#SOCIALITERATURA: La dualidad del Diablo Guardian

Diablo

 

Roberto Galindo

 

La novela contiene dos historias que se desarrollan y entremezclan desde el inicio, en una está Rosa del Alba Rosas Valdivia, alias Violetta (1973-1998), y en la otra Pig. Violetta, una de las voces de la novela, nos introduce en la historia en el escenario casi final de la obra. En los capítulos pares ella, en primera persona, le cuenta su vida a Pig mediante un casette, en el que retrocede y avanza en los diversos tiempos de su vida de una manera vertiginosa, que a veces parece no tener sentido. Pig, la otra voz fundamental, cuenta su propia historia y la de Violetta en los capítulos impares, pero mediante un narrador extradiegético en tercera persona que contextualiza la historia de ambos. Pig tiene un discurso narrativo más ordenado que parte de su infancia, pasa por su juventud y llega hasta su edada adulta; aunque da saltos hacia el pasado si alguna circunstancia amerita la reflexión de su comportamiento o cuando sus fantasmas pretéritos lo asaltan y le generan paralelismos vivenciales.

  Rosa del Alba o Violetta es al mismo tiempo uno y dos personajes, y a veces una narra la vida de la otra dependiendo del nombre que utilice y de la geografía donde se encuentre. En México, y no por gusto, es Rosa del Alba, aunque con fugas a Violetta. En Estados Unidos, en Las Vegas y New York, es Violetta: la mujer que quiere borrar su origen, su “naconacionalidad”. Ella aborrece la mediocridad “clasemediera” de su familia e inicia su carrera delictiva desde adolescente al desnudarse por dinero para el hijo del jardinero, roba a su familia, se pierde en el alcohol, las drogas y la prostitución. Violetta siempre busca satisfactores inmediatos, placenteros y materiales, sin planificar nada, sin importar los altos precios (humillación, adicción y soledad) que deba pagar por obtenerlos. Interactúa con gente de mala calaña: sacerdotes estafadores, padrotes, dealers, pervertidos, ejecutivos y publicistas transas, matronas, juniors, policías corruptos y asesinos. Aunque en su camino también se encuentra con personajes que la ayudan, a esos los llama My hero, en Houston es Eric o Superman, pues no se puede decir que el Mario Bross de Las Vegas sea un héroe; y dos en México: el Capitán Bacardí y, por supuesto, Pig su verdadero y único salvador, su Diablo Guardián, quien la libera de Nefastófeles, el diablo maligno de la historia.

   Nacido en el seno de una familia de la clase alta Pig es un huérfano educado por su abuela, a la que llama Mamita, es introvertido, travieso, malicioso, viajero al azar, paseante de los bajos fondos de la Ciudad de México, pasajero eventual en el viaje de las drogas y publicista brillante con oficio de escritor fracasado –un prostituto intelectual–. Recorre una vida vacía y habita una casa semi-abandonada. Atisbando en los abismos de la podredumbre humana busca una novela que escribir. Pig encuentra en Violetta un hoyo negro insondable donde saltar, una incógnita, la droga de su vicio, el amor; ella es la historia que ha querido contar siempre. Una vez que se ha enamorado de Violetta debe matarla por deseo de ella, desaparecerla sin importar que eso signifique no verla más. Ella necesitaba, por supervivencia, comprar un héroe. Él requería salvar a alguien para darle sentido a su existencia. Es así como las vidas de estos dos seres se unen. Ellos se maltratan y se salvan de una sociedad que los ha puesto en medio del vicio, la corrupción, la prostitución y las drogas; donde el dinero importa más que la dignidad, que la familia, más que cualquier valor.

   Diablo Guardián describe la atribulada y vertiginosa manera de sobrevivir de dos jóvenes. Muestra la descomposición social y el retorno a la vida primitiva y salvaje a que estamos expuestos dentro de la globalización, debido en gran medida a la fragmentación de la familia. Fenómeno que no es nuevo, pero que Velasco ha logrado caracterizar a profundidad para nuestra sociedad en las postrimerías del siglo pasado. Además, a través de Pig, el escritor nos comparte la experiencia del proceso de escritura de su novela.

Roberto E. Galindo Domínguez

Maestro en apreciación y creación literaria, M. en C., literato, arqueólogo, diseñador gráfico. Cursa el doctorado en investigación y creación de novela en Casa Lamm. Miembro del taller literario La Serpiente. Escribe para Contralínea.

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#SOCIALITERATURA: La dualidad del Diablo Guardian

La violencia feminicida no es sólo asunto de mujeres

Maniquies

Marisabel Macias

Parece que existen seres aferrados a desaparecer nuestra Paz, entes sin el menor sentido ético (¿humano?), incluso sin la menor seña de arraigo o amor hacia nuestro estado; gente que ha estado dispuesta a vender, además de las playas y la tierra, la seguridad de la comunidad sudcaliforniana, a entregar la vida de muchos seres humanos a cambio de no sé qué “bien o recompensa”. Además, muchos otros han aprovechado el clima de violencia y la falta de justicia para actuar criminalmente a sus anchas. Debemos aceptarlo: vivimos en una guerra, sí… igual que el resto del país y las mujeres para no variar, somos parte del botín de esta.

En 2017 mataron a 70 mujeres en Baja California Sur. En nuestro país la cifra subió de 7 a 8 mujeres asesinadas cada día. Los primeros seis meses del año pasado aparecieron 914 mujeres asesinadas tan sólo en 17 estados de la República y en otros 5 desaparecieron al menos 3,174.

Según la Organización de las Naciones Unidas, 1 de cada 3 mujeres en el mundo sufre violencia física o sexual, por mencionar sólo dos tipos. La violencia de género es la principal causa de muerte en mujeres de entre 15 y 44 años en todo el mundo. Sí, la misoginia y el machismo matan más que el cáncer, la malaria, el VIH y las guerras…son una pandemia. Por eso hablar de violencia de género, de violencia feminicida, es un tema que apremia. Deberíamos estar indignadas y organizándonos; mínimamente alzando la voz a través de todos los medios y espacios. Proponiendo formas de cambio. Urge la sensibilización y la acción social: no es un asunto que nos atañe sólo a las mujeres.

¿A poco ya se nos olvidó? El mes pasado despertamos con la terrible noticia de otro feminicidio en Baja California Sur: Alejandra Izquierdo, una jovencita raptada, torturada y asesinada por un comando de hombres armados que entró a la florería donde ella trabajaba y se la llevó a la fuerza. Después encontraron a la joven con un alambre enrollando en la garganta. O la mujer “sin nombre” que acaba de aparecer masacrada hace días en la colonia Ladrillera, en La Paz; para colmo de males, algún diario sólo mencionó el accidente que tuvo la unidad paramédica al asistir para dar fe del asesinato.

