2008, cuando comencé a ser corresponsal de la nota policiaca. La muerte de Max desempolvó la principal razón por la que yo me había alejado de las noticias de ejectuados. Y es que en aquel tiempo ya se tenía en Baja California un registro de reporteros, columnistas y periodistas asesinados. No se trataba únicamente de presuntos narcos. El caso más sonado fue el del Gato Félix, del semanario Zeta de Tijuana, en 1998.

   A mis 24 años tuve la insólita prudencia de rechazar la adrenalina que te hace tomar un taxi, en plena madrugada, con el fin de sacar la mejor fotografía del nuevo muerto, tumbado por las balas. La experiencia es adictiva. Mi jefe editorial de entonces me había aconsejado que en cuestión de asesinatos evitara ciertos detalles y, en definitiva, no profundizara demasiado al redactar, por mi propia seguridad. Al llegar a La Paz me encontré, después de un tiempo, con aquella violencia de la que había huido. Intenté mirarla como parte de mi trabajo, retomarla como un tema, pero sabiendo que sería sólo por una temporada.

   A como yo miro las cosas, la violencia no parará. Me tocó ver desmoronarse el discurso del exgobernador Narciso Agúndez Montaño (2005-2011), aquel cínico comentario de que «a BCS los narcos sólo vienen a vacacionar». Vi cómo Marcos Covarrubias (2011-2014) reconocía por primera vez que «criminales» se enfrentaban a balazos en La Paz, pero tratando de minimizar ese hecho con posturas como «no le demos la imagen que no merece a BCS». Y, bueno, todos estamos experimentando cómo Carlos Mendoza Davis suministra su «medicina», junto a miles de militares en un presumible intento por frenar la carnicería que tiene nerviosos a los hoteleros y a nosotros mismos.

   El homicidio de Max es un acto brutal para el gremio periodístico, sobre todo para aquellos que a diario contabilizan los cadáveres del genocidio. Esos números que tanto irritan en cuanto más crecen, porque funcionan como insecticida que espanta a los inversores. A estas alturas, da la sensación de que cualquiera puede morir cuando menos lo espere, esté o no relacionado con una forma del narcotráfico. Las amenazas siguen y no es difícil imaginar quién será el siguiente.

   A raíz de la intimidación, directa o indirecta, hacer buen periodismo en BCS se complica cada vez más. Las reservas en la información, la prudencia obligada, son actitudes comprensibles cuando la cantidad de muertos se infla sin concesiones, afectando a los grupos criminales, como si fuese cosa «entre ellos» y afectando también a periodistas, policías, menores de edad, familiares de asesinados y a la tranquilidad general, que debería pertenecernos a todos pero que para nadie está garantizada.

   Con estas palabras que ahora leo quiero hacer un homenaje a los buenos y malos periodistas que a diario tratan de sobrevivir en el espeso ambiente del poder, mientras desde las butacas la gente espera al siguiente reportero para convertirlo en héroe o villano. En una situación como la que vive el estado y todo el país, la autocensura se convierte en un mal necesario, ya no sólo por uno mismo sino por quienes están junto a uno, en este rincón alejado.

La labor del reportero gore

Tunde las teclas y construye un retazo de lo que creemos nuestra realidad y nuestra verdad. Una de las tantas «verdades» que maquilan las redacciones, como parte del ejercicio de poder que la maquinaria imprime todos los días en el cuerpo social. En ocasiones, el tunde teclas es incitado por sus jefes a traspasar las líneas profesionales, con tal de enviar un mensaje al que no pagó el convenio. Con frecuencia se lo llevan entre las patas los políticos, los directores de medios de comunicación, los corporativos transnacionales y el crimen organizado.

   En Dispárenme como a Blancornelas, Daniel Bassave presenta una radiografía del fascinante y deteriorado cosmos de los de abajo, de la cadena trófica reporteril, de los tunde teclas. El tunde teclas es un cuerpo dócil, es otro soldado de Foucault, padeciendo la disciplina de los poderes sobre su cuerpo. El tunde teclas se somete. Si sobrevive dentro de la cañería del poder, puede ser utilizado, transformado y perfeccionado para fines específicos. Hay un control sobre el sujeto que emite los signos y da sentido a miles de individuos que forman la colectividad social; aquellos que buscan orden dentro del caos. Son ellas y ellos quienes reciben el mensaje, resultado de relaciones estratégicas; «el ejercicio del poder consiste en “conducir conductas” y en preparar la probabilidad (Foucault)».

