El tunde teclas y el periodismo gore

Diario

@cachobanzi

Regresé a BCS porque me dijeron que acá no mataban periodistas. Pero las cosas cambian. Antes amansaban a cualquiera con un convenio gordo y cómodo. No había amenazas. Había cómplices. ¿Para qué usar el plomo? Se trataba, más bien, de que todo quedara entre «amigos». El círculo rojo y el periodismo objetivo: un equilibrio entre poder (o poderes) y comunicación de masas, unidireccional, sin las inoportunas críticas en redes sociales a los medios oficiales, que legitimaban una mentira o una verdad. Pero la modernidad vino a interponerse.

   2014. Una balacera rompió el silencio en una vereda cercana a la carretera rumbo a Los Planes. Año decisivo, espacio de reestructuración en las formas de reportear la nota roja. El crimen organizado se dividía. Acontecimiento insólito que, sin embargo, no evitó del todo que la sección policíaca en los diarios locales siguiera rellenándose de boletines sobre choques y robos a casa habitación. Los homicidios serían declarados como casos aislados. La nota principal sería la vida del gobernante en turno, una cosa parecida a «un día en la vida de…».

   Ante la realidad innegable y el mutismo de los diarios oficiales, los sitios web de noticias adquirieron credibilidad y alcanzaron la categoría de plaza pública. Con tal de obtener clicks inmediatos, el morbo de la ciudadanía le vino bien a estas páginas. En las redes sociales aparecieron personajes que se posicionaron simplemente porque iban hasta la escena del crimen y la grababan personalmente, algo que no hacían los reporteros de policiaca hasta entonces. Dejó de ser imprescindible la página web. Un perfil de Facebook y un celular se volvieron material suficiente para convertirse en reportero. Las transmisiones en vivo comenzaron a dominar la escena y se acabó el papel primordial de los medios impresos, e incluso sus formatos digitales que, secreto a voces, querían respaldar una pseudorealidad impuesta por el poder. Las redes sociales le dieron a la ciudadanía, al fin, una herramienta para confrontar a los «expertos» de la comunicación y no sólo poner en tela de juicio sus publicaciones, sino ignorarlas y crear las propias.

   Al intentar analizar el papel del reportero en BCS, hay que tener en cuenta que éste se mueve en un espacio turístico, un edén para desarrolladores inmobiliarios, hoteleros y vacacionistas al estilo spring breaker. En la ciudad turística, patrón que se repite en otros destinos de México, la economía funciona legal e ilegalmente. Se prestan servicios, se ofrecen bienes, de manera regular, pero también de manera informal, al menos informal en el sentido de su legalidad. Por encima de los pequeños negocios ilegales se eleva el lavado de dinero, práctica que puede asociarse con grandes empresas de cualquier índole. Mientras tanto, las familias que migraron persuadidas por la esperanza del progreso, alcanzan una mal pagada neoservidubre. En una situación similar de pobreza el crimen organizado encuentra al personal necesario para perseverarse, ya no sólo como un cártel, sino como un sistema, un organismo.

   En medio de este escenario el periodista no ejerce libremente su profesión, al menos no con carácter investigatorio real, sino como transmisor, como decía, de las imágenes cruentas, que no obstante deben ser igualmente moderadas en su publicación, pues hay que dar una buena imagen de la región a los ojos de los inversores.

Reportar la barbarie

«Mataron al reportero Max Rodríguez», dijo ella. Tardé en asimilar la frase, pero en cuanto lo hice supe que ya nada sería igual. Contuve la respiración y recordé cuando Max me llamó preocupado para preguntarme cómo un corporativo de minería submarina me demandaba a mí, reportero menor de 30 años, por 20 millones de dólares. Su llamada fue un respaldo en aquel momento. Recordé también mis tiempos en Rosarito, Baja California, allá por 2008, cuando comencé a ser corresponsal de la nota policiaca. La muerte de Max desempolvó la principal razón por la que yo me había alejado de las noticias de ejectuados. Y es que en aquel tiempo ya se tenía en Baja California un registro de reporteros, columnistas y periodistas asesinados. No se trataba únicamente de presuntos narcos. El caso más sonado fue el del Gato Félix, del semanario Zeta de Tijuana, en 1998.

   A mis 24 años tuve la insólita prudencia de rechazar la adrenalina que te hace tomar un taxi, en plena madrugada, con el fin de sacar la mejor fotografía del nuevo muerto, tumbado por las balas. La experiencia es adictiva. Mi jefe editorial de entonces me había aconsejado que en cuestión de asesinatos evitara ciertos detalles y, en definitiva, no profundizara demasiado al redactar, por mi propia seguridad. Al llegar a La Paz me encontré, después de un tiempo, con aquella violencia de la que había huido. Intenté mirarla como parte de mi trabajo, retomarla como un tema, pero sabiendo que sería sólo por una temporada.

   A como yo miro las cosas, la violencia no parará. Me tocó ver desmoronarse el discurso del exgobernador Narciso Agúndez Montaño (2005-2011), aquel cínico comentario de que «a BCS los narcos sólo vienen a vacacionar». Vi cómo Marcos Covarrubias (2011-2014) reconocía por primera vez que «criminales» se enfrentaban a balazos en La Paz, pero tratando de minimizar ese hecho con posturas como «no le demos la imagen que no merece a BCS». Y, bueno, todos estamos experimentando cómo Carlos Mendoza Davis suministra su «medicina», junto a miles de militares en un presumible intento por frenar la carnicería que tiene nerviosos a los hoteleros y a nosotros mismos.

   El homicidio de Max es un acto brutal para el gremio periodístico, sobre todo para aquellos que a diario contabilizan los cadáveres del genocidio. Esos números que tanto irritan en cuanto más crecen, porque funcionan como insecticida que espanta a los inversores. A estas alturas, da la sensación de que cualquiera puede morir cuando menos lo espere, esté o no relacionado con una forma del narcotráfico. Las amenazas siguen y no es difícil imaginar quién será el siguiente.