Frente a este infierno ¿se ha hecho algo? Quizá la indignación de algunas personas en redes sociales, ciertas notas en periódicos locales dando detalles morbosos de lo ocurrido o invisibilizando a la víctima con sus títulos machistas. Es terrible que el asesinato o desaparición de más y más mujeres y niñas en este y otros lugares del mundo siga pasando… porque, al parecer, nada más pasa: ni justicia, ni freno, ni nada.

¿Qué debemos hacer para enfrentar esto? ¿Qué se puede hacer desde nuestro ser mujeres, ciudadanas, mamás, trabajadoras, cuidadoras, amigas, hermanas, hijas, vecinas, novias, artistas, profesoras…?

De inicio apelo a la reivindicación de la palabra; frente a esta crisis total de justicia, y en una tierra arrasada por la impunidad y la violencia, sólo se me ocurre comenzar a desmenuzar el tema, “ponerlo sobre la mesa” y esperar a que se abra un diálogo que pueda aterrizarse en acciones y cambios en los ámbitos públicos y privados. Desde cada una. Crear conciencia. Informarnos seriamente para saber lo que está sucediendo y de lo que estamos hablando. Cambiar el miedo por reales estrategias, no sólo para cuidarnos o defendernos, sino para empezar a exigir lo que, por derecho, nos toca.

Y hablo precisamente del “Derecho” porque resulta que para que la violencia feminicida se siga perpetuando basta con que las Instituciones y el Estado obstaculicen el acceso a la justicia de las propias víctimas, invaliden sus Derechos ciudadanos y humanos, y sigan protegiendo a los responsables, que sigan volteando hacia otro lado. Basta con que la sociedad misma siga permitiendo la reproducción de la violencia hacia las mujeres y niñas, legitimando de muchas formas un tejido social de relaciones asimétricas donde se reproduce y conserva una situación de subordinación de lo femenino ante el ejercicio de poder masculino en diversos ámbitos: el hogareño, comunitario, educativo, laboral y, como ya dije, el institucional. Parece que seguimos atrapadas en un tiempo en el que las mujeres no merecemos contar con derechos humanos porque, aunque se declare lo contrario, en el día a día se nos sigue cosificando, violentando, matando.

La violencia contra las mujeres ha sido una constante en la historia humana y un mecanismo efectivo mediante el cual se busca mantenernos en un estado de sumisión; es necesario que entendamos, a través de la reflexión y cuestionamientos, que esa organización social patriarcal, que pareciera natural, ha sido construida de manera violenta, forzada; y que a la mujer se nos ha preparado desde la infancia –a través de la educación y la formación– para asumir una condición de sometimiento frente a lo masculino. Lo anterior es algo tan somatizado que, además de natural, a veces se convierte en situaciones cómodas o imperceptibles para nosotras mismas. Por eso es importante tomar consciencia de que el machismo y la misoginia pueden estar en muchas partes, ser ejercidos por cualquier persona; debemos aprender a detectarlos y no sólo colocarnos las gafas moradas para examinar situaciones de vez en cuando, sino adoptar en cada momento, cada día, en cada ámbito, una mirada crítica, una defensa firme sobre nuestro lugar y trato; sobre los ideales que perseguimos de un mundo más justo, libre de violencia y en igualdad de condiciones.  Es urgente que cada una de nosotras haga algo.

Recuerden que la violencia feminicida se resguarda en la violencia moral, en cada constructo social que nos oprime o nos violenta; todo esto para generar en entorno a la mujer un ambiente de violencia persistente y progresiva; violencia de muchos tipos que, además, culminan arrebatando la vida a las mujeres que la padecen.

Insisto, nos están matando. Muchas mujeres vivimos con miedo de salir a la calle solas, de noche o de día, a cualquier lado donde no se nos acompañe ¿Cuál autonomía si salir es un riesgo? La violencia feminicida sigue viva y nos lo deja claro con cada cuerpo de mujer que aparece violado, torturado, asesinado; es una situación progresiva que se nutre del contexto criminal en el que vivimos subsumidas todas las personas en este estado, en este país.

Les propongo: dejémonos de resquemores y prejuicios frente al Feminismo; dejemos de juzgarnos entre mujeres y comencemos a formar redes de apoyo, de estudio, de defensa, de activismo. Dejemos de responsabilizar a las víctimas y quedarnos con la explicación facilona de que “seguro andaba en malos pasos”… Porque, por último, también quisiera recordar e insistir en un elemento importante de toda esta maraña de crímenes, algo que la antropóloga feminista Marcela Lagarde[1][2] deja muy claro: cuando hablamos de feminicidios, que es la culminación de la violencia contra las mujeres, estamos hablando también de un crimen de Estado, ya que este “no es capaz de garantizar la vida y la seguridad de las mujeres en general, quienes vivimos diversas formas y grados de violencia cotidiana a lo largo de la vida”.

¿Acaso ya se declaró la alerta de género en Baja California Sur, tal como lo exigió el Frente Feminista Nacional de Baja California Sur? O ¿qué se está haciendo para atender estos feminicidios recientes? ¿Qué estrategias están en marcha en este momento para evitar que se nos siga desapareciendo y asesinando a las mujeres?

__________

[1] Quien, además, contribuyó al desarrollo del concepto “feminicidio” desde el contexto mexicano, en específico a partir del fenómeno violento que se presentó en Ciudad Juárez. Marcela Lagarde se atrevió a ponerle nombre a dicho fenómeno; hasta antes de eso se utilizaba el término “femicidio”, de la traducción literal del inglés, como propuesta de Diana Russell, que enuncia: “femicidio: como el término femenino de homicidio; es decir, como un concepto que especifica el sexo de las víctimas”. La definición de Russell no aporta mucha información sobre el victimario y el contexto en el que se perpetra y perpetúa el crimen; gracias a Lagarde se transitó de “femicidio” a “feminicidio”. El término feminicidio abarca no sólo los crímenes contra mujeres de cualquier edad o condición, sino que habla de toda una estructura de violencia de género tanto de una construcción social de crímenes de odio contra las mujeres como de la impunidad que los ampara.

Diana Russell, que enuncia: “femicidio: como el término femenino de homicidio; es decir, como un concepto que especifica el sexo de las víctimas”. La definición de Russell no aporta mucha información sobre el victimario y el contexto en el que se perpetra y perpetúa el crimen; gracias a Lagarde se transitó de “femicidio” a “feminicidio”. El término feminicidio abarca no sólo los crímenes contra mujeres de cualquier edad o condición, sino que habla de toda una estructura de violencia de género tanto de una construcción social de crímenes de odio contra las mujeres como de la impunidad que los ampara.