   En caso de no cumplir con las encomiendas implícitas de su ejercicio, son eliminados. Javier Valdez, periodista recientemente asesinado en Culiacán, Sinaloa, afirmó que «los medios de comunicación y los reporteros son desechables: un acuerdo entre la autoridad –municipal, estatal o federal–, las presiones de un grupo político, un candidato o un dirigente de un partido, la extorsión empresarial y del mismo gobierno (…) El resultado siempre es el mismo: medios de comunicación que mueren, periodistas despedidos, comunicadores acusados y exhibidos públicamente. El destierro, siempre el destierro, aunque el reportero se quede a vivir donde siempre» (en entrevista con Wilbert Torre).

   El trabajo del tunde teclas se centra en el duro camino de cazar la nota. Como vemos, su margen de acción es limitado. Un obrero de la información que, en algunos casos, está convencido de tener unos gramos de poder en su bolsillo, del que se atascan los gobernantes en turno. Casta que en ocasiones es amigable, mientras que en otras se convierte en su más feroz ejecutora. Una relación ambivalente por la que transcurre su vida, que se disipa entre el olor a tinta y a ceniceros.

   Tampoco tiene horario. Su profesión y su vida se confunden más allá de una hora de entrada o salida. En los tiempos en que el Internet lo permea todo, el tunde teclas tuvo que adaptarse y trabajar con él. Dejó de presionar tanto botón y comenzó a transmitir la masacre, una masacre característica de la ciudad turística neoliberal. Martin Scarpacci (2015) en su artículo Ciudades estratégicas: entre el extractivismo y el narcotráficoLa violencia en el paradigmático caso de ciudad Rosario, expone la relación entre ciudad-región y región-resto del mundo, y en esta dialéctica señalará «la vinculación existente entre los mercados legales e ilegales de la economía y cómo ésta afecta a la ciudad modificando el espacio donde interactúan las personas con los medios de producción».

   El autor reflexiona sobre cómo el excedente capitalista de ambos negocios «se cristaliza en gran medida en la construcción edilicia o en grandes desarrollos inmobiliarios, pero también a nivel de uso de suelos, expandiendo innecesariamente la frontera urbana, subordinando al territorio y la ciudad a las lógicas especulativas de mercado». ¿Será posible considerar a Los Cabos o La Paz, al igual que Rosario, como enormes lavadoras de capitales?

   Sé que la ciudad turística neoliberal no es el tema central en esta ocasión, pero es ahí donde se entreteje la relación estratégica entre violencia, poder, medios de comunicación y crimen organizado. Es necesario intuir que el reportero se enfrenta a la era del periodismo gore. Los más de 100 ejecutados de octubre lo confirman, ¡y aun no acaba el mes! Los cuerpos desmembrados, las niñas y niños asesinados, las madres sin hijos, las hijas sin padres, las familias destruidas, la sangre seca de las calles, las narcofosas, el miedo.

   Sayak Valencia Triana (2012), utiliza el término «capitalismo gore» para visibilizar «la complejidad del entramado criminal en el contexto mexicano, y sus conexiones con el neoliberalismo exacerbado, la globalización, la construcción binaria del género como performance político y la creación de subjetividades capitalísticas, recolonizadas por la economía y representadas por los criminales y narcotraficantes mexicanos, que dentro de la taxonomía del capitalismo gore reciben el nombre de sujetos endriagos».

   Implicados en las relaciones del capitalismo gore, sobresalen «el derramamiento de sangre explícito e injustificado, el altísimo porcentaje de vísceras y desmembramientos, frecuentemente mezclados con la precarización económica, el crimen organizado, la construcción binaria del género y los usos predatorios de los cuerpos, todo esto por medio de la violencia más explícita como herramienta de “necroempoderamiento”» (Valencia, 2012).

   En este ambiente, el cuerpo humano se convierte en una mercancía necesaria al servicio del sistema económico paralelo. Asalariados criminales que buscan en automático un mejor estatus de vida. Una pequeña dosis de «felicidad». Este asalariado no necesita ser un experto en armas, ni siquiera ser mayor de edad. Requiere de un perfil cuyas características se reparten mayoritariamente entre la pobreza, la invisibilidad de oportunidades contundentes para «salir adelante», la educación cultural (el narco es un ideal) y el deseo de acceder a las recompensas de un sistema consumista que le permitiría gastar como un nuevo rico, aunque sea por un fin de semana, sin importar que sea el próximo en aparecer acribillado.