   A raíz de la intimidación, directa o indirecta, hacer buen periodismo en BCS se complica cada vez más. Las reservas en la información, la prudencia obligada, son actitudes comprensibles cuando la cantidad de muertos se infla sin concesiones, afectando a los grupos criminales, como si fuese cosa «entre ellos» y afectando también a periodistas, policías, menores de edad, familiares de asesinados y a la tranquilidad general, que debería pertenecernos a todos pero que para nadie está garantizada.

   Con estas palabras que ahora leo quiero hacer un homenaje a los buenos y malos periodistas que a diario tratan de sobrevivir en el espeso ambiente del poder, mientras desde las butacas la gente espera al siguiente reportero para convertirlo en héroe o villano. En una situación como la que vive el estado y todo el país, la autocensura se convierte en un mal necesario, ya no sólo por uno mismo sino por quienes están junto a uno, en este rincón alejado.

La labor del reportero gore

Tunde las teclas y construye un retazo de lo que creemos nuestra realidad y nuestra verdad. Una de las tantas «verdades» que maquilan las redacciones, como parte del ejercicio de poder que la maquinaria imprime todos los días en el cuerpo social. En ocasiones, el tunde teclas es incitado por sus jefes a traspasar las líneas profesionales, con tal de enviar un mensaje al que no pagó el convenio. Con frecuencia se lo llevan entre las patas los políticos, los directores de medios de comunicación, los corporativos transnacionales y el crimen organizado.

   En Dispárenme como a Blancornelas, Daniel Bassave presenta una radiografía del fascinante y deteriorado cosmos de los de abajo, de la cadena trófica reporteril, de los tunde teclas. El tunde teclas es un cuerpo dócil, es otro soldado de Foucault, padeciendo la disciplina de los poderes sobre su cuerpo. El tunde teclas se somete. Si sobrevive dentro de la cañería del poder, puede ser utilizado, transformado y perfeccionado para fines específicos. Hay un control sobre el sujeto que emite los signos y da sentido a miles de individuos que forman la colectividad social; aquellos que buscan orden dentro del caos. Son ellas y ellos quienes reciben el mensaje, resultado de relaciones estratégicas; «el ejercicio del poder consiste en “conducir conductas” y en preparar la probabilidad (Foucault)».

   En caso de no cumplir con las encomiendas implícitas de su ejercicio, son eliminados. Javier Valdez, periodista recientemente asesinado en Culiacán, Sinaloa, afirmó que «los medios de comunicación y los reporteros son desechables: un acuerdo entre la autoridad –municipal, estatal o federal–, las presiones de un grupo político, un candidato o un dirigente de un partido, la extorsión empresarial y del mismo gobierno (…) El resultado siempre es el mismo: medios de comunicación que mueren, periodistas despedidos, comunicadores acusados y exhibidos públicamente. El destierro, siempre el destierro, aunque el reportero se quede a vivir donde siempre» (en entrevista con Wilbert Torre).

   El trabajo del tunde teclas se centra en el duro camino de cazar la nota. Como vemos, su margen de acción es limitado. Un obrero de la información que, en algunos casos, está convencido de tener unos gramos de poder en su bolsillo, del que se atascan los gobernantes en turno. Casta que en ocasiones es amigable, mientras que en otras se convierte en su más feroz ejecutora. Una relación ambivalente por la que transcurre su vida, que se disipa entre el olor a tinta y a ceniceros.

   Tampoco tiene horario. Su profesión y su vida se confunden más allá de una hora de entrada o salida. En los tiempos en que el Internet lo permea todo, el tunde teclas tuvo que adaptarse y trabajar con él. Dejó de presionar tanto botón y comenzó a transmitir la masacre, una masacre característica de la ciudad turística neoliberal. Martin Scarpacci (2015) en su artículo Ciudades estratégicas: entre el extractivismo y el narcotráficoLa violencia en el paradigmático caso de ciudad Rosario, expone la relación entre ciudad-región y región-resto del mundo, y en esta dialéctica señalará «la vinculación existente entre los mercados legales e ilegales de la economía y cómo ésta afecta a la ciudad modificando el espacio donde interactúan las personas con los medios de producción».

   El autor reflexiona sobre cómo el excedente capitalista de ambos negocios «se cristaliza en gran medida en la construcción edilicia o en grandes desarrollos inmobiliarios, pero también a nivel de uso de suelos, expandiendo innecesariamente la frontera urbana, subordinando al territorio y la ciudad a las lógicas especulativas de mercado». ¿Será posible considerar a Los Cabos o La Paz, al igual que Rosario, como enormes lavadoras de capitales?

   Sé que la ciudad turística neoliberal no es el tema central en esta ocasión, pero es ahí donde se entreteje la relación estratégica entre violencia, poder, medios de comunicación y crimen organizado. Es necesario intuir que el reportero se enfrenta a la era del periodismo gore. Los más de 100 ejecutados de octubre lo confirman, ¡y aun no acaba el mes! Los cuerpos desmembrados, las niñas y niños asesinados, las madres sin hijos, las hijas sin padres, las familias destruidas, la sangre seca de las calles, las narcofosas, el miedo.

   Sayak Valencia Triana (2012), utiliza el término «capitalismo gore» para visibilizar «la complejidad del entramado criminal en el contexto mexicano, y sus conexiones con el neoliberalismo exacerbado, la globalización, la construcción binaria del género como performance político y la creación de subjetividades capitalísticas, recolonizadas por la economía y representadas por los criminales y narcotraficantes mexicanos, que dentro de la taxonomía del capitalismo gore reciben el nombre de sujetos endriagos».