[2] Aquí les dejo el enlace para la conferencia completa: https://www.youtube.com/watch?v=f3jsrOQYVKE&t=1763s

 

La violencia feminicida no es sólo asunto de mujeres

El tunde teclas y el periodismo gore

Diario

@cachobanzi

Regresé a BCS porque me dijeron que acá no mataban periodistas. Pero las cosas cambian. Antes amansaban a cualquiera con un convenio gordo y cómodo. No había amenazas. Había cómplices. ¿Para qué usar el plomo? Se trataba, más bien, de que todo quedara entre «amigos». El círculo rojo y el periodismo objetivo: un equilibrio entre poder (o poderes) y comunicación de masas, unidireccional, sin las inoportunas críticas en redes sociales a los medios oficiales, que legitimaban una mentira o una verdad. Pero la modernidad vino a interponerse.

   2014. Una balacera rompió el silencio en una vereda cercana a la carretera rumbo a Los Planes. Año decisivo, espacio de reestructuración en las formas de reportear la nota roja. El crimen organizado se dividía. Acontecimiento insólito que, sin embargo, no evitó del todo que la sección policíaca en los diarios locales siguiera rellenándose de boletines sobre choques y robos a casa habitación. Los homicidios serían declarados como casos aislados. La nota principal sería la vida del gobernante en turno, una cosa parecida a «un día en la vida de…».

   Ante la realidad innegable y el mutismo de los diarios oficiales, los sitios web de noticias adquirieron credibilidad y alcanzaron la categoría de plaza pública. Con tal de obtener clicks inmediatos, el morbo de la ciudadanía le vino bien a estas páginas. En las redes sociales aparecieron personajes que se posicionaron simplemente porque iban hasta la escena del crimen y la grababan personalmente, algo que no hacían los reporteros de policiaca hasta entonces. Dejó de ser imprescindible la página web. Un perfil de Facebook y un celular se volvieron material suficiente para convertirse en reportero. Las transmisiones en vivo comenzaron a dominar la escena y se acabó el papel primordial de los medios impresos, e incluso sus formatos digitales que, secreto a voces, querían respaldar una pseudorealidad impuesta por el poder. Las redes sociales le dieron a la ciudadanía, al fin, una herramienta para confrontar a los «expertos» de la comunicación y no sólo poner en tela de juicio sus publicaciones, sino ignorarlas y crear las propias.

   Al intentar analizar el papel del reportero en BCS, hay que tener en cuenta que éste se mueve en un espacio turístico, un edén para desarrolladores inmobiliarios, hoteleros y vacacionistas al estilo spring breaker. En la ciudad turística, patrón que se repite en otros destinos de México, la economía funciona legal e ilegalmente. Se prestan servicios, se ofrecen bienes, de manera regular, pero también de manera informal, al menos informal en el sentido de su legalidad. Por encima de los pequeños negocios ilegales se eleva el lavado de dinero, práctica que puede asociarse con grandes empresas de cualquier índole. Mientras tanto, las familias que migraron persuadidas por la esperanza del progreso, alcanzan una mal pagada neoservidubre. En una situación similar de pobreza el crimen organizado encuentra al personal necesario para perseverarse, ya no sólo como un cártel, sino como un sistema, un organismo.

   En medio de este escenario el periodista no ejerce libremente su profesión, al menos no con carácter investigatorio real, sino como transmisor, como decía, de las imágenes cruentas, que no obstante deben ser igualmente moderadas en su publicación, pues hay que dar una buena imagen de la región a los ojos de los inversores.

Reportar la barbarie

«Mataron al reportero Max Rodríguez», dijo ella. Tardé en asimilar la frase, pero en cuanto lo hice supe que ya nada sería igual. Contuve la respiración y recordé cuando Max me llamó preocupado para preguntarme cómo un corporativo de minería submarina me demandaba a mí, reportero menor de 30 años, por 20 millones de dólares. Su llamada fue un respaldo en aquel momento. Recordé también mis tiempos en Rosarito, Baja California, allá por 2008, cuando comencé a ser corresponsal de la nota policiaca. La muerte de Max desempolvó la principal razón por la que yo me había alejado de las noticias de ejectuados. Y es que en aquel tiempo ya se tenía en Baja California un registro de reporteros, columnistas y periodistas asesinados. No se trataba únicamente de presuntos narcos. El caso más sonado fue el del Gato Félix, del semanario Zeta de Tijuana, en 1998.

   A mis 24 años tuve la insólita prudencia de rechazar la adrenalina que te hace tomar un taxi, en plena madrugada, con el fin de sacar la mejor fotografía del nuevo muerto, tumbado por las balas. La experiencia es adictiva. Mi jefe editorial de entonces me había aconsejado que en cuestión de asesinatos evitara ciertos detalles y, en definitiva, no profundizara demasiado al redactar, por mi propia seguridad. Al llegar a La Paz me encontré, después de un tiempo, con aquella violencia de la que había huido. Intenté mirarla como parte de mi trabajo, retomarla como un tema, pero sabiendo que sería sólo por una temporada.

   A como yo miro las cosas, la violencia no parará. Me tocó ver desmoronarse el discurso del exgobernador Narciso Agúndez Montaño (2005-2011), aquel cínico comentario de que «a BCS los narcos sólo vienen a vacacionar». Vi cómo Marcos Covarrubias (2011-2014) reconocía por primera vez que «criminales» se enfrentaban a balazos en La Paz, pero tratando de minimizar ese hecho con posturas como «no le demos la imagen que no merece a BCS». Y, bueno, todos estamos experimentando cómo Carlos Mendoza Davis suministra su «medicina», junto a miles de militares en un presumible intento por frenar la carnicería que tiene nerviosos a los hoteleros y a nosotros mismos.

   El homicidio de Max es un acto brutal para el gremio periodístico, sobre todo para aquellos que a diario contabilizan los cadáveres del genocidio. Esos números que tanto irritan en cuanto más crecen, porque funcionan como insecticida que espanta a los inversores. A estas alturas, da la sensación de que cualquiera puede morir cuando menos lo espere, esté o no relacionado con una forma del narcotráfico. Las amenazas siguen y no es difícil imaginar quién será el siguiente.