  El periodismo gore se caracteriza por un fácil acceso a smarthphones, magnificación de la tragedia y el performance de la muerte para sobresaltar las emociones. Con este nuevo elemento en el proceso de comunicación, se exalta la parte obscena del crimen organizado que, no obstante, no deja de reflejar aspectos más de fondo en la política, la economía y la cultura. Mientras tanto, la «narcomáquina» sostiene un diálogo de cadáveres e insensibiliza al espectador. A su vez, el periodismo gore legitima el proceso de «necroempoderamiento» e invisibiliza la precarización social.

  La transmisión en vivo encumbró el terror en nuestra mente. Una normalización y una justificación de la violencia. Manuel Castells (2009) afirma que «las noticias (especialmente las imágenes) pueden actuar como fuente de estímulos equivalente a las experiencias vividas. El odio, la ansiedad, el miedo y la euforia son especialmente estimulantes y también se retienen en la memoria a largo plazo».

  El periodismo gore evita cualquier crítica ética al ejercicio abusivo del poder, venga de donde venga; incluso sortea las estadísticas de reporteros asesinados. Prefiere el show mediático. Sayak Valencia Triana (2012) expuso cómo existe en el capitalismo gore «un entramado fuertemente ligado a los beneficios económicos que reporta tanto su ejecución como su espectacularización y posterior comercialización a través de los medios de comunicación. En el capitalismo gore la violencia se utiliza, al mismo tiempo, como una tecnología de control y como un gag que es también un instrumento político».

   El periodismo gore se escribe con miedo, con un alambre envuelto en el cuello y un cuchillo entre los dientes. Siendo el reportero un aparato desechable, se reducen sus capacidades de negociación o simplemente deja de tenerlas. Ya que es un ser incómodo dentro de la «narcomáquina», es necesario, para el buen funcionamiento de dicha máquina, eliminar las incomodidades. Un plomazo y adiós. Javier Valdez lo sabía bien:

   Las manos del reportero tiemblan, quiere escribir la verdad y la palabra «miedo» se anota sola, desea decir dónde, cuándo, quién, por qué…y la palabra «miedo» escupe burla, angustia, desilusión, olor a sangre o pestilencia de una casa de seguridad; el reportero tiene hijos, esposa, padres, hermanos, pero también tiene sus muertos y una mordaza, sus muertos y hambre y llanto y sed y una punzada en el pecho que le obliga reprimir algunas lágrimas, sabe que no puede escribir, no debe escribir, no siente escribir, no sabe escribir porque «miedo» es su casa, el periódico donde trabaja, la ciudad y el país donde vive, donde se esconde y miserablemente sobrevive, pero aun así le dice al teclado, «ándale, cabrón, no te agüites. Digamos lo que sabemos», pero sólo «miedo» aparece en la pantalla (Valdez, 2016).

   El reportero en el periodismo gore no es una persona, es un tunde teclas. Un sujeto descarnado de sí mismo, con un teléfono inteligente en la mano. Dislocado de su realidad, pero con la capacidad de captar otras realidades más violentas y trasladarlas al espacio virtual del que abrevan los curiosos ciudadanos que alimentan el miedo y la tristeza en sus casas de interés social, al ver la imposición del imperio de la violencia y darse cuenta que el presente y el futuro también están desmembrados.

Texto de Carlos G. Ibarra

Edición: Octavio Escalante

 

 

El tunde teclas y el periodismo gore

Hormiga en la fila

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Roberto Galindo

El 19 de septiembre de 2017 tembló como nunca y como 32 años atrás. La tragedia es inmensa y no tiene comparación con la de 1985. La ciudad se colapsó, el tránsito se detuvo igual que los alientos. Derrumbes completos o parciales aquí y allá. Casi en tiempo real a través de internet vimos edificios hacerse añicos. Un gigante les pegaba con el índice a los castillos de fichas ante los alaridos, las lágrimas y el temor infinito de la gente en la calle. Personas arrastrándose por el suelo y a ras de alma, histeria colectiva, y su grito silenciado por la estrepitosa caída de oficinas, casas, escuelas, fábricas; lamento ahogado entre la bola de polvo que los envolvía. El polvo, perene de estos días, ya se anunciaba, se elevaba a través de la ciudad cuando estallaban edificios, cuando se erigían las llamas no conformes con la destrucción del multifamiliar, no satisfechas con los sepulcros de mujeres, niños y hombres, no saciadas con la fractura del orgullo inmobiliario de la Ciudad de México; ¡el lugar que hasta un día antes era el más seguro y cotizado para vivir en el país era otra vez zona de desastre! Se nos había olvidado y tan sólo pasaron 32 años.