   Implicados en las relaciones del capitalismo gore, sobresalen «el derramamiento de sangre explícito e injustificado, el altísimo porcentaje de vísceras y desmembramientos, frecuentemente mezclados con la precarización económica, el crimen organizado, la construcción binaria del género y los usos predatorios de los cuerpos, todo esto por medio de la violencia más explícita como herramienta de “necroempoderamiento”» (Valencia, 2012).

   En este ambiente, el cuerpo humano se convierte en una mercancía necesaria al servicio del sistema económico paralelo. Asalariados criminales que buscan en automático un mejor estatus de vida. Una pequeña dosis de «felicidad». Este asalariado no necesita ser un experto en armas, ni siquiera ser mayor de edad. Requiere de un perfil cuyas características se reparten mayoritariamente entre la pobreza, la invisibilidad de oportunidades contundentes para «salir adelante», la educación cultural (el narco es un ideal) y el deseo de acceder a las recompensas de un sistema consumista que le permitiría gastar como un nuevo rico, aunque sea por un fin de semana, sin importar que sea el próximo en aparecer acribillado.

  El periodismo gore se caracteriza por un fácil acceso a smarthphones, magnificación de la tragedia y el performance de la muerte para sobresaltar las emociones. Con este nuevo elemento en el proceso de comunicación, se exalta la parte obscena del crimen organizado que, no obstante, no deja de reflejar aspectos más de fondo en la política, la economía y la cultura. Mientras tanto, la «narcomáquina» sostiene un diálogo de cadáveres e insensibiliza al espectador. A su vez, el periodismo gore legitima el proceso de «necroempoderamiento» e invisibiliza la precarización social.

  La transmisión en vivo encumbró el terror en nuestra mente. Una normalización y una justificación de la violencia. Manuel Castells (2009) afirma que «las noticias (especialmente las imágenes) pueden actuar como fuente de estímulos equivalente a las experiencias vividas. El odio, la ansiedad, el miedo y la euforia son especialmente estimulantes y también se retienen en la memoria a largo plazo».

  El periodismo gore evita cualquier crítica ética al ejercicio abusivo del poder, venga de donde venga; incluso sortea las estadísticas de reporteros asesinados. Prefiere el show mediático. Sayak Valencia Triana (2012) expuso cómo existe en el capitalismo gore «un entramado fuertemente ligado a los beneficios económicos que reporta tanto su ejecución como su espectacularización y posterior comercialización a través de los medios de comunicación. En el capitalismo gore la violencia se utiliza, al mismo tiempo, como una tecnología de control y como un gag que es también un instrumento político».

   El periodismo gore se escribe con miedo, con un alambre envuelto en el cuello y un cuchillo entre los dientes. Siendo el reportero un aparato desechable, se reducen sus capacidades de negociación o simplemente deja de tenerlas. Ya que es un ser incómodo dentro de la «narcomáquina», es necesario, para el buen funcionamiento de dicha máquina, eliminar las incomodidades. Un plomazo y adiós. Javier Valdez lo sabía bien:

   Las manos del reportero tiemblan, quiere escribir la verdad y la palabra «miedo» se anota sola, desea decir dónde, cuándo, quién, por qué…y la palabra «miedo» escupe burla, angustia, desilusión, olor a sangre o pestilencia de una casa de seguridad; el reportero tiene hijos, esposa, padres, hermanos, pero también tiene sus muertos y una mordaza, sus muertos y hambre y llanto y sed y una punzada en el pecho que le obliga reprimir algunas lágrimas, sabe que no puede escribir, no debe escribir, no siente escribir, no sabe escribir porque «miedo» es su casa, el periódico donde trabaja, la ciudad y el país donde vive, donde se esconde y miserablemente sobrevive, pero aun así le dice al teclado, «ándale, cabrón, no te agüites. Digamos lo que sabemos», pero sólo «miedo» aparece en la pantalla (Valdez, 2016).

   El reportero en el periodismo gore no es una persona, es un tunde teclas. Un sujeto descarnado de sí mismo, con un teléfono inteligente en la mano. Dislocado de su realidad, pero con la capacidad de captar otras realidades más violentas y trasladarlas al espacio virtual del que abrevan los curiosos ciudadanos que alimentan el miedo y la tristeza en sus casas de interés social, al ver la imposición del imperio de la violencia y darse cuenta que el presente y el futuro también están desmembrados.

Texto de Carlos G. Ibarra

Edición: Octavio Escalante

 

 

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El tunde teclas y el periodismo gore

#Crónica: Los días después del sismo

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@cachobanzi

I

La alerta sísmica sonó segundos después del temblor. Masticaba un sándwich de roast beef cuando mi realidad cambió. De inmediato, la gente formó una larga fila para salir del café. Los meseros taparon sus uniformes negros con chalecos amarillos y daban órdenes. Intentaban calmarnos. Se suponía que estaría sólo un par de horas en la Ciudad de México, luego tomaría un camión que saldría hacia Puebla desde Insurgentes, a un lado del edificio de Conacyt. Mi destino era el V Seminario Iberoamericano de Periodismo de Ciencia, Tecnología e Innovación. Ahora estaba en medio del bulevar con un chingo de gente que seguramente experimentaba un flash back del 19 de septiembre de 1985. En sus ojos, en sus gestos, había una mezcla de miedo y asombro. El suelo nos sacudió el tiempo que quiso. Los edificios se retorcieron con el errático movimiento del piso y los cimientos tronaban. Ninguno cayó cerca de donde me encontraba y, por un momento, pensé estúpidamente que sólo se trataba de un temblor más de la Ciudad de México.

«Feliz aniversario», murmuré irónico.

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II

–¿Cómo estás? ¿ya contactaste a tu familia?– preguntó Guille, integrante del Departamento de Extensión y Divulgación Científica de Cibnor, quien también viajó para participar en el seminario. La pregunta iba dirigida a una de las meseras del café.