   A raíz de la intimidación, directa o indirecta, hacer buen periodismo en BCS se complica cada vez más. Las reservas en la información, la prudencia obligada, son actitudes comprensibles cuando la cantidad de muertos se infla sin concesiones, afectando a los grupos criminales, como si fuese cosa «entre ellos» y afectando también a periodistas, policías, menores de edad, familiares de asesinados y a la tranquilidad general, que debería pertenecernos a todos pero que para nadie está garantizada.

   Con estas palabras que ahora leo quiero hacer un homenaje a los buenos y malos periodistas que a diario tratan de sobrevivir en el espeso ambiente del poder, mientras desde las butacas la gente espera al siguiente reportero para convertirlo en héroe o villano. En una situación como la que vive el estado y todo el país, la autocensura se convierte en un mal necesario, ya no sólo por uno mismo sino por quienes están junto a uno, en este rincón alejado.

La labor del reportero gore

Tunde las teclas y construye un retazo de lo que creemos nuestra realidad y nuestra verdad. Una de las tantas «verdades» que maquilan las redacciones, como parte del ejercicio de poder que la maquinaria imprime todos los días en el cuerpo social. En ocasiones, el tunde teclas es incitado por sus jefes a traspasar las líneas profesionales, con tal de enviar un mensaje al que no pagó el convenio. Con frecuencia se lo llevan entre las patas los políticos, los directores de medios de comunicación, los corporativos transnacionales y el crimen organizado.

   En Dispárenme como a Blancornelas, Daniel Bassave presenta una radiografía del fascinante y deteriorado cosmos de los de abajo, de la cadena trófica reporteril, de los tunde teclas. El tunde teclas es un cuerpo dócil, es otro soldado de Foucault, padeciendo la disciplina de los poderes sobre su cuerpo. El tunde teclas se somete. Si sobrevive dentro de la cañería del poder, puede ser utilizado, transformado y perfeccionado para fines específicos. Hay un control sobre el sujeto que emite los signos y da sentido a miles de individuos que forman la colectividad social; aquellos que buscan orden dentro del caos. Son ellas y ellos quienes reciben el mensaje, resultado de relaciones estratégicas; «el ejercicio del poder consiste en “conducir conductas” y en preparar la probabilidad (Foucault)».

   En caso de no cumplir con las encomiendas implícitas de su ejercicio, son eliminados. Javier Valdez, periodista recientemente asesinado en Culiacán, Sinaloa, afirmó que «los medios de comunicación y los reporteros son desechables: un acuerdo entre la autoridad –municipal, estatal o federal–, las presiones de un grupo político, un candidato o un dirigente de un partido, la extorsión empresarial y del mismo gobierno (…) El resultado siempre es el mismo: medios de comunicación que mueren, periodistas despedidos, comunicadores acusados y exhibidos públicamente. El destierro, siempre el destierro, aunque el reportero se quede a vivir donde siempre» (en entrevista con Wilbert Torre).

   El trabajo del tunde teclas se centra en el duro camino de cazar la nota. Como vemos, su margen de acción es limitado. Un obrero de la información que, en algunos casos, está convencido de tener unos gramos de poder en su bolsillo, del que se atascan los gobernantes en turno. Casta que en ocasiones es amigable, mientras que en otras se convierte en su más feroz ejecutora. Una relación ambivalente por la que transcurre su vida, que se disipa entre el olor a tinta y a ceniceros.

   Tampoco tiene horario. Su profesión y su vida se confunden más allá de una hora de entrada o salida. En los tiempos en que el Internet lo permea todo, el tunde teclas tuvo que adaptarse y trabajar con él. Dejó de presionar tanto botón y comenzó a transmitir la masacre, una masacre característica de la ciudad turística neoliberal. Martin Scarpacci (2015) en su artículo Ciudades estratégicas: entre el extractivismo y el narcotráficoLa violencia en el paradigmático caso de ciudad Rosario, expone la relación entre ciudad-región y región-resto del mundo, y en esta dialéctica señalará «la vinculación existente entre los mercados legales e ilegales de la economía y cómo ésta afecta a la ciudad modificando el espacio donde interactúan las personas con los medios de producción».

   El autor reflexiona sobre cómo el excedente capitalista de ambos negocios «se cristaliza en gran medida en la construcción edilicia o en grandes desarrollos inmobiliarios, pero también a nivel de uso de suelos, expandiendo innecesariamente la frontera urbana, subordinando al territorio y la ciudad a las lógicas especulativas de mercado». ¿Será posible considerar a Los Cabos o La Paz, al igual que Rosario, como enormes lavadoras de capitales?

   Sé que la ciudad turística neoliberal no es el tema central en esta ocasión, pero es ahí donde se entreteje la relación estratégica entre violencia, poder, medios de comunicación y crimen organizado. Es necesario intuir que el reportero se enfrenta a la era del periodismo gore. Los más de 100 ejecutados de octubre lo confirman, ¡y aun no acaba el mes! Los cuerpos desmembrados, las niñas y niños asesinados, las madres sin hijos, las hijas sin padres, las familias destruidas, la sangre seca de las calles, las narcofosas, el miedo.

   Sayak Valencia Triana (2012), utiliza el término «capitalismo gore» para visibilizar «la complejidad del entramado criminal en el contexto mexicano, y sus conexiones con el neoliberalismo exacerbado, la globalización, la construcción binaria del género como performance político y la creación de subjetividades capitalísticas, recolonizadas por la economía y representadas por los criminales y narcotraficantes mexicanos, que dentro de la taxonomía del capitalismo gore reciben el nombre de sujetos endriagos».

   Implicados en las relaciones del capitalismo gore, sobresalen «el derramamiento de sangre explícito e injustificado, el altísimo porcentaje de vísceras y desmembramientos, frecuentemente mezclados con la precarización económica, el crimen organizado, la construcción binaria del género y los usos predatorios de los cuerpos, todo esto por medio de la violencia más explícita como herramienta de “necroempoderamiento”» (Valencia, 2012).

   En este ambiente, el cuerpo humano se convierte en una mercancía necesaria al servicio del sistema económico paralelo. Asalariados criminales que buscan en automático un mejor estatus de vida. Una pequeña dosis de «felicidad». Este asalariado no necesita ser un experto en armas, ni siquiera ser mayor de edad. Requiere de un perfil cuyas características se reparten mayoritariamente entre la pobreza, la invisibilidad de oportunidades contundentes para «salir adelante», la educación cultural (el narco es un ideal) y el deseo de acceder a las recompensas de un sistema consumista que le permitiría gastar como un nuevo rico, aunque sea por un fin de semana, sin importar que sea el próximo en aparecer acribillado.