            La estupefacción ante la furia de la tierra duró los minutos más largos de nuestra vida, y se hizo confusión, angustia y miedo. Dejó de moverse el suelo y sólo pensábamos en nuestra gente, nuestra familia, todos los que amamos. La ciudad se paralizó en un tránsito sempiterno, filas de autos en enormes estacionamientos en las principales avenidas. Rumores o noticias de asaltos a los automovilistas varados nos generaron imágenes apocalípticas más allá de los escombros, alejadas de la razón y de la humanidad. Esos individuos, lacras sociales, que no descansan ni a mitad de las tragedias. Pero la gente auxilió al desconocido, al histérico, al que lloraba, al que enmudeció, al que como estatua quedó en medio de la ciudad herida. Y como hormigas fuimos a los cerros de escombros y nos encaramamos y movimos una, dos, tres, innumerables piedras y muebles desvencijados y trabes partidas por la furia del temblor o por los marros de los voluntarios. Y cargamos cubetas de escombros y cubetas de escombros y cubetas… Antes que llegara la policía y el ejército la protección civil fue nuestra, fue de los chilangos.

            Sin llamadas las noticias y los reencuentros sortearon la distancia por Whats app y luego Facebook. Vino la noche, había llegado la “autoridad”, calles y barrios en oscuridad. Trasponiendo los listones amarrillos que simbólicos cancelaban el acceso los voluntarios seguían llegando a los colapsos. Y seguimos hormigas moviendo las migajas de los despojos materiales con la esperanza de encontrar vida; ¡y ya éramos la vida!, la solidaridad ante la tragedia. Y fuimos hormigas alimentando y dando de beber a otras hormigas, y seguimos removiendo la podredumbre inmobiliaria y la corrupción que ayudó al gigante ingobernable a matar mexicanos. Los puños en alto, silencio, los puños en alto, silencio, caen los puños y seguimos hormigas en infinitas filas en desorden coordinado por valor, conmiseración o morbo. Pero seguimos hormigas rojas trabajando, hasta que los diminutos verdes y azules nos dejaron, ellos insectos también se nos hermanaron, hormigas todos éramos. Sin embargo los bichos reyes les ordenaron alejarnos, y poco a poco los variopintos insectos de las filas nos fuimos perdiendo entre el verde y el azul, mientras arriba del monte de muerte los fosforescentes especialistas reinaron buscando vivos entre los escombros, también como nosotros los terrenales insectos, hasta que los dejaron. Y se fueron levantando los puños, otra ola expectativa, pero ahora no bajaron. Había alguien vivo enterrado entre el cascajo. Y las hormigas silenciosas paramos y esperamos.

            Brigadas nos movimos hasta otros colapsos, comisionados por Protección Civil después de muchos y largos minutos, hasta que el llamado de auxilio fue confirmado: ¡aún hay gente viva!, ¡necesitan ayuda en…! Y con palas, picos y guantes, diminutos desconocidos anduvimos la ciudad hasta otro monte de muerte. Mientras en nuestro colapso los soldadores especializados y los profesionales del rescate cortaban, taladraban, y la grúa levantaba; ellos liberaban la vida que con puños nos había silenciado. Llegamos y la misma Protección Civil que nos había enviado nos dijo que ya todo había terminado, que ya no había nada que hacer, que habían sacado al último de cuatro cadáveres. Todo era polvo, se esfumaron los vivos, sólo polvo. El sitio acordonado por el ejército y la policía. No nos dejaron hacer nada, ya no podíamos.

            Callados regresamos. La ciudad casi amanecía para confirmar con nueva luz que la zozobra seguía, que no había sido pesadilla. En la radio escuchamos que lo habían liberado con vida en nuestro colapso. Sollozamos y se nos hundió el estómago, y palpitamos cinco insectos, dos de Iztapalapa, dos de Ecatepec y yo, y aceleré, y cerca nos bloquearon el paso; ellos se bajaron y caminaron, yo busqué otra ruta, nos separamos. Llegué y fui hormiga en la fila hasta que me dejaron.