–Estoy bien. Aún no he podido contactarlos –contestó ella, con la tristeza atorada en su garganta y continuó atendiendo a la gente.

Había comenzado la segunda fase del desastre.

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III

Fué difícil dormir esa noche. No era por el ruido de los aviones o los helicópteros que sobrevolaban la ciudad. Tampoco por las sirenas que sonaron toda la madrugada. Era más bien la pinche incertidumbre que se metió en mi cabeza desde la tarde. Mi preocupación estaba justificada: trataba de dormir en un sexto piso, el lugar menos inteligente para quedarse. Las chicas de la agencia, encargadas de la logística para el traslado de los participantes del seminario, nos informaron que se había cancelado el evento y que sólo pudieron conseguirnos un cuarto para pasar la noche.

        Dejé entreabierta la ventana por si sonaba la alarma sísmica.

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IV

En la mañana del miércoles, un día después de la catástrofe, la agencia decidió llevarnos a otro hotel. Ya teníamos boleto de regreso. Sí, nos íbamos. A diferencia de la mayoría de los habitantes, nosotros podíamos tomar un vuelo y dejar atrás la experiencia. Regresaría a casa. Desde la habitación 620 del Hotel Fiesta Inn Viaducto me llamó la atención los grupos de ciudadanas y ciudadanos con cascos, chalecos naranjas, con picos y palas. Decidí bajar. En la esquina que da a dos bulevares principales, topé a unos jóvenes que caminaban decididos a ayudar. Uno de ellos dijo que en Xochimilco no había apoyo, por lo que decidieron parar a una patrulla y pidieron que los llevaran. El agente de la Policía de la Ciudad de México de inmediato accedió, pero solicitó a los entusiastas que no subieran muchos para no poner en peligro su vida y pararon a un pick up rojo. El conductor también accedió a llevarlos. Escenas como ésta se repetían en distintos puntos de la ciudad.

      El trabajo en equipo era un efecto de la catástrofe, que movilizó a miles de personas. Bastó caminar unas cuadras por el bulevar Insurgentes, a la altura de la calle San Luis Potosí, frente a la estación del metro bus Sonora, para darme cuenta de algo extraordinario: nos preocupábamos por el otro.

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V

Un ejército de civiles marchaba por las banquetas del bulevar Insurgentes Sur. También llegaban camiones retacados con mujeres y hombres. En el caos, el gentío actuaba como un gran cardumen con una sola señal: el puño arriba que, más allá de ordenar silenciar a todos, se alzaba como un estandarte de resistencia que los aferraba a sus anhelos por restaurar su vida. Las varillas retorcidas y el escombro los motivaban a caminar.

    Intentaban coordinar los trabajos, aunque era difícil por la aglomeración. Las órdenes las gritaban y transmitían de boca en boca desde un inmueble que los brigadistas creyeron que iba caer sobre la calle San Luís Potosí. Por la posibilidad de esa caída inminente, el bulevar estaba cerrado, pero algunos no entendían. El copiloto de una Suburban del año pidió, con la placa policial por delante, lo dejaran pasar. Charolear perdió sentido allí, y al hombre calvo no le quedó más que conformarse con el «no» de un joven de casco blanco, cubre bocas azul y camiseta gris.

     Más tarde observé que un soldado recriminó al mismo joven. No estuvo claro por qué el reclamo del cabo si el ciudadano trataba de coordinar a sus compañeros. Parecía exigir respeto por su uniforme. Le alzó la voz y preguntó encabronado: «Tú ¿quién eres?».

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VI

Una vez en casa, arropado por mis rituales cotidianos, por ella, estúpidamente creí que todo iba a estar bien, pero tras el sismo los días han sido duros. Pensaba que mi situación sería diferente a la de aquéllos que había visto en la calle, porque yo no vivo en la CDMX. Sin embargo, me di cuenta de que algo cambió en mí y los demás. El jueves 21 de septiembre de 2017 regresé a mi ansiada normalidad. Sentí latir la Ciudad de México y miré una herida desgarrándose: era una cicatriz histórica, abierta, que accionó redes sociales para brindar esperanza. La gente tomó en sus manos su presente e imaginó el futuro.

    Lo que viví, lo que experimentamos, es una sensación de indefensión parecida a la que provocó el huracán Odile, con la única diferencia de que el temblor llegó potente y sin avisar. Ese 19 de septiembre nos recordó que quien construye las reglas de nuestra “realidad” no somos nosotros sino que está determinada todavía por la naturaleza.

   Días después del sismo una amiga me envió varios mensajes de voz por WhatsApp. Yo le había enviado unos mensajes antes, el día del terremoto, preocupado. Esperaba una respuesta inmediata pero esa respuesta llegó hasta que estuve de vuelta en La Paz. Los escuché con atención. Me conmovió oír el suplicio que significó no encontrar a su familia en un principio.

      Imaginé el abrazo de saberse juntos, y ya no pude aguantar más.

 

 

#Crónica: Los días después del sismo

#Gonzolador: Las ignoradas presas de jales de Santa Rosalía

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Rafael Murúa Manríquez

Una presa de jales con residuos tóxicos en Santa Rosalía permanece estoica ante la apatía de servidores públicos, sociedad civil y ambientalistas.

Tenía una hermanita feliz en ese inmenso paisaje coronado por vestigios industriales, pero el arroyo se la llevó al mar con su pesada esencia.

Los buzos cuentan que ese desemboque asemeja el fin del mundo en su imaginación, una estela de muerte tras el torrente inerte dejó en el mar que tocó. Costa negra sin luz ni vida como muestra del inframundo marino en el acuario del mundo.

Producto de un programa piloto en nuestro país el par de presas de jales que hoy se encuentran en desuso fueron responsabilidad de la LPF (Lixiviación, Precipitación y Flotación) y hoy son problema de todos los cachanos y sudcalifornianos.