  El periodismo gore se caracteriza por un fácil acceso a smarthphones, magnificación de la tragedia y el performance de la muerte para sobresaltar las emociones. Con este nuevo elemento en el proceso de comunicación, se exalta la parte obscena del crimen organizado que, no obstante, no deja de reflejar aspectos más de fondo en la política, la economía y la cultura. Mientras tanto, la «narcomáquina» sostiene un diálogo de cadáveres e insensibiliza al espectador. A su vez, el periodismo gore legitima el proceso de «necroempoderamiento» e invisibiliza la precarización social.

  La transmisión en vivo encumbró el terror en nuestra mente. Una normalización y una justificación de la violencia. Manuel Castells (2009) afirma que «las noticias (especialmente las imágenes) pueden actuar como fuente de estímulos equivalente a las experiencias vividas. El odio, la ansiedad, el miedo y la euforia son especialmente estimulantes y también se retienen en la memoria a largo plazo».

  El periodismo gore evita cualquier crítica ética al ejercicio abusivo del poder, venga de donde venga; incluso sortea las estadísticas de reporteros asesinados. Prefiere el show mediático. Sayak Valencia Triana (2012) expuso cómo existe en el capitalismo gore «un entramado fuertemente ligado a los beneficios económicos que reporta tanto su ejecución como su espectacularización y posterior comercialización a través de los medios de comunicación. En el capitalismo gore la violencia se utiliza, al mismo tiempo, como una tecnología de control y como un gag que es también un instrumento político».

   El periodismo gore se escribe con miedo, con un alambre envuelto en el cuello y un cuchillo entre los dientes. Siendo el reportero un aparato desechable, se reducen sus capacidades de negociación o simplemente deja de tenerlas. Ya que es un ser incómodo dentro de la «narcomáquina», es necesario, para el buen funcionamiento de dicha máquina, eliminar las incomodidades. Un plomazo y adiós. Javier Valdez lo sabía bien:

   Las manos del reportero tiemblan, quiere escribir la verdad y la palabra «miedo» se anota sola, desea decir dónde, cuándo, quién, por qué…y la palabra «miedo» escupe burla, angustia, desilusión, olor a sangre o pestilencia de una casa de seguridad; el reportero tiene hijos, esposa, padres, hermanos, pero también tiene sus muertos y una mordaza, sus muertos y hambre y llanto y sed y una punzada en el pecho que le obliga reprimir algunas lágrimas, sabe que no puede escribir, no debe escribir, no siente escribir, no sabe escribir porque «miedo» es su casa, el periódico donde trabaja, la ciudad y el país donde vive, donde se esconde y miserablemente sobrevive, pero aun así le dice al teclado, «ándale, cabrón, no te agüites. Digamos lo que sabemos», pero sólo «miedo» aparece en la pantalla (Valdez, 2016).

   El reportero en el periodismo gore no es una persona, es un tunde teclas. Un sujeto descarnado de sí mismo, con un teléfono inteligente en la mano. Dislocado de su realidad, pero con la capacidad de captar otras realidades más violentas y trasladarlas al espacio virtual del que abrevan los curiosos ciudadanos que alimentan el miedo y la tristeza en sus casas de interés social, al ver la imposición del imperio de la violencia y darse cuenta que el presente y el futuro también están desmembrados.

Texto de Carlos G. Ibarra

Edición: Octavio Escalante

 

 

El tunde teclas y el periodismo gore

#LaCuchara: La renovación democrática desde el municipio libre

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Sandino Gámez

 

En Baja California Sur, como en el resto de México, existe una crisis de credibilidad sobre las instituciones públicas, la clase gobernante, los partidos políticos y la misma idea de la democracia.

  Esta crisis se refleja no sólo en la baja participación ciudadana en los procesos electorales, sino también la indiferencia de los ciudadanos sobre las acciones de gobierno y el estado de salud de las instituciones, las cuales se han deteriorado profundamente en las últimas décadas.

    La misma palabra “política” o “políticos” tiene una connotación comúnmente negativa, al grado de ser asociada directamente con la corrupción, el fraude o el robo de los recursos públicos.

   ¿Cómo recuperar (o generar) la confianza de los ciudadanos en sus instituciones y, en especial, en la política y la democracia?

  En primer lugar, es necesario garantizar que los representantes populares sean verdaderos representantes. En democracia eso sólo se consigue de manera esencial mediante su elección directa, así como sometiendo sus decisiones de mayor influencia social al escrutinio público.

    En México, la Constitución Política federal establece al municipio libre como la base jurídica organizativa territorial de nuestro país. En Baja California Sur, esta estructura básica carece de representación directa de la población en el ayuntamiento, pues el ciudadano sólo tiene acceso a votar por el presidente municipal.

    Los regidores, los integrantes el cuerpo colegiado que compone el cabildo y deciden por votación todos los asuntos de competencia municipal y que afectan de manera más directa al ciudadano, se registran en una fórmula que el ciudadano sólo conoce si da vuelta a la boleta para votar al presidente municipal.

     Así, tanto los regidores electos carecen de relación con el votante como el ciudadano carece de relación con sus supuestos representantes, quienes una vez instalados en el ayuntamiento deciden asuntos de suma gravedad, como la privatización del espacio público, la administración de los servicios públicos, las licencias de alcoholes o la planeación territorial y urbana.

    Una regiduría es el cargo de elección popular que influye de manera más directa e inmediata en el ciudadano, además de ser el primer escalón de un político de carrera. ¿Por qué entonces no tiene una relación directa con los ciudadanos a través del voto?

   Hemos visto en Baja California Sur diversos ayuntamientos cuyos regidores han funcionado más como agentes o empleados de empresas privadas o de grupos de interés privado. Sin embargo, dadas las reglas políticas actuales, han actuado con total impunidad, sin contar siquiera con un castigo político por sus acciones.

      Así, para renovar la cultura política de nuestro estado, dar representación política a los ciudadanos en el nivel más básico de gobierno y comenzar a cultivar la confianza del ciudadano sudcaliforniano la democracia, proponemos dos reformas a la Constitución Política del Estado Libre y Soberano de Baja California Sur:

      Uno. Elección directa por mayoría relativa de los regidores mediante subdistritos, en boleta diferente al presidente municipal, conservando la representación proporcional para las primeras minorías.

      Dos. Revocación o refrendo del mandato a la mitad del periodo de todos los cargos electos por voto popular en el estado y los municipios, con excepción del gobernador. Esto bajo el principio de que el voto ciudadano es un voto de confianza hacia el cargo electo y que, por lo tanto, el ciudadano debe poder retirarlo en el momento en que la ha perdido.