Roberto E. Galindo Domínguez

Maestro en ciencias, arqueólogo, buzo profesional, literato, diseñador gráfico. Cursa la maestría en apreciación y creación literaria en Casa Lamm. Miembro del taller literario La Serpiente. Escribe para Contralínea.

 

Hormiga en la fila

#Crónica: Los días después del sismo

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@cachobanzi

I

La alerta sísmica sonó segundos después del temblor. Masticaba un sándwich de roast beef cuando mi realidad cambió. De inmediato, la gente formó una larga fila para salir del café. Los meseros taparon sus uniformes negros con chalecos amarillos y daban órdenes. Intentaban calmarnos. Se suponía que estaría sólo un par de horas en la Ciudad de México, luego tomaría un camión que saldría hacia Puebla desde Insurgentes, a un lado del edificio de Conacyt. Mi destino era el V Seminario Iberoamericano de Periodismo de Ciencia, Tecnología e Innovación. Ahora estaba en medio del bulevar con un chingo de gente que seguramente experimentaba un flash back del 19 de septiembre de 1985. En sus ojos, en sus gestos, había una mezcla de miedo y asombro. El suelo nos sacudió el tiempo que quiso. Los edificios se retorcieron con el errático movimiento del piso y los cimientos tronaban. Ninguno cayó cerca de donde me encontraba y, por un momento, pensé estúpidamente que sólo se trataba de un temblor más de la Ciudad de México.

«Feliz aniversario», murmuré irónico.

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II

–¿Cómo estás? ¿ya contactaste a tu familia?– preguntó Guille, integrante del Departamento de Extensión y Divulgación Científica de Cibnor, quien también viajó para participar en el seminario. La pregunta iba dirigida a una de las meseras del café.

–Estoy bien. Aún no he podido contactarlos –contestó ella, con la tristeza atorada en su garganta y continuó atendiendo a la gente.

Había comenzado la segunda fase del desastre.

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III

Fué difícil dormir esa noche. No era por el ruido de los aviones o los helicópteros que sobrevolaban la ciudad. Tampoco por las sirenas que sonaron toda la madrugada. Era más bien la pinche incertidumbre que se metió en mi cabeza desde la tarde. Mi preocupación estaba justificada: trataba de dormir en un sexto piso, el lugar menos inteligente para quedarse. Las chicas de la agencia, encargadas de la logística para el traslado de los participantes del seminario, nos informaron que se había cancelado el evento y que sólo pudieron conseguirnos un cuarto para pasar la noche.

        Dejé entreabierta la ventana por si sonaba la alarma sísmica.

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IV

En la mañana del miércoles, un día después de la catástrofe, la agencia decidió llevarnos a otro hotel. Ya teníamos boleto de regreso. Sí, nos íbamos. A diferencia de la mayoría de los habitantes, nosotros podíamos tomar un vuelo y dejar atrás la experiencia. Regresaría a casa. Desde la habitación 620 del Hotel Fiesta Inn Viaducto me llamó la atención los grupos de ciudadanas y ciudadanos con cascos, chalecos naranjas, con picos y palas. Decidí bajar. En la esquina que da a dos bulevares principales, topé a unos jóvenes que caminaban decididos a ayudar. Uno de ellos dijo que en Xochimilco no había apoyo, por lo que decidieron parar a una patrulla y pidieron que los llevaran. El agente de la Policía de la Ciudad de México de inmediato accedió, pero solicitó a los entusiastas que no subieran muchos para no poner en peligro su vida y pararon a un pick up rojo. El conductor también accedió a llevarlos. Escenas como ésta se repetían en distintos puntos de la ciudad.

      El trabajo en equipo era un efecto de la catástrofe, que movilizó a miles de personas. Bastó caminar unas cuadras por el bulevar Insurgentes, a la altura de la calle San Luis Potosí, frente a la estación del metro bus Sonora, para darme cuenta de algo extraordinario: nos preocupábamos por el otro.

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V

Un ejército de civiles marchaba por las banquetas del bulevar Insurgentes Sur. También llegaban camiones retacados con mujeres y hombres. En el caos, el gentío actuaba como un gran cardumen con una sola señal: el puño arriba que, más allá de ordenar silenciar a todos, se alzaba como un estandarte de resistencia que los aferraba a sus anhelos por restaurar su vida. Las varillas retorcidas y el escombro los motivaban a caminar.