Escuché de Susana Pacara, Comunicadora Quechua, del estado minero boliviano de Potosí, que las empresas mineras se llevaban en tren el mineral de su tierra, y cuando se acabaron el mineral se llevaron hasta el tren.

No hay una empresa que se resista a que se le dé el adecuado y cuidadoso trato a las toneladas de tierra contaminada que cohabitan Santa Rosalía en el paso de un arroyo colindante al Golfo de California.

Sin duda hay una alta concentración de metales pesados en los sedimentos de las costas de Santa Rosalía y debemos de tener especial cuidado con los residuos de la actividad minera, pero no solo de la que se encuentra activa.

Una de las presas de jales ya fue absorbida por la naturaleza, sin embargo todavía podemos librarnos de una. Es una tarea colosal, lo entiendo, más para eso tenemos un aparato gubernamental de las mismas proporciones que se debe de encargar de la protección de todos.

Espero demuestren con acciones de este tipo la preocupación por el pueblo que nos venden con fotos de entregas de despensas, desfajados, sin zapatos, ni maquillaje, con cachuchas que cubren el impecable corte de cabello más caro que el apoyo alimentario que pregonan. Ojalá.

Rafael Murúa Manríquez director de RadioKasha.

#Gonzolador: Las ignoradas presas de jales de Santa Rosalía

#LaCuchara: El poder acaba

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Sandino Gámez

I

Ante la conciencia de la muerte física individual, los seres humanos crearon comunidades que trascienden generaciones. La pertenencia a un cuerpo social hace al individuo más seguro.

Desde la aldea hasta la megalópolis la aglomeración humana produjo instituciones sociales y generó derechos individuales y colectivos, naturales e inalienables.

Paradójicamente, la modernidad urbana trajo también una tendencia a la individualidad arrogante, en la que el individuo considera que puede ser autónomo del resto o del conjunto.

Ha sido un triunfo social la gran extensión de los servicios públicos considerados hoy indispensables: agua hasta el grifo de la propia casa de cada uno, drenaje y retiro de desechos sólidos a domicilio, electricidad en las paredes y alimento diverso y constante (siempre que pueda pagarse, como todos los servicios) a pocas decenas o cientos de metros.

La cercanía de otros servicios sociales extremadamente complejos, como los que otorgan las instituciones de salud y educación, es otro triunfo de nuestras comunidades, y la mayor prestación de las grandes ciudades.

Como la mayoría de los mexicanos, los sudcalifornianos somos urbanos en gran medida. Pero tenemos raíces o familiares (numerosas familias) en las comunidades rurales. Más de mil comunidades con menos de cien personas es la estadística oficial para Baja California Sur.

En rigor sólo tenemos dos grandes ciudades en este tiempo de 2017: la ciudad capital y la ciudad bipolar, austral, de San José del Cabo-Cabo San Lucas. Sólo dos ciudades con más de cien mil habitantes.

Pero somos un solo pueblo.

 

II

La libertad de movimiento es un derecho básico. Como todos los derechos debe ser universal (para todas las personas físicas) para que sea un verdadero derecho. De otra manera sería un privilegio con exclusión de quienes no lo poseen.

Durante generaciones en Baja California Sur estuvo garantizado el acceso libre al territorio y los litorales. Esto comenzó a cambiar a partir de los años 1990. Grandes porciones del territorio sudcaliforniano fueron afectadas para impedir el paso a la población sudcaliforniana hacia los litorales, particularmente las playas. El proceso se ha hecho más evidente en el municipio de Los Cabos, pero no hay uno solo de los otros cuatro (Mulegé, Loreto, Comondú, La Paz) que no presente esta manifiesta privatización de los litorales.

Debe de saberse que cuando en Los Cabos o en otra parte de Baja California Sur se cierran o limitan los accesos a las playas para favorecer el uso exclusivo por parte de los clientes de los propietarios de los predios colindantes a la zona federal marítimo terrestre hay una afrenta muy grave a los mexicanos, visitantes o habitantes de la localidad.

La ilegalidad e ilegitimidad de esta acción es evidente. Es una acción que se basa en el uso de la fuerza. ¿Es extraño que esto genere una legítima respuesta activa? ¿A quién le gusta que lo encierren? ¿Acaso al cerrar el acceso a los litorales o a grandes partes del territorio no es una limitación de derecho constitucional de los mexicanos al libre tránsito?

Quien se queje de manifestaciones sociales que impiden el paso de vehículos (pero no de personas), debería prestar atención en Baja California Sur a lo que simboliza y genera la privatización de facto de las playas.

 

III

Cuando en las zonas de recarga de los acuíferos sudcalifornianos o en sus litorales se proyectan o realizan enormes minas a cielo abierto o infames minas submarinas, se violenta el derecho de todos a la salud, al medio ambiente sano, y por lo mismo a la vida. Sólo por la obtención de ganancias monetarias para unos particulares. ¿Cómo no estar activamente en contra?

 

IV

Pero han sido los asesinatos recientes en los pueblos y ciudades de Baja California Sur lo que más nos ha conmovido como sociedad.

Esta violencia del crimen organizado no es un fenómeno nuevo: nuestro país se desangra desde hace cuatro décadas. Las instituciones públicas hacen agua mientras fluyen inmensas cantidades de recursos económicos hacia ellas que se pierden en el laberinto de la corrupción de los gobernantes, altos funcionarios, legisladores y jueces.

Tiene razón el subsecretario de Seguridad Pública de Baja California Sur cuando dice que “el cincuenta por ciento de la corrupción se encuentra en el ciudadano” y la parte restante en “las instituciones”. Pero debería haber precisado que esto sólo se refiere al ciudadano con influencias y el poder para corromper a la persona correspondiente que se encuentra supuestamente trabajando para el servicio público en las instituciones.