     ¿Quién puede estar en contra de estas propuestas para renovar la cultura política de Baja California Sur?

  Por supuesto: una parte importante de las cúpulas partidistas (de todas las denominaciones) y los grupos de poder fáctico, político o económico. Lo común es que las regidurías se utilicen como mercancía de cambio para obtener apoyos políticos o económicos.

  La revocación o refrendo de mandato es impensable que vaya a ser aceptada con docilidad también desde las cúpulas de los partidos políticos o grupos dominantes: existe la plena certeza en ellos de que el ciudadano debe aceptar que su participación se reduce a ir a votar cada tres años por quienes ellos han decidido que elija.

   Así se expresa también esta clase política y gobernante en el sentido de que es una “regla de la democracia representativa” que los cargos electos no tienen por qué cumplir sus promesas de campaña ni preguntar a sus representados en los asuntos que les atañen.

   Sin embargo, en Baja California Sur las propuestas de elección por voto directo de los regidores y la revocación o refrendo de mandato son factibles de llevarse a cabo mediante iniciativas ciudadanas gracias a los mecanismos establecidos por una nueva Ley de Participación Ciudadana de Baja California Sur recién promulgada.

  Ésta indica que si 1.5 por ciento de los ciudadanos inscritos en el padrón electoral estatal manifiestan por escrito su apoyo a estas iniciativas, el Congreso del Estado las debe recibir y discutir en su pleno. También la referida ley contiene los mecanismos de plebiscito para la promulgación de leyes o cambios constitucionales, de tal manera que incluso si los diputados estatales se resisten a aplicar estas herramientas tan naturales en una democracia los ciudadanos pueden obligar a su instauración, también, por la vía del voto.

   Ninguna de estas medidas es de aplicación sencilla dadas las costumbres, los vicios y la negativa expresa de las cúpulas partidistas, la mayoría de los políticos en cargos electos y, particularmente, los gobernantes actuales de Baja California Sur, pues son renuentes a abandonar el monopolio del poder público.

   Pero los ciudadanos sudcalifornianos tienen que considerar, especialmente en la crisis actual que vive su estado, si están dispuestos a quedarse cruzados de brazos viendo el deterioro o la destrucción completa de sus instituciones de gobierno, los servicios públicos y la credibilidad de la democracia electoral.

   Aquí conviene que el ciudadano sudcaliforniano recuerde las palabras del sabio Hillel, aunque hayan sido acuñadas hace dos mil años en el distante país de Palestina: “Si no somos nosotros, ¿quién? Y si no es ahora, ¿cuándo?

 

sandinogamez@gmail.com

#LaCuchara: La renovación democrática desde el municipio libre

Licenciado en Mangueras

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El Juan

¿Recuerdan cuando les decía: “es peligroso andar de manguera y creerse lo que no eres”? Le tocó a El Pirata de Culiacán comprobar que con el narco no se juega, ni se habla por hablar.

Esto fue hace años pero en La Paz, cuando yo estudiaba la carrera, había muchos amiguitos de estos. Los imagino como al fanático del fútbol que presume su camiseta de Ronaldo, su actitud, pero sin el Ferrari y las weras despampanantes, a él le importa una mierda quién eres o qué pretendes hacer con su imagen.

Lo mismo hacían estos niños en la universidad, pero con el narco. No solo hablaban y vestían como ellos, algunos hasta alucinaban que andaban en convoy con los carros de sus papas. Algunos discutían que cártel es mejor, seguro su afinidad con uno u otro se basaba en que se sentían de rancho, más cerca de Culiacán o Jalisco que paceños. La mayoría eran de Comondú, zona rural a unos 250 kilómetros al norte de Baja California Sur. Lo cual, es sumamente extraño, porque se sentían orgullosos de donde son y de donde vienen, pero a su vez sinceramente no lo puedo explicar, ni si quiera debería intentarlo.

En fin, no es el primero ni será el último de los mangueras que van a matar por ofender a un narco.

El fenómeno es triste y describe una realidad, la de muchos, que ven de este asunto una especie de juego de fútbol, en donde el mejor de los escenarios es que lleguen a un empate eterno y que así siga la cosa por intervención divina.

Por eso a mí me gusta el baseball, o ganas o pierdes. El estado mexicano debe encontrar una forma de ganar, porque el sueño de seguir empatados y extender el estatus quo, no se extinguió con la muerte de este personaje, pero es una muestra clarísima de que tal vez tu actitud frente al problema siendo tú un wannabe buchón aka (manguerita) es a todas luces errónea.

La pregunta de siempre: ¿qué esperabas? ¿Flores? Seguro que alguien le pone un par a la tumba de un huérfano que comenzó a trabajar en una cocina a los 14 años en lo que se convertía en una “celebridad” de Facebook por beber whiskey y decir:

“Así nomás quedó”

(Sólo que sin acentos)

Licenciado en Mangueras

Me gusta sangrar

mujeres-de-1960

Marisabel Macías

Contar historias de todo tipo es el mejor modo que encontramos los seres humanos, desde el principio de los tiempos, para entendernos y entender el mundo en que vivimos. O por lo menos intentarlo.

Y como la última semana después de muchos años de no padecer por esto, me agarraron unos cólicos tremendos debido a la menstruación, pues decidí compartirles en esta columna un breve relato sobre la deconstrucción y desmitificación de “La Regla”. Sí, de la sangre femenina más olorosa. Sonrío.

Les cuento el siguiente cuento, precisamente queriendo compartir una nueva mirada sobre este flujo rojizo nuestro, que sé que a muchas de nosotras nos ha hecho llorar o jalarnos los cabellos; les comparto este relatito-reflexión con el único propósito de considerar nuevas perspectivas en relación a uno de los más bellos procesos de nuestro cuerpo:

La menstruación. Que es como nuestra fiel compañera, por años nos acompaña, nos da la lata, nos recuerda que estamos saludables, pero que pese a todo esto parece que nos empeñamos en esconderla. Bueno, eso no se nos ocurrió a nosotras, lo que pasa es que nos han dicho, de una u otra forma, que hablar de ello no es políticamente correcto, que da asco, que esa sangre apesta, que avergüenza, que es raro, que nos pone histéricas.

Lo que creo es que cuando menstruamos no funcionamos mucho en nuestros roles cotidianos: “no podemos ser amantes”, “sirvientas”, floreros, trofeos, madres plenas; quizá por eso a algunos les molesta; quizá por eso, la sangre que derrama mensualmente mi endometrio, durante días, no les parece indiferente, sino que se convierte en tema tabú automáticamente; incluso dentro de la convivencia entre mujeres; mira que me acuerdo bien, y ahora lo veo con mis sobrinas, cómo anda una pasando la toalla femenina como si fuesen anfetaminas. ¡Ay, la regla!