    Intentaban coordinar los trabajos, aunque era difícil por la aglomeración. Las órdenes las gritaban y transmitían de boca en boca desde un inmueble que los brigadistas creyeron que iba caer sobre la calle San Luís Potosí. Por la posibilidad de esa caída inminente, el bulevar estaba cerrado, pero algunos no entendían. El copiloto de una Suburban del año pidió, con la placa policial por delante, lo dejaran pasar. Charolear perdió sentido allí, y al hombre calvo no le quedó más que conformarse con el «no» de un joven de casco blanco, cubre bocas azul y camiseta gris.

     Más tarde observé que un soldado recriminó al mismo joven. No estuvo claro por qué el reclamo del cabo si el ciudadano trataba de coordinar a sus compañeros. Parecía exigir respeto por su uniforme. Le alzó la voz y preguntó encabronado: «Tú ¿quién eres?».

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VI

Una vez en casa, arropado por mis rituales cotidianos, por ella, estúpidamente creí que todo iba a estar bien, pero tras el sismo los días han sido duros. Pensaba que mi situación sería diferente a la de aquéllos que había visto en la calle, porque yo no vivo en la CDMX. Sin embargo, me di cuenta de que algo cambió en mí y los demás. El jueves 21 de septiembre de 2017 regresé a mi ansiada normalidad. Sentí latir la Ciudad de México y miré una herida desgarrándose: era una cicatriz histórica, abierta, que accionó redes sociales para brindar esperanza. La gente tomó en sus manos su presente e imaginó el futuro.

    Lo que viví, lo que experimentamos, es una sensación de indefensión parecida a la que provocó el huracán Odile, con la única diferencia de que el temblor llegó potente y sin avisar. Ese 19 de septiembre nos recordó que quien construye las reglas de nuestra “realidad” no somos nosotros sino que está determinada todavía por la naturaleza.

   Días después del sismo una amiga me envió varios mensajes de voz por WhatsApp. Yo le había enviado unos mensajes antes, el día del terremoto, preocupado. Esperaba una respuesta inmediata pero esa respuesta llegó hasta que estuve de vuelta en La Paz. Los escuché con atención. Me conmovió oír el suplicio que significó no encontrar a su familia en un principio.

      Imaginé el abrazo de saberse juntos, y ya no pude aguantar más.

 

 

#Crónica: Los días después del sismo

LOS DÍAS CON JAVIER

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Karla Sotelo

*Entrevista colectiva realizada en el extinto programa La Palabra en el Aire.

A Javier lo conocí hace un par de años en un encuentro literario realizado en la Cdad. de La Paz, B.C.S en una emotiva plática con estudiantes de la Lic. en Comunicación de la UABCS. Ese día traía bajo el brazo su última publicación Con una granada en la boca. Desde el inicio empatizó con la mayoría de los jóvenes. Durante la plática nos sacó carcajadas y nos compartió varias de las historias documentadas en su libro. Sentíamos que era sincero, que realmente se le iba la vida cada vez que compartía esos relatos o en  cada frase publicada. Era un contador de historias de gente que tenía que ver con nosotros, y que a través de la crónica, visibilizaba rostros,  miedos o esperanzas. Nos adentramos en esas experiencias de dolor y de pérdida en medio de la violencia. Después de la charla regaló un libro, regaló abrazos y buenos deseos. Su mirada albergaba la ilusión y posibilidad de que no estaba solo. Después de ese día mis estudiantes y yo no lo quisimos dejar, era imposible. Sabíamos que estábamos frente a uno de los pocos periodistas que estaba haciendo el periodismo que necesitábamos en ese momento. Habían comenzado las balaceras y los desaparecidos en nuestra ciudad. Informar y comunicar así era un ejercicio a través de la palabra para cauterizar heridas. No perdimos la oportunidad de asesorarnos siempre con él para saber que la antorcha seguía encendida.

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El 9 de mayo del 2016 desde radio universitaria estudiantes, periodista y académica le hicimos un par de preguntas vía telefónica. El tema era relacionado a la libertad de expresión. Como siempre disfrutamos escucharlo.

El tiempo con él siempre se nos pasaba  rápido, las dudas  y recomendaciones  saltaban de una cabeza a otra. Al final terminábamos en risa o un ¡Salud! por la compañía.