Entendemos que el gobernador sudcaliforniano y su gabinete consideren que nada pueden hacer ante una circunstancia que los rebasa con mucho, pues tiene causas internacionales.

El gobernador Mendoza dice: “Baja California Sur es zona de tránsito (del trasiego de drogas ilegales) a Estados Unidos”. Los criminales se disputan “la plaza”. “La violencia es la normal que ocurre lejos de las zonas turísticas, en los barrios populares.” “Pediremos más presencia armada federal.” En estas declaraciones recientes el gobernador ha conseguido hacer manifiesta su falta de poder (que no de deseo) para acabar con los asesinatos provocados por el crimen organizado en las calles de las principales ciudades del estado.

“Seguiremos trabajando” es el mántram de sus delegados para la seguridad pública y la procuración de justicia. Entendemos que seguirán trabajando, porque no serán sustituidos. Pero continuarán también los horrores que vemos a diario.

No es un asunto de percepción. Es una realidad que cada vez más sudcalifornianos comenzamos a temer que Baja California Sur se convierta en Tamaulipas o Veracruz. En Sonora, Sinaloa o Chihuahua. En el México que el padre Solalinde llamó el país de las fosas de cadáveres. El país de las desapariciones, el miedo y las fosas clandestinas ya ha llegado a nuestra media península.

 

V

Nadie debe ser privado de su vida.

A la sombra de la muerte de muy buenas personas, muy buenos ciudadanos, niños, mujeres y jóvenes (sobre todo jóvenes) es obligado decir que todas las víctimas merecen justicia. El peor de los asesinos debe ser juzgado sin clemencia, respetando su integridad mental y física y su vida.

La justicia es para las familias de los fallecidos y para toda nuestra comunidad. Un día podremos (debemos) reparar este enorme daño que se ha provocado socialmente a las familias de las personas asesinadas. Es una desgracia que aún haya quien diga que hay una razón para la muerte de las víctimas, haciendo con su expresión una marca de culpabilidad en ella, culpabilidad irracional que mancha también a las familias de los fallecidos. Quien hace esto es un cobarde, pues coloca a los asesinos intelectuales o materiales como anónimas fuerzas del destino, y los exculpa. Cobardes son quienes culpan a las víctimas y por extensión a sus familias.

Nosotros no creemos que las causas de la violencia y muerte que hay a diario en nuestras ciudades provengan del pueblo sudcaliforniano.

Nuestras familias siguen reuniéndose con frecuencia y seguimos visitando los espacios públicos de nuestras comunidades. Intentamos seguir con nuestra vida cotidiana. No lo hacemos por evasión. Todo lo contrario. Lo hacemos con el deseo en el corazón de que nuestra realidad, la normalidad, la tranquilidad social de nuestra tierra se mantenga con este uso que le damos.

Sabemos de primera mano que la sudcaliforniana es una historia de resiliencia y resistencia en los momentos difíciles. Ha sido hecha por mujeres y hombres con amor, capacidad, valor, humanidad, humildad e inteligencia. Esto no es demagogia. Su condición peninsular ha creado en el pueblo sudcaliforniano un sentido de pertenencia y comunidad naturales.

¿Quién sino los sudcalifornianos, con ayuda de patriotas venidos más allá del mar, enfrentaron y vencieron todas las amenazas y violencia que vivió esta parte de México en el siglo XIX? ¿Quién sino los sudcalifornianos con su continua exigencia consiguieron el autogobierno político para los habitantes de esta tierra?

¿Quién sino los sudcalifornianos van a conseguir que Baja California Sur deje de ser esta pesadilla de muerte y violencia cotidiana que va acercándose cada vez más a nuestras familias, que deprime cada vez más a nuestra juventud al presentar un horizonte sombrío a sus vidas, que desacredita a las instituciones de gobierno y hace inverosímil el Estado de derecho?

VI

Nosotros creemos en las instituciones públicas. También creemos en el servicio público. Creemos que la política es el arte de vivir en comunidad y que los políticos deben ser ciudadanos responsables y obligados hacia sus vecinos.

Estamos en el tiempo adecuado para volver a constituir las instituciones sudcalifornianas, el servicio público y la política estatal y municipal.

Ahora bien, no se trata de individuos o “nombres”. Sino de colectivos y programas políticos.

 
VII

¿Dónde están las propuestas específicas para Baja California Sur de los actores políticos sudcalifornianos? ¿Cómo se reunirán en torno a ellas los ciudadanos?

 

 

#LaCuchara: El poder acaba

#Gonzolador: Si sabe cómo hacerlo: ¿no puede o no quiere?

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Rafael Murúa Manríquez

Su concuño fue capturado en Estados Unidos de Norteamérica con más de 6 toneladas de mota en su propiedad. Trabajó en la PGR y se especializó en materia de Operaciones con Recursos de Procedencia Ilícita en su paso por la Secretaría de Hacienda, además, lo escuchamos aceptar una donación de 6 kilos mensuales para financiar su campaña durante 5 meses. ¿Qué hicimos con este político? Lo elegimos como Gobernador de Baja California Sur.

Durante su campaña dijo que iba acabar rapidito con la violencia y la inseguridad en BCS, que sabía cómo y que no le temblaría la mano para hacerlo. Si sabe cómo hacerlo o no quiere o no puede. Los sudcalifornianos tenemos 2 años esperando que Carlos Mendoza Davis cumpla sus promesas al respecto.

La violencia no sólo continúa sino que aumenta como en ningún otro estado del país, 2016 fue el año con más asesinatos en la historia de nuestra entidad con 233 y, a este 2017,  todavía le faltan 4 meses para que rebasemos los 250 homicidios; seguramente mientras escribo estas líneas otra vida está siendo arrebatada violentamente en el territorio gobernado por aquel al que no le iba a temblar, porque desgraciadamente los que prometen sangre corriendo en las calles sí cumplen rapidito.