Fíjense, yo menstrué a los once años, y el primer año me bajó durante diez o doce días, me la pasaba llorando, deprimida, envuelta en una cobija y acomodada en la orilla de la cama, tirada. Sólo caminaba del colchón al baño, al sillón, y de regreso al colchón; dicen que mi semblante era más amarillo que de costumbre. La pasé mal durante muchos años. Tuve que convencer a mi mamá de que me llevara al ginecólogo, ella no podía concebir la idea de que su niña fuese vista “en ese sentido” por un médico; ella creía que el ginecólogo sólo atiende a mujeres “señoras”. ¡Mi madre preciosa! El caso es que desde pequeña anduve en esos menesteres; y de verdad que detestaba la sangre que emanaba. Recuerdo momentos en los que odiaba la idea de ser mujer y pasar por eso cada mes. Y es que a mí nadie me dijo nada, el “periodo” me agarró desprevenida; a lo más que llegué fue a tener al lado a mi padre diciéndome que era normal, que a todas las mujeres nos pasaba y que estaba bien. Que todo iba a pasar. Fueron años terribles, padeciendo un proceso que en realidad puede ser visto como algo bello.

Pero cómo podía disfrutarlo si incluso los demás me habían clasificado como una mujer con “MM”: “Menstruación Monstruosa”… Y yo sólo me preguntaba ¿Cómo no nos va a cambiar el humor con todo lo que trae consigo la regla? ¿Cómo no llorar o pelear con todos? Me sentía rehén de mis emociones, aquello era terrorismo hormonal… Pero bueno, ahora que desde mis treinta y cinco años lo veo, tampoco es una regla general que un cólico menstrual me haga perder la paciencia más rápido que de costumbre, o que eso les pase a todas las mujeres. Cada mujer vivir a su forma esos días. Y respecto a mí, pues yo soy de mecha corta en esos días u otro cualquiera. O mejor dicho: una injusticia o cualquier acto violento, en cualquier día de mí mes, puede provocar una rotunda respuesta. Entonces, una vez dicho todo esto, aclarando mi mal humor nato, a donde quiero ir es a compartirles lo maravilloso que es el Universo, y cómo desde que yo descubrí cierta sabiduría menstrual, que me ha llevado a vivir mis ciclos de manera más consciente y amorosa, pues también se me han presentado oportunidades de poner en práctica esta nueva significación de la sangre nuestra.

Es que entre tanta alegría y aceptación, pues, conocí a una mujer que me comió todita en esos días, delicioso, sin que yo se lo pidiera, ¡eh!, ella solita con su boquita de vampiresa.
¿Les cuento?… Iré directo al clímax, y allí me gustaría redundar, disfrutar en círculo, como el beso que me dio. Un beso de esos. De esos que son espiral, abismo. Piensen en esto: una habitación; dos mujeres; un colchón en el suelo; alcohol; mariguana; sangre; besos. Besos muy largos.

Al principio no nos encontrábamos, nuestros cuerpos eran torpes, nos movíamos de aquí para allá, había jalones, frases cortadas, invitaciones a acomodarse, un desastre, como muchas primeras veces.

La conocí ese lunes, me ofreció un plan de seguro en la entrada del banco; yo sólo iba a cambiar un cheque, y realmente llevaba prisa; pero no pude evitar demorarme en su mirada, en su forma de sonreírme. Pude ver algo en sus ojos, sentir algo, que me hizo detenerme y pedirle que me explicara más, que me hablara. No crean que yo acostumbro hacer esto, fue un impulso, un deseo tremebundo.

Mientras ella me explicaba no sé qué cosa, yo podía escuchar la respiración acelerada de las dos; apenas y nos rozábamos las rodillas o la mano. Pero había algo más, yo tenía claro que aquello nunca antes lo había experimentado, comencé a sentirme claramente excitada, quería olerla, ver a través de su delgada blusa de seda. Terminamos intercambiando números telefónicos. No pasaron muchos mensajes para que ella aceptara venir a mi departamento. Yo no medité mucho los planes, sólo me vencí ante las pasiones. Le invité un café. Aceptó. Cuando le abrí la puerta de mi “casita”, le sonreí como si quisiera comérmela. Debo admitir que yo nunca había estado así con una mujer, sólo había fajado con otras chicas, pero en plan de amigas ya saben.

Esa primera tarde, según yo no pasaría nada porque yo estaba en mis días; lo que yo no sabía era que a esta mujer boca de fresa, también sabe disfrutar del sabor a metal que fluye de entre mis piernas. Les aseguro que le insistí que lo considerara, bueno, por lo menos un par de veces le dije, le advertí que había sangre, y ella respondió que no había fluido mío que no se le antojara… Aquello me puso a levitar, me imaginé en el techo, chorreando con mi sangre su hermoso cuerpo.

Le abrí las puertas al jardín de óvulos caídos, de lluvia carmín, al torrente de vida. Ella entró con curiosidad felina, disfrutando de cada rincón, silbando una melodía. Su boca se presentó feliz, gustosa; me arrebató palpitante. Su lengua entró como danzante. Luego me devoró, conocí el hambre de sus dientes. Le ofrendé a sus labios un manjar de anturios y betabeles.

Con su boca de vampira, con su cuerpo pintándose con el mío, me inventó una ruta de lunares.

Y así han pasado ya muchas lunas. La han visto devorarme. Saborear mi sangre. Sincronizarnos en la marea. Encontrarnos cada ciertos días, reinventar los rituales.
Me gusta estar sangrando, me gusta sentirla cerca.

¡Si usted se siente escandalizado o escandalizada por el anterior relato, absténgase de opiniones retrógradas, misóginas o simplemente hirientes. Por el contrario le sugiero, sólo seguir en lo suyo, no opinar de lo que no sabe; y jamás lamer o besar coños sangrantes!

 

Me gusta sangrar

Miedo es lo que queda

militarización

@cachobanzi (Twitter)

Miedo es lo que queda. Salir de noche con la sensación de que en cualquier momento una bala te alcance, un proyectil perdido de alguna disputa entre esos jóvenes que mueren a diario en La Paz. Sientes miedo cuando ves a esos uniformados empuñando sus poderosas armas por las calles. La ciudad es un gran matadero y, nosotros, la próxima res en ser sacrificada, porque en el estado actual, en automático, como ya lo he dicho, eres un sospechoso. Incluso, tú desconfías del otro, ¿qué tal si es uno de esos ‘violentos’? La violencia que genera nuestros miedos sirve también para justificar la Ley de Seguridad Interior.