Hace unos días, el asesinato de Javier Valdez Cárdenas cumplió 4 meses y deseo hacer eco con sus palabras, que ahora son parte de nosotros. Tuvimos hace un tiempo la oportunidad de hacerle una pequeña entrevista colectiva que seguimos recordando y en la cual nos compartió lo siguiente:

¿QUÉ NOS PUEDES COMPARTIR SOBRE LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN, EN MÉXICO… EN GENERAL?

Yo tengo la máxima que si no hay condiciones para una vida digna en México no hay condiciones para la libertad de expresión ni tampoco para hacer periodismo.

Creo que en el país la libertad de expresión, que no sólo es un coto o decreto de los periodistas si no de la ciudadanía en general, está contaminada, cercenada, impedida en su ejercicio básico más amplio y profundo por el crimen organizado. Específicamente el narcotráfico, por supuesto los gobiernos corruptos, coludidos con los criminales; y por supuesto sus negocios de carácter empresarial. Entonces hace mucho que en México no se hace periodismo que se necesita. Hay un periodismo posible en condiciones imposibles. Creo que lamentablemente en estos aspectos hemos retrocedidos muchísimo sin que tengamos necesariamente una dictadura. Nosotros vivimos en condiciones de mordaza, de periodistas asesinados, amenazados, golpeados o desaparecidos.  Eso se me hace sumamente grave, como en la ley de la selva sin que tengamos nosotros una condición de dictadura.

¿QUÉ CONDICIONES SON ÓPTIMAS PARA HACER BUEN PERIODISMO?

Que los recursos públicos no estén condicionados para publicar tal o cual cosa. Que el medio no tenga miedo de escribir sobre la vida que nos está heredando el narcotráfico. La vida de encierro, de miedo, terror. Ya no digamos una revelación sobre los negocios sino esta vida cotidiana, de músculos apretados que nos genera el narco. Sin temor a que me peguen tablazos en las planta de los pies, la espalda, las nalgas. Es lo menos que le pasa a un periodista de Veracruz, de Tamaulipas, Monterrey, Oaxaca, Guerrero por hablar del narco. Estamos hablando de regiones que llama el narco para decirte  que no publiques tal información y el cartel contrario lo hace después  para decirte que la publiques. Por eso los reporteros dejan de hacer las coberturas y se retiran del oficio.

¿QUÉ TAN DIFÍCIL ES NO INVOLUCRARSE EN LO QUE HACES? ¿CÓMO SEPARAS LA PARTE HUMANA Y LA DEL TRABAJO PERIODÍSTICO?

Cuesta trabajo no involucrase. Creo que no lo puedo hacer. Es decir, son historias que me atañen, que me afectan. Me afectan muchísimo. No puedo guardar distancia. Creo que sería saludable si  hiciera un periodismo inofensivo, dietético, descafeinado, inocuo; entonces ya no me involucraría y no me importa de lo que escribo ni lo que la gente sufre… es decir, me importa la gente. Yo creo que no puedo. Describir  lo humano, el dolor, la tristeza; y también por supuesto la esperanza, la alegría ante un acto de justicia o de conquista. Eso me permite contar las historias. Claro que me enfermo. Padezco insomnio, seguido de días de mucha preocupación, se refleja en mi cuerpo con asuntos de salud. No creo en esa distancian, en no involucrarte. Creo en el compromiso y en el ser humano que habita en mí. Por eso hago este periodismo. Me sería muy aburrido informar cómo mueve la pelvis el gobernador cuando baila o la fama que tiene. Me conmueve una madre de familia que tiene a su yerno, a un sobrino y a un cuñado desaparecido. Entonces que tiene a 8, es un caso real, 8 nietos a su cargo porque sus papás están desaparecidos. El reportero debe dejarse de esa moralina casi religiosa de la objetividad para involucrarse más en lo que a la gente le está preocupando y contar estas historias. Hay muchas historias valiosísimas de dignidad, de lucha que de manera cotidiana nosotros debemos rescatar de las calles o de las casas.

¿HA SIDO DIFÍCIL MANTENER EN UN MEDIO COMO RÍODOCE EN SINALOA… EN MÉXICO?