El 44.77% de los ciudadanos que votaron para elegir Gobernador de BCS, el 7 de junio del 2015, lo hicieron por el panista Carlos Mendoza Davis. De los 15 distritos locales que entonces existían, el PAN ganó 14. ¿Qué le hace falta al Gobernador? Tiene todo el poder para llevar ante la justicia a los responsables de la violencia e inseguridad en BCS, por lo menos, tiene el Ejecutivo y el Legislativo, y como poder es poder, da la impresión de que no quiere.

No era tan diferente la administración del panista Marcos Covarrubias, en cuyo gobierno inició esta escalada de la violencia sin precedentes en nuestra media península. Ahí empezamos a perder la paz que nos caracterizaba, pero parece que una tregua de un par de meses entre los criminales dentro y fuera del gobierno bastaron para que los sudcalifornianos olvidaran que con el PAN inició la debacle del estado de derecho en BCS. Aumentaron 454% los homicidios desde que el albiazul gobierna la entidad hasta el 2016. Asusta pensar en la cifra con la que terminaremos este año.

Pero como dijo la Reina del Pacífico (la que existe y no es un personaje de ficción como la Reina del Sur): En México “el narcotráfico y la corrupción forman parte de un mismo problema. Se alimentan”. Declaró a Julio Scherer una vez Sandra Ávila que si voltea a un lado ve al narco, si voltea hacia el otro observa a las autoridades y si mira al frente los ve juntos.

A los políticos les corresponde proporcionarnos seguridad, por eso lo prometen a la ligera en campaña y una vez que son autoridad se les olvida. Difícilmente la ciudadanía podremos erradicar este fenómeno que tanto nos duele, pero sí podemos cambiar de gobierno, lo hemos demostrado un par de veces, sería bueno que esta vez busquemos soluciones para nosotros y no para un par de chapulines que brincaron emberrinchados de un partido a otro con tal de llegar a poder enriquecerse más, aunque les de mucha weba su actual partido. Si de algo ciertamente somos responsables los sudcalifornianos es del gobierno que tenemos.

 

 (A la memoria de Jorge Luis)

Rafael Murúa Manríquez director de Radiokashana

 

#Gonzolador: Si sabe cómo hacerlo: ¿no puede o no quiere?

#Gonzolador: Morir en nombre de la paz

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Rafael Murúa Manríquez

Cuando se meten a robar a tu casa mientras duermes plácidamente y se llevan tu taladro y unos cuantos pesos, te despojan de la paz. Cual inocencia pueril la calma existe para ti una vez que la perdiste, y solo nostalgia sentirás al recordar lo que ya no puedes explicar. Perdiste.

   Pernoctarás nuevamente sin saltar de tu cama asustado por la sombra de un sonido, aceptando que te pasó y tal vez te volverá a pasar.

   Amanece linchada la humanidad tatuando a yakuzas a puño y letra, con sangre entra la letra muerta y festejan al asesino que no se dejó robar. Levantón nombramos al secuestro sin pedir rescate, al homicidio con estaciones, al viaje invariablemente sencillo, ¡y lo celebran! ¡Que muera el ladrón en nombre de la paz!

   La marcha del triunfo ambienta la cena de pingüinos empollando un sexenio. En un vaso jaibolero, sangrita, coca, soda y unicel marino se agitan rigurosamente. Un pericazo por cada fosa clandestina. Mastican nuestra vida pero no la tragan, solo piensan en preservar la especie de estremecimiento al saber que cuesta más apagar un enemigo que prender un cohiba que nosotros pagamos, porque en el año de Hidalgo dejarán de matar y pagaremos también la tregua.

¿Qué ratero merece la muerte? El pueblo vive en la pena capital.

   Quieren que maten y se les antoja, porque no hay de otra. Nada funciona. Tomarán la justicia en sus manos, la ley nos abandonó y ejecutan al malo. Al que duerme sereno después de cenar, que barrena con las manos lisas y que en un día gasta tu quincena. No era rico el primero más jodido que él estaba prendido del hielo mientras come perro.

Ya van 600.

  Piensa: ¡Que bueno! Ya los balazos no alteran al pueblo, mejor lo quemo y lo tiro cerca de un basurero, no dentro, que nadie con cámara ahí lo verá, necesito que recuerden para qué me eligieron, para protegerlos de tanta maldad.

  Desean que les robes a los policías, que maten a los sicarios, que violen a las frígidas, que no cojan los putos, que las putas tampoco. Harán campaña en planilla con el hambre y el miedo y ni un humano ganará en las urnas cenicientas de zapatillas granuladas. Son nuestro pan de cada día.

  Yo solo espero que la pax romana no suene tan fuerte, tan cerca, intermitente, constante, vigente, que siempre me asombre y nunca separe.

Rafael Murúa Manríquez es director de RadioKashana.

 

#Gonzolador: Morir en nombre de la paz

Dos átomos de Hidrógeno y uno de Oxígeno

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(Foto: Obras para captación de agua en la ciudad de La Paz)

Frank Aguirre

Domingo 13 de agosto. Eran las 7:50 de la mañana y ya hacía calor. Humedad sabor a infierno. La temperatura quemaba tu piel, incluso bajo la sombra. El clima no era benevolente ni siquiera porque estabas recién bañado. En las afueras de un hotel del cual no recuerdo el nombre, nos juntábamos una tercia coches en caravana para salir con dirección a zonas aledañas a la mítica Ciudad Obregón. Después de tres horas de viaje en carretera: la primera parada. Un pueblo con una similitud que bien pudiera ser cualquier comunidad cercana a la sierra de La Laguna en  Sudcalifornia. El pueblo se caracterizaba por calles de tierra y casas modestas de un piso, todas y todos los habitantes en la banqueta o en la sombra: conviviendo, cotorreando, observando detenidamente a quienes ingresamos a la comunidad. La diferencia entre el lugar a donde llegamos y cualquier pueblo aledaño a la Sierra de la Laguna recae en dos cosas importantes: viviendas hechas con adobe y carrizo, y habitantes con un imponente, orgulloso y marcado rasgo étnico. Estábamos en territorio Yaqui. Potam, para ser preciso.