La violencia se entierra en nuestras mentes y parece reproducirse de manera intensa en un Estado nación doblegado por el crimen organizado, pero sabemos que esto no es así.  Más bien es que no les importa. Vivimos en una democracia militar que hasta hoy logra su legitimación. Con los militares sueltos, la disminución de la violencia no bajó en los 10 años de la supuesta guerra contra el narcotráfico, sino que se intensificó. Con la aprobación de la Ley de Seguridad Interior no sólo se legaliza el actuar de las fuerzas armadas, sino que es una contraposición de las recomendaciones de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y del Sistema Interamericano de Derechos Humanos o por lo menos, esto declara la Coordinación alemana de Derechos Humanos en México: “existe el peligro que aumenten aún más las violaciones de derechos humanos y persista la amenaza para defensores y defensoras de los derechos humanos”.

México tiene una larga lista de violaciones de derechos humanos de los elementos de las fuerzas armadas. Desde la consolidación del régimen priísta, las botas militares pisoteaban las protestas de estudiantes, mujeres, pueblos originarios, campesinos, maestros, activistas sociales, obreros, pero de alguna forma siempre volvían a sus cuarteles. Con Felipe Calderón (2006-2012) la “guerra contra el crimen organizado” las botas militares tomaron las calles perfilando un sombrío futuro, el cual, hoy se impone como nuestro presente. Al ser el patio trasero de Estados Unidos, nuestra nación tuvo que disciplinarse a las políticas globales de seguridad tanto interna como externamente.

¿Cómo afectará la violencia y la militarización en la participación ciudadana en BCS? ¿Cuál será el nuevo escenario de la protesta social? Aquí la ciudadanía libra luchas en contra enormes desarrollos turísticos-inmobiliarios o proyectos de minería a gran escala potencialmente destructivos convirtiendo a los territorios que ocupan en áreas de sacrificio para el sistema neoliberal actual. También se une a movilizaciones nacionales desde distintos sectores sociales y políticos, pero hoy enfrentan un panorama muy distinto, en el que la violencia toma un papel central generando una parálisis colectiva que, a su vez,  justifica la salida de soldados de los cuarteles, aunque signifique violar la Constitución.

Si retomamos lo dicho por Pilar Calveiro, los Estados centrales controlan instancias como el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial, a través de los cuales se establece un discurso de poder que deben obedecer países como México. Para un mejor control global y facilitar la expansión de las corporaciones, las fuerzas militares al final se convierten en aparatos de represión y control social; a través de la “guerra contra el crimen” (así como la “guerra contra el terrorismo”) es más fácil aplicar una violencia represiva. Calveiro afirma que ambas son una construcción del poder global; “estas ‘guerras’ tienen el objeto de justificar la violencia estatal necesaria para intervenir en cualquier lugar del planeta y de la sociedad, haciéndolas funcionales al sistema global”.

El miedo sigue su avanzada en las subjetividades de cada uno de nosotros. La muerte de Silvestre de la Toba, presidente de la Comisión Estatal de Derechos Humanos (CEDH) impacta por su amargo simbolismo. Un presagio que se cumple días después con la aprobación de la Ley de Seguridad Interior que posibilita encasillar a cualquier conducta social como un riesgo a la seguridad interior del país. Esto no lo digo yo, lo advierte la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) que detectó serias imprecisiones conceptuales “al mezclar el ámbito de la Seguridad Nacional con la Seguridad Interior; (…) no habría criterios objetivos sino una facultad discrecional genérica”.

Los legisladores priistas aceleraron la votación de la ley para certificar el andar del ejército en las calles, pese a que la estrategia de Felipe Calderón en 2006, no arroja los resultados previstos, sino más bien incrementó la violencia y las quejas ante la CNDH por violaciones de elementos castrenses. No sólo eso, como lo señala Salvador Maldonado (2012), las disposiciones neoliberales en las políticas de ajuste estructural de México y la reestructuración económica, social y política provocaron una configuración ideal para un mercado exitoso de ilegalidades. La CNDH había recibido casi 10.000 denuncias de abusos perpetrados por miembros del Ejército desde 2006, incluidas más de 2.000 durante el gobierno actual, hasta julio de 2016, informó Human Rights Watch.

Maldonado en el artículo La militarización neoliberal de la seguridad y la guerra contra el narcotráfico en México  de Arsinoé Orihuela Ochoa, expresa que la “guerra contra el narcotráfico” es una violencia estatal que tiene como objetivos ocupar, despoblar y reordenar territorios”. Además, se trata de un jugoso negocio armamentístico que entre 2007 y 2011 en México significó un gasto en acciones para garantizar la seguridad de 255 108 280 000 pesos; “la guerra contra el narcotráfico, no obstante, inauguraría una fuente de legitimación para esta política gubernamental para la duplicación de recursos públicos asignados señaladamente a tres dependencias: Seguridad Pública, Defensa Nacional y Marina”.

Entonces, ¿es la violencia una estrategia para desestabilizar la organización de protestas y resistencias sociales en BCS? Por ahora no lo sabremos, pero la Ley de Seguridad Interior nos pone en total vulnerabilidad, viviremos bajo sospecha, viviremos en un régimen democrático. Las entidades federativas, si así lo desean, podrá solicitar a la federación una intervención del ejército y la marina en zonas conflictos. Esto no es nuevo, en Sudamérica se repiten las escenas del uso de las fuerzas castrenses contra la sociedad civil.

El artículo 7, por ejemplo, señala que en los casos de perturbación grave de la paz pública o de cualquier otro que ponga a la sociedad en grave peligro o conflicto, y cuya atención requiera la suspensión de derechos, se estará a lo dispuesto en el artículo 29 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos y leyes respectivas”. Sin embargo, en el artículo 8 precisa que “las movilizaciones de protesta social o las que tengan un motivo político-electoral que se realicen pacíficamente de conformidad con la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, bajo ninguna circunstancia serán consideradas como Amenazas a la Seguridad Interior, ni podrán ser materia de declaratoria de protección a la seguridad interior”. ¿Una movilización ciudadana contra un proyecto minero será un asunto que atente contra la seguridad interior?

¿Tendrá el miedo el poder de desarticular los futuros movimientos en defensa de la vida que confronta a grandes corporativos?

 

Link de interés:

La militarización neoliberal de la seguridad y la guerra contra el narcotráfico en México

http://revistas.uv.mx/index.php/Clivajes/article/view/1084/2000

Miedo es lo que queda