¡Sí!. Es un proyecto de locos de atar y estamos desatados. Es un periódico que no le debe dinero a nadie. Tiene 13 años circulando. Una parte de los ingresos, casi el 70% vienen de la venta del periódico. Tenemos 5 reporteros en Culiacán y 1 ó 2 más en Mochis, Mazatlán. Hay compañeros que mandan información desde CDMX. A todos les pagamos, no mucho por supuesto. Es un periódico crítico como una vez escribió Alejandra Almazán: Hacemos periodismo en la boca del lobo, porque estamos en la cuna del cartel de Sinaloa, la cuna del narcotráfico en México, de donde son los principales capos, de donde naciera alguna de las principales organizaciones.

Tenemos una clase política tan inculta, sin cultura de medios, sin cultura democrática hija del narco, peligrosísima porque además tiene poder y pueden ellos ordenar; pedir a alguien más, entiéndase al narco, que nos hagan daño y ellos aparecer con las manos limpias.  Pues sí, es muy complicado, es demencial. Pero yo creo que sería muy triste y una forma de morir si nosotros siendo periodistas no publicamos. Lo que publicamos obviamente nos guardamos muchas cosas, porque no sería bueno platicarlas con ustedes. Es un trabajo muy digno y muy difícil en un país en el que los ciudadanos no leen. ¡Es increíble!, nosotros publicamos información política muy fuerte, importantísima, y como no trae la portada información del narco, pues baja la circulación. A la gente hay cosas que no le preocupan. Tal vez sea la falta de ciudadanía  que existe en el país.

¿CÓMO COLOCAS CONCEPTOS COMO CIUDADANÍA Y DEMOCRACIA EN ESPACIOS COMO LOS QUE TIENE RÍODOCE?

Son de suma importancia. Por ejemplo: los medios, y eso que no se dice, construimos ciudadanía todos los días con lo que publicamos. Pero eso no lo ven los empresarios que apoyan el cambio democrático, porque apoyan a los candidatos para que éstos lleguen al poder. Apoyan a los partidos para que le den negocios. No hay una preocupación democrática honesta de parte de ellos. Nosotros no tenemos publicidad, hace falta que el periodismo crítico, valiente, que lo hay en México, lo acompañe la ciudadanía. No hay ciudadanía, no hay quien rebote, quien replique, quien le dé guarida, quien anide los textos y las historias que publicamos. Entonces se queda en el vacío, en el lote baldío, no trasciende y eso es peligroso. Los poderosos  saben entonces que si lo que hacemos no trasciende podemos seguir publicando lo que nos dé nuestra gana y puede pasarnos muchas cosas a nosotros y no pasar nada tampoco. Entonces parece sumamente peligroso. La ciudadanía, la democracia se construye en los medios, pasa por los medios. Es una trinchera cotidiana, permanente, pero no se le ha dado ese valor lamentablemente. Se cree que la democracia son elecciones, que la ciudadanía existe porque vota. Eso es un error, una visión muy pobre, muy pragmática  ciudadanía y democracia en México.

 

 

JAVIER VALDEZ CÁRDENAS Nació en Culiacán en 1967. Corresponsal del periódico La Jornada, reportero fundador del semanario Ríodoce. Algunas de sus crónicas han sido publicadas en Proceso, Gatopardo, Emeequis y Horizontal. Autor de los libros De azotea y olvidos, Malayerba- y en Editorial Aguilar publicó Miss Narco (finalista del premio Rodolfo Walsh, en la Semana Negra de Gijón, España, en 2010), Los morros del  narco, Levantones, Con una granada en la boca, Huérfanos del narco, en el que rescata historias de hijos desaparecidos y asesinados. Narco periodismo (2016)

En octubre de 2011, el Comité para la Protección de Periodistas (CPJ) le otorgó en Nueva York el Premio Internacional a la Libertad de Prensa 2011: “Por su valiente cobertura del narco y ponerle nombre y rostro a las víctimas”. Ese año, con el equipo Ríodoce, recibió el Premio “María Moors Cabot”, concedido por la prestigiosa Escuela de Periodismo de la Universidad de Columbia, Nueva York. En 2013, como parte de Ríodoce recibió el premio PEN Club a la Excelencia Editorial. En 2014 la revista Quién lo ubicó como uno de los 50 personajes que mueven a México y ese año fue jurado del Premio Nacional de Periodismo. En 2016 uno de sus textos se incluyó en el libro La orilla negra, de Ediciones del Serbal, en España.

Entrañable amigo, generoso, amoroso  y padre de tres hijos.

 

LOS DÍAS CON JAVIER