   Los que presenciamos ese momento histórico en la reunión entre el Ingeniero Cárdenas y la Tribu Yaqui, no parábamos de sentir a flor de piel la impotencia de las palabras de denuncia por parte de los jefes y capitanes de Potam: Buscan desarrollarse en base a tecnología sustentable (energía eólica, parques solares y ecotecnias para captar agua), el gobierno PRIISTA se los impide, sin fundamento, y no, no piden dinero. Lo mismo pasó en Vicam (comunidad adherente al Consejo Nacional Indígena) con la presa la angostura y en Loma de Bacum, la última línea de defensa contra el gasoducto ilegal que busca imponer una empresa sobre sus tierras poniendo en peligro a sus niñ@s y miembros de la comunidad (extrañamente el mismo gasoducto le saca la vuelta a Obregón por 30 kilómetros).

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   Lo expuesto por la comunidad Yaqui puso en perspectiva lo sucedido hace unos años en La Paz y el cambio de uso de suelo ilegal que quiso otorgar el cabildo a la minería a cielo abierto: ¿Y si el gobierno no “escucha”? ¿y si el gobierno impone? ¿Y si el gobierno es cómplice? ¿Qué va a pasar cuando la crisis del agua nos alcance al igual que la comunidad yaqui de Vicam?

Error, en La Paz ya vivimos una crisis de agua de la cual nadie habla:

   Desde hace más de 10 años en la ciudad tenemos el famoso método de “tandeo”, nos hemos acostumbrado a creer que cada 3 días te llegue agua a tu casa, que es normal si no tienes aljibe esperar unos días a que vuelva el agua, pedirle agua al vecino. NO. No es normal, debería de llegarnos todos los días, a todas horas.

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   ¿Qué pasa? Nos hemos acostumbrado a “barrer” la arena del patio o del pavimento a manguerazos, a echar agua a la tierra “para que no se levante el polvo”, a dejar la llave mal cerrada, o a durar en la regadera hasta 20 o 30 minutos, ¡a tener pasto ¡EN UNA ZONA DESÉRTICA! Hemos hecho costumbre ver el agua correr en la calle y no buscar la fuente del derrame, denunciar las fugas, cerrar las llaves. También nos hemos acostumbrado a ver fotos de funcionarios de alto nivel inaugurando pozos, o posando al lado de una tubería “sofisticada”. Pero el agua sigue sin llegar.

  El agua sigue sin llegar desde Fidepaz hasta la Márquez de León. No llega porque como casi todo en las instituciones de este país el sistema de agua potable está mal distribuido, carece de tecnología adecuada para nuestro contexto árido y de densidad poblacional. Nuestros funcionarios municipales, dispuestos siempre a superarse, no están siendo atendidos, no están siendo capacitados y profesionalizados conforme a la urgencia y emergencia. Porque “no hay dinero”. Todo lo anterior tiene que ver con financiamiento. Financiamiento que TÚ querida y querido lector, y yo, estamos desembolsando día con día cada que pagamos algún consumible con IVA, cada que pagamos el predial o cuando declaramos impuestos, financiamiento que viene con NUESTRO VOTO. Y ese financiamiento existe, abunda, está a merced de unos cuantos personajes que muchas no escogimos, que en muchas ocasiones son elegidos por unos pocos que no representan ni un tercio del padrón electoral. Ese financiamiento se llama:

1.- Presupuesto de Egreso del Municipio.

2.- Presupuesto de Egresos del Estado (manejado por los diputados).

  En ninguno de los dos lugares podemos encontrar acciones concretas para abastecer de agua tanto a colonias populares como zonas pudientes de la capital de Sudcalifornia. Pero sí vemos campos de golf replicándose. Duplicándose. Vemos hoteles sin escrúpulos que se roban literalmente el agua. Vemos fugas que no se arreglan y mujeres acarreando agua ocho horas al día para poder cocinar, limpiar, bañar a sus hijos.

  ¿Qué pasaría si un día nos pusiéramos las pilas y empezáramos a captar agua de la lluvia? ¿Y qué pasaría si eso fuese ilegal? Nuestro derecho humano al agua hoy y mañana están en riesgo. Urge la democratización del agua para poder ser autosuficientes y ayudar a los demás a serlo, a captar agua con techos inteligentes, a filtrar agua con intervenciones urbanas y que ayuden a recargar los acuíferos y mitigar la infiltración de agua de mar, y reutilizar aguas grises en nuestros jardínes. A captar agua con tecnología avanzada que nos permita tomarle ventaja a la humedad y que permita reutilizarla para beber, para vivir.

   ¿Qué nos toca ahora? Cierra la llave, invierte en arreglar las fugas de tu casa, si puedes compra excusados ahorradores, barre con escoba no con agua, desaste de tu pasto (si tienes) y utiliza plantas nativas que están acostumbradas a la poca precipitación de la zona, denuncia las fugas incesantemente, pregúntale a tu diputado local cuánto están invirtiendo en modernizar el sistema de agua potable, exígele a tu diputado que te rinda cuentas sobre la democratización del agua, es tu empleado.

   El cambio climático ya está aquí, este año llueve, el que sigue quien sabe. Porque hoy podrás tener aljibe, pero mañana quien sabe si este lleno. Evitemos los conflictos por el H2O. Estamos a tiempo. Podemos lograrlo. Podemos hacerlo Aquí y Ahora.

Agradecimiento especial a todo el equipo, miembros y directivos
de Fundación para la Democracia, a todas las 8 comunidades del Yaqui, no están solos.

Dos átomos de Hidrógeno y uno de Oxígeno